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Así me acosaron, en 4 actos: Poema y crónica

stalker

Ilustración de Kalle Wolters

"¿Para qué te pones ese pantalón?" dice, "ya sé que no les gusta que les diga estas cosas" dice, "no sean idealistas" dice.

Uno.

“Ok. No estoy exagerando, un dude me viene siguiendo desde que salí de mi casa” –La nota de voz que envié mientras corría por la acera del Eje 8 Sur en la Ciudad de México–.

“No estoy exagerando”. Como mecanismo de defensa a un país donde nos matan y nos culpan de ello.

“Un dude me viene siguiendo” y sí: me estaba siguiendo. Me detuve una, dos, tres veces en lugares concurridos, hablé con un amigo, me metí a un local, salí, me dejó pasar, aceleró el paso, dio una vuelta falsa, cruzó a la otra acera, cambió de dirección. Todo detrás de mí.

Corrí.

Corrí con el teléfono en una mano y el coraje en la otra. El corazón ni lo sentía.

Corrí con las llaves listas para defenderme en el peor de los casos.

 

Dos.

Entré a mi casa, cual si fuese un santuario, respiré y después no me callé. “Mamá, estas cosas no deberían pasar.”

¿Para qué te pones ese pantalón?”, dice, “ya sé que no les gusta que les diga estas cosas”, dice, “no sean idealistas” dice. Y yo no hallo forma de culparla. Crecimos en la misma realidad, pero en diferente tiempo.

 

Tres.

Le escribo a mi mejor amiga con el mismo tono de preocupación cada vez que viaja sola.
“¿Ya llegaste?”, “¿todo bien?”, como si el mundo cupiera en las tres palabras de la respuesta que le espero leer: “Sí, todo bien.”

 

Cuatro.

Esto me da vueltas en la cabeza todo el tiempo. Maldita sea la hora en la que esto le pasa a cualquiera. Malditas sean todas las horas.

Maldito lo injusto que es tener este miedo arraigado en la identidad, en ser mujer.

Mientras él…Él seguro ya se olvidó de mí.

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Alguna vez me dijeron: “Las mujeres libres son las que no tienen miedo y yo sé que eres una mujer libre”. Pero no, las mujeres libres son las que no tienen nada que temer; y en este país, las mujeres tenemos todo que temer. Nos gusta no creerlo y nos asusta pensar en ello pero es verdad. A pequeña o gran escala vivimos en un país donde todas podemos ser Lesvy o Valeria, donde el miedo se ha aferrado a nuestros puños, nuestras llaves, nuestros celulares, nuestra identidad.

Nos sabemos propensas a la violencia y en la superficie pensamos “a mí no me va a pasar”, aún cuando sentimos la necesidad de no maquillarnos si vamos a usar el transporte público o de caminar rápido si salimos de noche. Sin embargo, cuando nos pasa, ni siquiera nos sorprende.

Aquella tarde de sábado, a plena luz del día, salí caminando para entregar un pedido de panqués en una cafetería sobre Eje 8 Sur. Caminé una distancia considerable cuando me detuve para dejar entrar a una camioneta que se estacionaría dentro de un edificio. Esperando a que entrara, también estaba un jóven más o menos de mi edad -máximo 27 años-. No le di importancia y lo dejé atrás cuando lo noté desorientado y la camioneta ya no estorbaba el paso.

Seguí caminando, mi paso era rápido, por lo que me pareció extraño sentir a alguien caminando inmediatamente detrás de mí en tan poco tiempo, dado que yo había dejado al hombre tiempo atrás.

Volteé la mirada y en efecto era él: un hombre de estatura promedio, ni robusto ni delgado, con lentes y una playera negra. Caminaba detrás de mí, a unos dos metros de distancia e imitaba mi ritmo.

Me detuve en una esquina, donde vi gente en una vulcanizadora y lo dejé pasar. Entró la llamada de un amigo y hablamos alrededor de un minuto.

 

-Qué bueno que me llamas, me venían siguiendo y ahora alguien más lo sabe

-¿Cómo? ¿Dónde estás?

-En el Eje 8 Sur a la altura del Benedetti’s.

 

Yo observaba al sujeto a lo lejos, lo vi adentrarse en una calle hacia su derecha, dos cuadras adelante de donde yo me detuve. Suspiré.

Colgué con mi amigo y avancé, supuse que ya se había ido.

Cuando atravesé la calle en donde lo vi girar, de lejos lo vi dar vuelta para retomar el paso en la calle sobre la que yo caminaba, o casi trotaba a esas alturas. Siguió caminando detrás de mí y aceleré, él también lo hizo.

Me detuve de nuevo en un banco y lo vi cruzar el Eje 8, una parte de mí aún esperaba que se tratara de meras coincidencias en nuestros caminos. Sabía que no era así.

Lo vi alejarse hasta el cruce con Eje Central y corrí a refugiarme en mi destino: la cafetería. Entré y estuve ahí unos 5 minutos, abrumada, enojada y nerviosa. La muchacha que me atendió fue amable y se dio cuenta de mi preocupación pero yo no dije nada y ella no preguntó. Ojalá alguna de ambas cosas hubiera pasado.

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Ilustración de Debi Hasky

Salí lo más rápido que pude porque todo lo que quería era regresar a casa. Avancé en sentido contrario a mi trayectoria inicial, respirando rápido todavía pero más tranquila porque el hombre ya no estaba en mi panorama.

Caminé un par de cuadras y lo vi en la misma dirección a la que yo, del otro lado de la avenida. No lo dudé más y corrí. Saqué mis llaves y me aferré a ellas, había leído que sirven para defenderse. Le envié una nota de voz a la última persona con quien había platicado antes de salir de mi casa, mi amigo Manuel. Me llamó y se quedó en el teléfono hasta que entré al departamento. Perdí al hombre en el camino, espero.

Entré a mi casa y apenas di un paso adentro –bueno, primero respiré– y le conté a mi madre lo que había pasado. ¿Su primer comentario? “¿Para qué te pones ese pantalón?”. Se disculpó por éste, dijo que sabía de antemano que a mi hermana y a mí nos molestan los juicios de esa naturaleza pero, reiteró que “en este país no se puede ser así de idealista”. A la fecha aún no encuentro un argumento lo suficientemente fuerte para contradecirla: nacimos en el mismo México misógino y sexista, pero en diferente tiempo. Ella no ha vivido experiencias tan distintas a las nuestras.

Sin embargo, el problema sigue ahí: en criminalizar a la víctima, en echarle la culpa. En tener por “normal” el abuso, el acoso, la violencia. El problema está en saber que yo estoy aquí sentada, escribiendo sobre esto pero probablemente él siguió su camino y le hizo lo mismo a otra mujer, porque la vida le ha demostrado que la cotidianidad en sus acciones “normales” no hay consecuencias.

Entonces si “las mujeres libres son las que no tienen miedo”, seamos mujeres y hombres libres que buscan alzar la voz por lo que no es “normal”, por lo que es “idealista”, por el derecho a caminar por la calle o subir a un camión sin miedo. Las mujeres libres son las que luchan por no tener nada qué temer.

 

Fernanda Estrada Argumedo

Lunática. Cinéfila. Workaholic, dicen. Adicta a la poesía, las series y la música ochentera, entusiasta navideña. Estudio Comunicación y Medios Digitales.

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