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Anime en carne y hueso

RED IBEROAMERICANA DE INVESTIGADORES DE ANIME Y MANGA

Germán Martínez Alonso (Argentina, 1985). Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UBA. Su tesina de grado abordó la expansión del anime y el manga en Argentina. Sus focos de interés están puestos en transposiciones y adaptaciones entre lenguajes, dispositivos y medios. Forma parte de la Red Iberoamericana de Investigadores en Anime y Manga.

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Dragon Ball Z (1989-1996) y Dragon Ball Evolution (2009).

La historia del anime y el manga está marcada por intercambios. Desde las etapas primarias de su desarrollo en Japón, tanto los exponentes del lenguaje animado como los del historietístico se han nutrido mutuamente, dando lugar a un mercado constituido por productos animados basados en historietas y viceversa. 

Ahora bien, todos los intercambios entre lenguajes, como en cualquier tipo de traducción, inevitablemente traen aparejadas pérdidas y ganancias. Como consecuencia, una misma historia producirá efectos de sentidos diferentes dependiendo de si se narra en formato animado o historietístico. Y cuando el espectador/lector contrapone ambos lenguajes y experiencias, entra en juego la cuestión de la “fidelidad” al material original

No se le puede pedir, por ejemplo, a una historieta, que genere los mismos efectos de sentido que una animación audiovisual, ni a la inversa. No obstante, es esperable que, si ambas versiones comparten una historia en común, el “espíritu” del original se mantenga intacto en todas sus encarnaciones.

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La película fue tan mala, que Akira Toriyama, creador de Dragon Ball, pidió a los fans que pensaran en ella como un “universo alternativo”.

Es cierto: acabamos de enunciar una seguidilla de obviedades. Sin embargo, la cuestión de la fidelidad en las adaptaciones atraviesa a la historia de la industria cinematográfica, y uno de los campos en los que parece hacerse presente con mayor intensidad es el de las películas live-action –“de carne y hueso”– realizadas en Estados Unidos, sobre la base de animaciones japonesas. 

Aclaremos: hay decenas de versiones live-action de animes que han sido exitosas. Títulos como Ichi the Killer (2001, Takashi Miike), Old Boy (2003, Chan-Wook Park), Death Note (Shusuke Kaneko) o Rurouni Kenshin (2012, Keishi Ohtomo) fueron, en general, bien recibidos, tanto por la crítica especializada como por aficionados. Aun así, cabe destacar que se trata de filmes japoneses, producidos y consumidos –principalmente- en el marco de la misma cultura en la que fueron engendrados sus “originales”. 

Dicho esto, teniendo en cuenta que una gran parte de la matriz hollywoodense se basa en adaptaciones, a partir de novelas, series, cómics, etc, ¿por qué, hasta ahora, la fórmula no parece haber funcionado con versiones en carne y hueso de animes?

Dragon Ball Evolution

Al referente ineludible es mejor perderlo que encontrarlo. Estrenada en 2009, Dragon Ball Evolution fue bombardeada, casi de forma unánime, tanto por la crítica como por el público en general, y particularmente por los seguidores de la obra de Akira Toriyama. Apenas inspirándose en la premisa inicial, el filme re-imaginó a los personajes, al punto de ser tan solo una caricatura de los iniciales, y los hizo transitar una trama genérica cuyas similitudes narrativas y estéticas con la de su “fuente” son apenas cosméticas. James Wong, el director de la película, reconoció desconocer por completo la historia original, mientras que el guionista, Ben Ramsey, recientemente pidió disculpas a los fans de la franquicia por haber transformado un relato legendario en “una basura”. 

El anime Dragon Ball constituye, desde hace tres décadas, un hito comercial y cultural, tanto en Japón como en el resto del mundo. Sus coloridos personajes, el mix de acción, aventura, comedia y fantasía presente en su argumento, y su inolvidable banda de sonido son solo algunos de los aspectos que la posicionan como una de las series animadas japonesas más populares de la historia. Pero, además, comparte con otros animes emblemáticos de su época el haber provocado un contraste con respecto a las series animadas “occidentales” de ese momento. Como consecuencia, “occidentalizar” a Dragon Ball de la manera en que lo hizo su versión norteamericana (por ejemplo, al convertir a su protagonista, Goku, en un estudiante de preparatoria estadounidense) implicó romper, de antemano, el “pacto” con su público. 

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Dragonball Evolution pareció sentenciar a las live-action norteamericanas, basadas en animes, a la muerte. Desde hace años, se especula con posibles adaptaciones de otros títulos icónicos, como Akira o Shin Seiki Evangelion; sin embargo, el avance de dichos proyectos, según el caso, es lento o nulo. ¿Acaso hay un “obstáculo cultural”? Basta con acudir un caso como el de Avatar: The Last Airbender para descreer en esa hipótesis. Esta serie animada norteamericana, producida y emitida por Nickelodeon, presenta importantes paralelos temáticos y estilísticos con animes, que abarcan desde sus sus personajes -notoriamente “orientales”- hasta los aspectos técnicos de su animación. No solo Avatar logró integrar exitosamente características asociadas a un tipo de producto cultural “no occidental”, sino que su versión live-action (The Last Airbender, 2010, M. Night Shyamalan) fue repudiada, entre otros motivos, por modificar aquellos aspectos que hacían de la serie un exponente de la diversidad cultural.

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Ghost in the Shell (2017) y Ghost in the Shell (1995). 

Ghost in the Shell, otra popular franquicia japonesa, se originó como un manga creado por Masamune Shirow en 1989, y se expandió hasta abarcar numerosas películas, series, videojuegos y novelas. A este inventario se sumará, en marzo de este año, su primera versión en carne y hueso, dirigida por Rupert Sanders –Blancanieves y el Cazador, 2012– y protagonizada por Scarlett Johansson, en el papel de Motoko Kusanagi, una agente-cyborg que encabeza una unidad de operaciones encubiertas contra el ciberterrorismo.

El casting de Johansson, una actriz caucásica, para interpretar un personaje de origen japonés, ha generado críticas por parte de la comunidad de seguidores de la franquicia. Ante esta reacción, Sam Yoshiba –director de la división internacional de negocios en Tokyo de Kodansha, la compañía que posee los derechos de la serie y sus personajes– respondió alegando que no habían concebido al personaje de Katsuragi como necesariamente japonés, sino que habían puesto por delante la importancia de que capturara el “espíritu cyberpunk”.

"Ghost in the Shell" tráiler

En la industria del cine, se denomina whitewashing a la práctica de priorizar a los actores caucásicos por sobre otras etnias, tanto en el proceso de casting como en las instancias de premiación. Si bien el caso de Ghost in the Shell puede considerarse un exponente de dicha práctica, los primeros materiales promocionales del filme dan indicios de cierta “fidelidad” estética y narrativa con respecto al material original. Es posible que, en los siete años que separan a Dragon Ball: Evolution y Ghost in the Shell, la evolución de las narrativas y de los modos de consumo haya permitido que, a su vez, algunos procesos de adaptación se hayan afinado. 

En suma, la fidelidad por el material original, por un lado, y las concesiones ante las demandas de la industria, por el otro, parecen estar destinadas a una eterna tensión. Pero una mirada optimista nos lleva a creer que, en cada adaptación, al final del día, el “espíritu” prevalecerá. 

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