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“COMO AGUA PARA CHOCOLATE”: festín de codornices en pétalos de rosas

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Como agua para chocolate fue nominada a un Globo de Oro (1993) por Mejor Película en Lengua Extranjera.

"Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar." (Laura Esquivel).

En el cine mexicano se ha exaltado más a la borrachera que la comedera; hemos visto a multitud de personajes bebiendo alcohol o fumigados por el consumo excesivo de licores varios en argumentos de todo tipo, mientras que pocas películas se han dedicado a mostrar las excelsas virtudes de nuestra cocina regional con personajes sibaritas que degustan apetitosas viandas y platillos suculentos. 

La más célebre historia que aprovecha el recetario nacional como herramienta para construir el carácter y las peripecias de sus personajes es, sin duda, Como agua para chocolate, novela original de Laura Esquivel que la catapultó a la fama en 1989; y luego filmada con notable acierto por su entonces marido, el bailarín, acróbata, actor y director de cine Alfonso Arau, en 1992. 

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De acuerdo al periódico El Mundo, Como agua para chocolate es una de las 100 mejores novelas del siglo XX.

La trágica historia de Tita, una consumada cocinera cuya habilidad culinaria resultó insuficiente para saciar su hambre de amor, conquistó al público de tal forma que Como agua para chocolate se convirtió en un cañonazo en taquilla, insólito dentro del maltrecho panorama del cine nacional de entonces, abriéndole mercados en el gabacho y Europa que ni los propios autores Arau y Esquivel se imaginaron. Junto con Sólo con tu pareja de los entonces joviales hermanos Cuarón y La mujer de Benjamín de Luis Carlos Carrera, Como agua para chocolate dio inicio a una nueva etapa de nuestra humilde industria que los críticos denominaron pomposamente “el nuevo cine mexicano”.

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Sólo con tu pareja ganó el Ariel a Mejor Argumento Original en 1992.

Mucho tuvo que ver en ese fenómeno cinematográfico la sazón de Tita y recetas tan insospechadas como las tortas de navidad –que combinan chorizo norteño y ¡sardinas! todo untado en esponjosas teleras– o las misteriosas codornices en pétalos de rosas, capaces de deleitar no solo el paladar sino también los órganos genitales de los comensales, encendiendo en ellos inaplazables pasiones. La idea genial de Laura Esquivel fue narrar la historia de una mujer enamorada siguiendo la lógica de la comida y todavía hoy, veintidós años después, la epopeya de Tita sigue siendo un banquete para el lector y el cinéfilo de buen diente.

LA TRAGEDIA DE LA HIJA MENOR

Tita fue la hija menor de una familia avecindada en un rancho cercano al Río Grande del Norte, en los años belicosos de la Revolución Mexicana. Desde el vientre de su madre, Mamá Elena, Tita presentía que la vida no le deparaba felicidad y comenzó a llorar antes de nacer. En efecto, a los dos días de su alumbramiento, falleció su padre y la madre viuda la dejó al cuidado de la cocinera para atender el rancho. Así, Tita creció entre el olor sagrado del pan y el crepitar de las fritangas, aprendiendo a cocinar como los dioses. Entre las viandas con las que esta mujer deleitaba a su familia estaban el mole de guajolote y los chiles en nogada –platillos emblemáticos de la gastronomía nacional– o bien, el chorizo norteño y los frijoles gordos con chile, de carácter más bien regional coahuilense. Algunos de sus platillos tenían incluso propiedades medicinales como el caldo de colita de res, capaz de curar el resfriado y la melancolía.

Sin embargo, la desgracia de Tita provenía de las costumbres arraigadas entre las familias mexicanas de antes: la hija menor de una estirpe no podía casarse ni entrar al convento puesto que estaba destinada a cuidar de sus padres hasta el último día de su vida. Tita se preguntaba a quién se le había ocurrido semejante estupidez puesto que la hija menor podía ayudar a sus padres aunque estuviese casada o también podían echar la mano la hija mayor o el resto de los hijos con los padres ancianos. Pero el desconocer la autoría del injusto mandato no eximía a la indiciada: si se era la menor, no había posibilidad de casamiento. 

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De izquierda a derecha: Mamá Elena, Nacha y Tita.

En Como agua para chocolate, el timorato hijo de los vecinos, Pedro, se enamora perdidamente de Tita y ella corresponde con entusiasmo a esa pasión. Pero, inmediatamente, la boda fue considerada por Mamá Elena imposible de realizar. A cambio, la ingrata matriarca ofreció en matrimonio a otra de sus hijas, Rosaura, ofrecimiento que el imbécil de Pedro no dudó en aceptar ya que así “podría estar cerca de la mujer a la que realmente amaba”. Tita vio con amargura cómo su hombre desposó a su hermana y, para colmo, tuvo que amasar el pastel de bodas para los recién casados.

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¡NOOOOO A TITA! ¡POR QUÉ A ELLA!

A muchos lectores esta historia les habrá parecido una ficción, una ocurrencia cruel de su autora, un mandato del que hoy las chicas milennials se pitorrearían abundantemente. Pero haber conocido el caso real de una mujer que, por ser la hija más pequeña de su familia, se quedó soltera hasta la muerte de sus padres, me dio la verdadera dimensión de esta espantosa costumbre. Mi tía Dora Elia, también nacida en el árido paisaje de Coahuila como Tita, se quedó literalmente para vestir santos (era integrante de una cofradía religiosa que, entre otras tareas, cosía y bordaba la ropa de las imágenes de la iglesia) y soltera en contra de su voluntad. Mi abuelo se encargó de espantar a todos los hombres que se acercaron para enamorarla, uno de ellos que –al parecer– fue su novio, acabó casado con otra de mis tías… Dora Elia acompañó siempre a sus padres, guardando celosamente su inocencia y su virtud. Cuando ellos fallecieron yo pensé que mi tía iba por fin a hacer su vida, que podría recuperar el tiempo perdido y conseguiría un marido puesto que ella me había contado que un vecino le hacía ojitos. ¡Oh decepción! Mi tía murió poco tiempo después, harta de la nueva vida sin sus padres en que parecía extraviada y sin rumbo.

La sentencia de mi abuelo era igual a la de Mamá Elena: la hija más chica se tiene que quedar en casa para cuidar a sus padres. ¡Malhaya mugre!

LA RECETA MÁS PODEROSA

Releer Como agua para chocolate me resultó una tarea deliciosa. Cada capítulo inicia con una receta cuya elaboración se entremezcla con las peripecias de Tita. Además de sufrir y gozar con la protagonista, dan ganas de preparar esos platillos y degustarlos. ¡Qué ganas de probar unas torrejas en almíbar hechas con natas de leche y yemas de huevo, capeadas y espolvoreadas con canela! El recuerdo me trasladó al pasado, a los alimentos frescos, sin saborizantes ni conservadores, preparados en casa y cuyo sabor era magnífico.

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Muchos de los detalles de esta singular novela, algunos colindantes con el realismo mágico, fueron trasladados al cine en la versión fílmica de Como agua para chocolate. Alfonso Arau supo captar la esencia de la historia no solo en su aspecto narrativo sino también de sus metáforas alimenticias. La cámara se introduce a la cocina de Tita (Lumi Cavazos) para mostrar la preparación de los platillos y luego se solaza con la reacción de los personajes ante olores y sabores. Es memorable la secuencia donde Pedro (Marco Leonardi) le obsequia un ramo de rosas a Tita, indebidamente pues ya está casado, y para evitar el castigo de Mamá Elena (Regina Torné), Tita decide preparar un guisado con las flores. Así, elabora las suculentas codornices en pétalos de rosas cuya degustación equivale a hacer el acto sexual. Así, Tita y Pedro hacen el amor mientras comen el banquete afrodisiaco, y Mamá Elena recuerda con afecto a su verdadero amor: un mulato, padre de su hija Gertrudis (Claudette Maillé).

"Como agua para chocolate": Codornices en pétalos de rosa

Otra de las recetas que da pie a una escena memorable de la peli es la del pastel “Chabela” que Tita se ve obligada a preparar para la boda de su hermana con Pedro. Tras elaborar la masa con harina y 170 huevos, Tita no puede evitar derramar algunas lágrimas sobre la mezcla… y aunque el pastel queda buenísimo, la gente se envenena y empieza a vomitar. La boda se convierte en la vomitona colectiva más impresionante de la región.

"Como agua para chocolate": El llanto del paste de bodas

Queda anotar que Alfonso Arau acaba de publicar este año 2016 Así es la vida (Vals para piano), libro autobiográfico donde se rememora la trayectoria de este singular artista mexicano que fue bailarín, mimo, actor y director de otras interesantes películas como El águila descalza (1971), Calzontzin inspector (1973) o Picking up the pieces (2000) donde dirigió nada menos que a Woody Allen. Vale la pena revisar la trayectoria de Arau, hoy un tanto exiliado del cine nacional.

Por su parte, Laura Esquivel decidió este año 2016 seguir explotando a la protagonista de Como agua para chocolate en un libro llamado El diario de Tita donde lucha contra la maldición de las segundas partes. A mí me parece irrepetible la emoción que despertó su primera novela y el apetito por saber los secretos de Tita, una intuitiva cocinera cuyo estigma fue ser la menor de la casa. 

Armín Gomez

Catedrático del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Ciudad de México. Autor de “Ancestrales hechizos de amor” (Ediciones del Ermitaño) y “El hipogrifo teatral, historiografía y teoría teatral”.

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