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Bodas everywhere: la narrativa del matrimonio.

"The Matrimonial Momentum" -- Coverage of the CBS series THE BIG BANG THEORY , scheduled to air on the CBS Television Network.
 Photo: Neil Jacobs/CBS
©2015 CBS Broadcasting, Inc. All Rights Reserved

The Big Bang Theory es una sitcom, o comedia de situaciones, en la que lo que realmente importa es quién se casa/tiene sexo primero. En realidad, es una comedia romántica.

“Charles: Básicamente, estás diciendo que el matrimonio es solo una forma de zafarte de un silencio incómodo en una conversación.

Gareth: Es romper el hielo para siempre”

Cuatro bodas y un funeral

 

¿Por qué la boda sigue siendo el cliffhanger, la última escena de la película, la temporada, el capítulo o la telenovela?

Hace poco me di cuenta de que le había perdido la pista a The Big Bang Theory. Con pocas horas a la semana para dedicarle a la televisión, no puedo darme el lujo de ver muchas series por el compromiso que implican. Por ello, dediqué parte de mis vacaciones a un indecente maratón para ponerme al día, y que concluyó con el último episodio de la octava temporada, The Commitment Determination. En él, el físico teórico Sheldon Cooper se pelea con su novia por una razón similar: interrumpe un “faje” con ella para preguntarle si debería empezar a ver la nueva serie de televisión The Flash. Por suerte, la última escena revela que estaba por pedirle matrimonio, así que después de todo seguirán juntos. Y mientras tanto, Leonard y Penny, quienes han estado en una relación inestable desde que la serie comenzó, por fin se van a casar en Las Vegas.

De nuevo: no veo muchas series porque, al igual que Sheldon, creo que implican un gran compromiso; comenzar a ver un programa de televisión es prometer acabarlo. Pero The Big Bang Theory es de las pocas sitcoms que me hacen reír. Me encanta el trasfondo científico de los personajes, las referencias a la cultura nerd, y sobre todo el personaje de Howard, quien fuese el primer personaje en casarse a pesar de ser el más bruto con las mujeres. Al final de esta temporada, el astrofísico Raj también tiene una novia adecuada. Y fue durante este ejercicio de remembranza cuando una escalofriante epifanía se me presentó: todo este tiempo he estado viendo una comedia romántica, la cual desvergonzadamente mide el tiempo con las nupcias de cada uno de sus ineptos protagonistas.

Pero no me tomen a mal: a todos nos gustan las historias de amor. Hay algo inherente al ser humano, un instinto innegable de supervivencia que siempre nos vincula al cortejo, sin importar la época y la cultura. Mi sorpresa fue, más bien, entender que no estaba viendo una innovadora sátira de la “subcultura geek”, sino la misma vieja historia de amor que se ha repetido desde los albores de la literatura, y que además sitúa el matrimonio como el objetivo final de cada uno de sus personajes (y por extensión, el momento clave para partir temporadas y dejarnos mordiéndonos las uñas hasta mediados de septiembre). Aunque si quieren, pueden ignorar mi experiencia, pues no es ningún caso ejemplar.

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Sam y Rosie Cotton se casan en El señor de los anillos: El retorno del rey. Todo está verosímilmente bien.

No es riesgoso afirmar que una gran cantidad de series y películas mainstream siguen teniendo en mayor o menor medida una escena de boda o, al menos, una última escena cuya insinuación es la del “felices para siempre”, aún cuando la historia no sea primordialmente romántica. Incluso la saga de Harry Potter, donde la temática rectora es la amistad, termina con Harry, Hermione, Ron y hasta Draco despidiendo a sus hijos en un cuadro esplendoroso de perfección familiar. La saga de Los juegos del hambre, cuya historia secundaria es la del triángulo amoroso de Katniss, Peeta y Gale, llega a su verdadera conclusión cuando Katniss elige al primero, y no cuando logra derrocar al Capitolio. Incluso la inconmensurablemente épica El Señor de los anillos culmina en la boda entre Aragorn y Arwen (aunque claro, sin mencionar la boda de Sam y toda la genealogía que hace Tolkien en el Silmarillion, en la que los ejemplos nos sobran).

El matrimonio y la idealización de la vida en pareja siguen tan presentes en las historias actuales que se corre el riesgo de que éstas se sientan anticuadas. Incluso, puede parecer que los guionistas y autores contemporáneos son tan poco imaginativos y triviales que siguen optando por una boda como el punto culmen de cualquier narrativa, como si siguiéramos creyendo que a partir de ahí no hay nada que contar porque tanto príncipe como princesa se disfrutaron mutuamente por los siglos de los siglos. Pero tan obsoleta como pueda parecer, y aún frente a las estadísticas de divorcio más recientes, la narrativa de la boda sigue satisfaciéndonos. Tanto que ni nos hemos dado cuenta de que sigue ahí hasta en la sopa.

Este tipo de historias eran un hit en una época en la que ser exitoso en la vida dependía de casarse.

Según la escritora Dana Stevens, no está muy claro cuándo fue que el matrimonio dejó de ser un asunto social y económicamente arreglado para convertirse en un auténtico pacto de amor entre dos individuos (lo que Kant alguna vez describió a grandes rasgos como un contrato para usar los genitales del otro). En lo que los estudiosos sí están de acuerdo es que las historias de amor que acaban en una boda proliferaron a la par que la novela como género literario en los siglos XVIII y XIX, momento durante el cual las clases medias emergían como un sector social clave. A grandes rasgos, todo esto significa que este tipo de historias eran un hit en una época en la que ser exitoso en la vida dependía de casarse. El matrimonio era la garantía de que nada podía salir mal. Después de todo, el objetivo era afianzar cierta estabilidad económica y social; si la pareja en verdad se amaba ya era ganancia.

Sin embargo, es ingenuo creer que ese raciocinio continúa operando en las cabezas de quienes disfrutamos de una buena comedia romántica, o incluso en las mentecillas de las niñas que se disfrazan de princesas. No creo –o no quiero creer— que las niñas de nuestro tiempo piensen que una relación romántica satisfará todas sus necesidades en la vida, por más que Disney nos haya demostrado lo contrario. Por supuesto, La Cenicienta, La Bella Durmiente, La Sirenita y Blancanieves son ejemplos perfectos de la narrativa de la boda, y además se aderezan con “el beso del verdadero amor”. Pero hoy en día Disney se ha querido alejar tanto como le es posible de ese viejo y rígido formato, y ahora nos ofrece lecciones de que existen “otros tipos de amor” como, por supuesto, lo hace Frozen. En una época de relaciones poliamorosas y de bodas gay, es difícil tragarse la misma idea que se tenía del matrimonio. Pero entonces, ¿por qué sigue siendo un recurso infalible en muchas series, novelas y películas? ¿Por qué la boda sigue siendo el cliffhanger, la última escena de la película, la temporada, el capítulo o la telenovela?

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Ni siquiera Tiana, quien fuese descrita por John Lasseter como “alguien que no sería fan de los cuentos de hadas de Disney”, se salvó de casarse en La princesa y el sapo (2009)

No dudo que nuestro placer por las historias de amor se reduzcan a la sencilla satisfacción de ver a los amantes casarse y vencer los obstáculos que el destino o la sociedad les han puesto enfrente, aún cuando sabemos que así no funciona la vida; en nuestras experiencias románticas siempre alternamos momentos de miseria con momentos de felicidad. Pero el escritor o guionista dispone de una limitada cantidad de páginas para relatarnos esos periplos y, al menos popularmente, dispone únicamente de dos resoluciones: los amantes se quedan o no juntos. En la literatura, el matrimonio es sobre todo una metáfora de la tranquilidad y de la paz, de la restauración del orden y la armonía de un mundo corrompido. Necesitamos una última estampa que refuerce la credibilidad de lo acontecido; no basta que el anillo o Voldemort hayan sido destruidos si los protagonistas no se quedan juntos. Y por otra parte, si bien en nuestras vidas la institución del matrimonio no es tan sólida como antes, no por eso ha perdido su eficacia en la ficción. De hecho, lo mejor que pueden hacer los escritores es hacerla lo más verosímil posible cuando recurren a ella.

El ejemplo máximo para esos casos es la novelista Jane Austen (1775-1817), cuya bibliografía está plagada de resoluciones nupciales. En sus novelas, Austen se dedica a explorar la complejidad emocional y psicológica de sus personajes en la ardua tarea de elegir una pareja, de paso dándonos lecciones como que la primera opción siempre es seductora pero inadecuada y la segunda mucho mejor. Según dice la crítica Adelle Waldman, esta cualidad psicológica en las novelas de Austen prueba por qué estos libros, incluyendo los miles que acaban en una boda, no se sienten antiguos: los finales no solo se sienten justificados, sino “merecidos” por el personaje. En ellos, el por qué te casas es más importante que con quién. Transportando el mismo fenómeno a un terreno más familiar (en el que no me incluyo por motivos ya expresados), pensemos en series como Sex and the City, la cual celebra la libertad sexual femenina y está repleta de relaciones de una noche, sexo lésbico y divorcios. Y sin embargo, todo está encaminado al mismo objetivo: casarse con el hombre ideal y/o al menos vivir feliz para siempre.

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Orgullo y prejuicio (2005) no tiene una boda al final porque sería un exceso; toda la novela se centra en la indecisión de Elizabeth Bennet por casarse con Mr. Darcy. Eso sí, la versión de Estados Unidos tiene un final alternativo.

La profundidad con la que guionistas y escritores exploran la indecisión de sus personajes (ya sea una Elizabeth Bennet o una Carrie Bradshaw) es lo que garantiza que la narrativa de la boda siga vigente, actualizada y justificada. De hecho, esa es la esencia de las sitcoms y las comedias románticas: ver cuántas veces los personajes la cagan antes de lograr estar juntos. Si en Friends, How I Met Your Mother, Twilight, 50 Shades of Grey y The Big Bang Theory hay bodas es porque todo lo narrado tiene como objetivo responder a la misma pregunta: ¿lograrán quedarse juntos? Y mientras más fielmente se refleje la complejidad de las relaciones actuales, con todas sus subidas y bajadas, con su frivolidades y mutaciones posmodernas, el matrimonio será más creíble –y satisfactorio– en la pantalla.

Por otra parte, están quienes optan no solo por evitar los clichés de la narrativa de la boda, sino que cuestionan los conceptos del amor y del “felices para siempre”. Ejemplos sobran: Juno, Her, 500 Days Of Summer, The Perks of Being a Wallflower, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, por mencionar mis top-of-minds. Y más aún, la etapa verdaderamente interesante de una relación, el después del matrimonio, es magníficamente explorada en series donde las familias disfuncionales son la fuente inagotable para el drama y la comedia. Pensemos en Married… with children, Malcon in the middle y, por supuesto, Los Simpsons. Esas historias nos recuerdan que el matrimonio difícilmente es la conclusión de una narrativa, sino que, como dice George Eliot en su novela Middlemarch, todavía deja mucho, mucho que contar:

Es todavía el comienzo del poema épico familiar… la conquista gradual o la pérdida irremediable de esa perfecta unión que hace que los años avancen hacia una culminación, y la edad sea una cosecha de dulces recuerdos en común.

En tanto el amor y las relaciones pongan nuestras emociones en jaque, siempre habrá material para escribir. Aún más ahora que nuestro entendimiento del matrimonio está cambiando, y que aunque sigue siendo un recurso recurrente en la literatura, el cine y la televisión, difícilmente es lo que simbolizaba hace algunas décadas. De cualquier forma, sabemos que si Ron Weasley se acaba hartando de Hermione Granger puede divorciarse en cuanto quiera. El compromiso no es para todos. Mucho menos para mí. Me doy cuenta de eso ahora que me pregunto si soy capaz de comenzar a ver una nueva serie, de preferencia una sin bodas al final de sus temporadas.  

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Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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