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Asuntos de panza: alimento, comida y amor en “El viaje de Chihiro”

RED IBEROAMERICANA DE INVESTIGADORES DE ANIME Y MANGA

Áurea Xaydé Esquivel Flores (México, 1987). Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM y estudiante de maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana; sus pasiones son la LIJ, la narrativa gráfica, la teoría literaria y la literatura comparada. En el mundo del anime/manga, sus principales intereses son el yaoi y otras manifestaciones subversivas de género desde una mirada feminista. Ella forma parte de la Red Iberoamericana de Investigadores en Anime y Manga.

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El viaje de Chihiro ganó el Oscar a Mejor Película Animada en 2003.

Empecemos por declarar lo obvio (para asegurar que estamos en el mismo canal): El viaje de Chihiro es una de esas películas que nos hacen babear sin importar cuántas veces la hayamos visto. Pero no es la única (aunque sí el ejemplo más claro); lo que sucede es que en el universo de los Estudios Ghibli la comida es tan, pero tan real —por sus formas, su apariencia y sus sonidos— que en lugar de ser un mero elemento escénico, suele ser un personaje con todas las de la ley y cuyo papel es de suma importancia para que las historias se desarrollen.

En la red hay montones de artículos y videos que hablan sobre lo enloquecedora que es la comida del mundo regido por la bruja Yubaba, sobre la mezcla de tradiciones culinarias japonesas y chinas e incluso los orígenes y significados de ciertos platillos, pero ¿qué significa preparar comida y comer en esta historia?, ¿todas las comidas son lo mismo?, ¿es lo mismo “alimento” que “comida”?

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Veamos: Todo comienza con la famosa transgresión de los padres de Chihiro, ¿cierto? Estas buenas (pero distraídas) personas que, sin quererlo, caen presas de un festín que termina por convertirlos en cerdos.

Al respecto, se ha dicho que esto es una metáfora de la gula y la codicia. Totalmente de acuerdo, pero hay algo más: si nos detenemos a mirar con cuidado, veremos que no solo se trata del acto de comer sin parar, sino que, en principio, se trata de la comida de alguien más, comida hecha de acuerdo con las reglas del mundo mágico para ser consumida por dioses y espíritus, no por humanos. Los padres de Chihiro se convierten en cerdos porque no es lo mismo alimentarse con algo que se nos ofrece voluntariamente y devorar aquello que no nos corresponde, que no es para nosotros (no importa si tenemos con qué pagarlo después).

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Y es aquí donde se nos dan dos claves para entender cómo funciona el alimento en términos simbólicos: por un lado, la cantidad/variedad y, por el otro, el modo en que es ofrecido y recibido

Como Chihiro es humana, ahora su existencia peligra y por eso, empieza a desvanecerse, ¿recuerdan? Pero es salvada a tiempo por Haku, el joven y apuesto aprendiz de brujo en el momento en que éste le ofrece una baya del mundo mágico. Entonces, vemos que el alimento, por pequeño y simple que sea, puede significar nuestra entrada a otro mundo, comer nos legitima como parte de una realidad diferente (los viajeros no me dejarán mentir: no conoces realmente a un pueblo hasta que comes lo que ellos). Con todo,  lo importante aquí es que el habitante mágico es quien le hace el ofrecimiento a la extranjera en un acto de cuidado y generosidad para evitar que ella desaparezca. Chihiro lo acepta, con dudas y miedo, pero lo acepta. 

A partir de ese instante, la comida de Haku siempre será así: sencilla, frugal y ofrecida con cariño. A diferencia de la comida divina, la baya y las bolas de arroz sí tienen el propósito de nutrir, de dar fuerza, de otorgar lo que el cuerpo y el alma necesita para seguir adelante y nada más. ¿Se dan cuenta? Haku ofrece las dos cosas para llenar el vacío en el que se encuentra la niña: el alimento y el consuelo. Aun cuando ella se retaca la boca con arroz, no puede convertirse en cerdo.

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¡Ah! Pero la comida también aparece como un símbolo de camaradería. Después de un largo día de trabajo (y rescatar de la putrefacción a un pobre Dios del Río), Lin “saca a escondidas” de la cocina un par de panes al vapor rellenos con pasta de frijol dulce y le da uno a Chihiro. Aquí vale la pena recordar que la comida también es una marca de clase social; en una misma sociedad, no todos pueden comer lo mismo. Si no está permitido que la servidumbre coma ciertas cosas, un pan, en este caso, no es una necesidad, es un lujito, un regalo que —en su dulzura y clandestinidad— recompensa un gran esfuerzo. Ninguna de las dos se mira o habla siquiera por unos minutos, pero al compartir ese alimento en particular, sellan un pacto de solidaridad, de igualdad y de alegría.

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Es muy interesante que, más tarde, volvemos al tema de la comida harta y que no nutre. El Sin Cara (Kaonashi) —el espíritu enmascarado que Chihiro dejó entrar a los baños— parece esperar o buscar algo todo el tiempo, aunque nunca sabemos qué. Dentro de un espacio en el que se prepara comida de forma casi mecánica y en serie, él (el Sin Cara) tal vez aprende aprende que así debe comportarse para recibir atención de la niña, entregándose a un consumo desenfrenado que lo vuelve más grande y la podredumbre que se acumula en su interior lo vuelve más malvado. La variedad de platillos es amplísima, pero ninguno de ellos le hacen bien al Sin Cara.

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El alimento, para que funcione como tal, debe cumplir con su recorrido natural: debe ingresar al cuerpo y, una vez que éste absorba todos lo que necesita, debe ser desechado. Cuando solo ingresa de manera desordenada rápida y caprichosa, altera el equilibrio corporal, los procesos se retrasan y se enciman… al final, el cuerpo y el alma se enferman. 

Por ello son tan necesarios los alimentos que sanan, paradójicamente, al provocar la salida de aquello que nos “mata por dentro”. Aquí es donde entra el pastelito de hierbas que el Dios del Río le regala a Chihiro. Como buena medicina, es claro que sabe a recontradiablos, pero eso no quita que su ofrecimiento esté cargado de amor y cuidado. Ya sea forzándolo en las fauces de Haku o lanzándolo a la enorme boca del Sin Cara, el pastelito tiene un efecto purgante que limpia el cuerpo de todo mal, un mal que debe salir por donde entró. En este punto, es muy significativo el caso del dragón blanco, pues los papeles se han invertido: ahora es ella quien lo obliga a él, adolorido y asustado, a comer algo que lo salvará de desaparecer del mundo.

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Si lo pensamos bien, no es extraño imaginar que en verdad recibimos las emociones en el estómago; sí, sí, sentimos en el pecho y el corazón y shalalá, pero la satisfacción, el amor (en el sentido más amplio de la palabra), el miedo, la furia, la preocupación… todo lo recibimos usualmente en la panza y nos llena. Por eso, cuando no lo dejamos ir, igual que sucede con la comida, nos pudre desde el interior.

Finalmente, tenemos la comida familiar, esa que reúne a la gente alrededor de una mesa para compartir tiempo, atención y para hablar de los problemas y las esperanzas. Zeniba es la hermana gemela de Yubaba (ambas son una especie de brujas), pero, aunque lucen iguales, sus personalidades son del todo opuestas y eso incluye la forma en que ofrecen los alimentos. Yubaba administra un establecimiento en el que tiene muchos cocineros que trabajan por bloques casi a todas horas; Zeniba tiene una modesta cocina en la que ella se encarga de todo a horas específicas. Ella no conoce a ninguno de los personajes que llegan a su puerta, y sin embargo, una vez que recibe las disculpas de Chihiro y el sello mágico, los trata a todos como si fueran parte de su familia (bueno, en el caso del bebé-ratita, así es). El pastel castella, las galletas, el té, los cubitos de azúcar, todo lo que pone en la mesa es variado, sencillo, dulce y cálido; no es para atascarse, sino para elegir y sentirse a gusto.

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Es por esa razón que el Sin Cara, a diferencia de cómo lo hizo en los baños, coma con lentitud en casa de Zeniba, que mastique con cuidado y suspire con satisfacción. Toma lo que necesita para estar bien y se detiene, porque ya no está solo, ya no tiene que seguir buscando. 

Así es (o así debería ser), comer en casa, en ese lugar al que llamamos hogar, en donde recibimos el calor del alimento y la atención de los seres que amamos y que nos aman (aunque haya conflictos ocasionales); donde podemos reponernos del mundo y compartir lo que somos con las personas a las que hemos elegido querer, incluyéndonos a nosotros mismos. Ningún acto representa esos lazos mejor que la comida

Hayao Miyazaki, entre las muchas cosas que nos regala en El viaje de Chihiro, nos enseña que la comida, para que alimente de verdad, siempre debe ser ofrecida y recibida con amor.  

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