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Cine gore, torture porn y shock sites: ¿Por qué nos gana el morbo?

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Tres estudios para una crucifixión
(1962), del artista británico Francis Bacon

Evidentemente, el gore es repulsivo y espantoso. Pero cuando este es ficticio y se muestra de manera hiperrealista, la repulsión puede convertirse en fascinación.

En la primaria, mis clases de computación consistían en aprender a agrandar la gomita de borrar en Paint, crear mi primer correo electrónico e insertar imágenes prediseñadas en Word. Como imaginarán, le tenía una aversión enorme a esa clase. Pero por las razones equivocadas. A una o dos pantallas a mi izquierda, un grupo de compañeros, que curiosamente se volvieron alcohólicos, siempre se dedicaba a entrar a una página llamada “Rotten.com” para buscar imágenes de decapitados, tortura, gente volada en pedazos y cadáveres descuartizados por accidente o deliberadamente. Vivía aterrorizado. Una vez, al asomarme a uno de esos monitores, vi la imagen de una mujer con la cabeza reventada dentro de un auto, quizá producto de un choque, una bomba o de una escopeta; el punto es que su rostro era una erupción de andrajos cartilaginosos. Quizá fue por uno o dos segundos, pero esa maldita fotografía sigue tatuada en mi memoria.

Fue así que perdí mi inocencia en el internet, y obtuve lo que en ese entonces creía que era una fobia muy específica a las imágenes hiperviolentas. Ver nuestra anatomía degradada y el espíritu humano reducido a un montón de carne pulposa me causaba graves niveles de ansiedad, pero también una curiosidad que me hacía sentir muy culpable. Para empeorar las cosas, la pubertad del internet coincidió con la pubertad de mis amigos psicópatas, y las páginas de shock y gore estaban a la orden del día. Cuando la vida real no bastaba, abundaban conversaciones sobre películas y libros extremos como Justina de Sade, y clásicos como Requiem for a Dream (2000) y Cannibal Holocaust (1980). En retrospectiva, parece que éramos una generación muy estúpida e impulsiva, tratando de encontrar sentido en los límites de un mundo depravado que súbitamente se había revelado ante nosotros, y cuya exploración estaba a un click de distancia.

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El vuelo del reno (2003), de la artista norteamericana Victoria Reynolds

Hoy en día ya superé esa “fobia personal”, aunque no puedo decir que me he desensibilizado totalmente a la violencia extrema. Más bien, he entendido que esa repulsión, tan intensa durante la adolescencia por ser la primera vez que la sentía, es tan común entre la mayoría de la gente adulta como lo es la curiosidad mórbida que la acompaña. Las muertes violentas son parte de la vida y convivimos con ellas todos los días, ya sea desde la primera plana de un periódico o proyectadas en la sala de cine. Cualquiera que se haya detenido a mirar un accidente sabe que el querer ver sangre es parte de nuestra naturaleza humana. Por supuesto, es moralmente injustificable, pero hay quienes gustan satisfacer esa curiosidad, al menos desde la distancia segura que provee la ficción.

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Deterioro de la mente sobre la materia (2008), del artista austriaco Otto Rapp

MORBO SIN SENTIDO

El discurso de que la violencia en la tele, los videojuegos y las películas nos hace más agresivos se me hace anticuado. Es una discusión que se remonta a Platón preocupándose porque la poesía trágica corrompiera la mente de la gente joven. Él decía que “lo que ocurre en el teatro, en la casa y en los mundos de fantasía está conectado con lo que hace una persona en la vida real”. Y sí, aunque la realidad y la ficción conviven tan estrechamente que a veces se desdibuja la línea que las separa, la ficción, y más específicamente el cine, es el medio más seguro para entender, aproximarnos e incluso disfrutar la violencia extrema sin que nadie salga lastimado. Eso no quiere decir que en el fondo todos seamos un montón de sádicos… ¿o sí?

Un estudio sobre emociones llevado a cabo en 1994 consistió en mostrar documentales con violencia extrema a un grupo de estudiantes, y 9 de cada 10 no lograron terminar el experimento. Evidentemente, el gore es repulsivo y espantoso. Pero cuando este es ficticio y se muestra de manera hiperrealista, la repulsión puede convertirse en fascinación. De pronto, podemos detenernos a mirar de una manera socialmente más aceptable, y hasta agasajarnos con el nivel de detalle de las mutilaciones que ocurren en una pantalla. Aunque claro, el cine tampoco conoce límites y existe toda una serie de películas controversiales que, por cierto, evadí cobardemente por un buen rato hasta hace algunos años.

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A Serbian Film (2010), prohibida en 46 países.

Tal es el caso de A Serbian Film, una cinta que se estrenó en 2010 y que algunos consideran una de las más perturbadoras jamás filmadas. Cuenta la historia de Milos, un actor porno retirado que toma un último trabajo para darle estabilidad económica a su esposa e hijo. Su nuevo director, sin embargo, nunca le dice de qué trata el proyecto, y poco a poco es forzado a hacer las cosas más crueles y sádicas que has visto en una película. Hay escenas de pedofilia, necrofilia, incesto, decapitaciones y hasta un momento terriblemente incómodo con un recién nacido. Naturalmente, esta cinta dirigida por Srdjan Spasojevic suscitó una gran controversia, está prohibida en varios países y hasta fue investigada por cargos por obscenidad y protección de menores.

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A Serbian Film es una de las pocas películas modernas que han sido prohibidas en Noruega, incluyendo Ichi the Killer (2001) y Grotesque (2009) (Fuente: IMDB)

Lo curioso es que Spasojevic defiende a capa y espada este infierno audiovisual, argumentando que detrás del sexo y las tripas hay una alegoría política. Según sus propias palabras, A Serbian Film “es una crítica a lo que el gobierno Serbio le ha hecho a la gente durante años; un diario de las violaciones a las que hemos sido sometidos. Es sobre el poder monolítico de los líderes que te hipnotizan para hacer cosas que no quieres hacer”.

Por supuesto, nadie le creyó, y como indica el crítico David Cox, es imposible que uno interprete esas escenas tan horrendas como una metáfora, sobre todo si uno no tiene el contexto del que habla. Las imágenes son tan crudas y realistas que difícilmente pueden significar otra cosa mas que lo que representan: una mujer decapitada siendo violada es una mujer decapitada siendo violada.

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Durante el 9o Festival de Cine de Horror de Sacramento, el director de A Serbian Film dijo que solo se arrepiente de una cosa: no haberla hecho más extrema. Fuente: The Blood-Shed

En una entrevista para Vice, sin embargo, Spasojevic argumenta de mejor manera los excesos de A Serbian Film, diciendo que:

El arte se ha esterilizado tanto que los cineastas se están rajando a la hora de tratar los traumas de su tiempo. Esta es la razón de mostrar imágenes inmostrables de una manera tan desenfrenada y directa: la humillación y la degradación última de nuestro ser debe ser sentida y vivida por cada espectador de tal modo que no pueda ser ignorada.

O en otras palabras, los medios mainstream no nos están mostrando lo terriblemente violento que es el mundo moderno, y es necesario enfrentarnos a él sin censura, tal y como es. Es inevitable comparar este argumento con las declaraciones de gente que sube imágenes a sitios gore como el extinto Rotten.com u otros más célebres como LiveLeak, El blog del narco, Best Gore o GoreGrish.com; según ellos, los medios censuran “lo que realmente está pasando” y la violencia extrema nos devuelve a la realidad. Lo peor es que, aunque A Serbian Film se presente como una cinta “metafórica” cuyas atrocidades son alegorías de algo más abstracto, sería muy ingenuo no imaginar que los abominables actos que suceden en ella pueden estar ocurriendo de esa misma forma en este momento, en algún lugar del mundo.

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Milos, disfrutando plenamente de su sexualidad en A Serbian Film

Aun así, el cine no necesariamente requiere significados escondidos o una buena historia y personajes para ser efectivo; puede valerse, si se desea, de la pura estética de la violencia para cautivar y repeler a los espectadores. A fin de cuentas, son las trampas de Saw y las muertes creativas de Final Destination lo que agota las entradas, no sus cautivadoras actuaciones y elaboradas tramas. La apuesta en las imágenes ultra-gráficas excede la atención que se le pone al desarrollo de los personajes y la narrativa, por más que haya quienes juran que Jigsaw, el antihéroe con cáncer de la saga de James Wan, tiene una backstory que sigue teniendo sentido hasta la octava película de Saw.

Esta atención superficial a lo grotesco y desagradable es lo que provocó que estas cintas se ganaran el apelativo de “torture porn”, acuñado en 2006 por el crítico del New York Magazine David Edelstein. Al igual que en la pornografía, el disfrute de estas películas se centra en las formas, las imágenes, los sonidos, las texturas y el sufrimiento. Son pura estética y rara vez nos encontramos con los sentimientos de alguien. Saw, The Human Centipede (2009), Ichi the Killer (2001), entre otras, han sido catalogadas como “torture porn”, aunque hay directores como Eli Roth (creador de Hostel, de 2005) quienes critican el uso del término como algo peyorativo, y como una muestra del “entendimiento pobre que tienen los críticos acerca de lo que puede hacer el cine de horror”.

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Algunos críticos dicen que Hostel de Eli Roth no son puras tripas, sino que explora los límites de una sociedad en busca del placer ilícito.

Lo cierto es que el “torture porn” es solo una nueva palabra para denominar a las antes conocidas como splatter films, un género del que George A. Romero y Peter Jackson son fans, con cintas como Dawn of the Dead (1978) y Braindead (1992). Las splatter films, por su parte, tienen toda una tradición rastreable a los setenta con el cine de explotación, los documentales mondo y snuff, el giallo italiano y los recintos donde se proyectaban estas películas, llamados grindhouse; cines frecuentados por audiencias de bajo nivel socioeconómico y una mente muy enferma. La única diferencia es, en realidad, que hoy en día los grandes estudios como Lionsgate y Warner Brothers están produciendo cintas hiperviolentas, cuando antes eran consideradas de mal gusto, y de culto. El shock está de moda, y es muy rentable.

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Blood Feast (1963), dirigida por H.G. Lewis, es una de las primeras splatter films que se vanaglorió de su asquerosidad.

Otros experimentos de explotación mainstream contemporánea provienen, de hecho, de gente como Eli Roth, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, e incluyen cintas como Machete (2010), From Dusk till Dawn (1996), Planet Terror (2007) y por supuesto Grindhouse (2007). Roth, todo un nerdazo del género, incluso le permite un cameo a Ruggero Deodato, el director de la infame Cannibal Holocaust, en el papel de un caníbal italiano para Hostel: Part II (2007). Todas estas mantienen la tradición del gore vivita, famosa y coleando.

 

MORBO CON SENTIDO

Cannibal Holocaust, con su muy apropiado título, es el ejemplo más puro del cine de explotación que lo inició todo, y es también pionera del pseudogénero “cámara en mano” o “found footage”. Cuenta la historia de un grupo de exploradores en busca de civilizaciones caníbales en el Amazonas, y el desafortunado encuentro con una de ellas. Encontrarás representaciones ofensivas de tribus indígenas, canibalismo, empalamientos, castración y – sujétate los pantalones–, animales reales asesinados en pantalla. Deodato fue detenido y la cinta decomisada casi inmediatamente después de su estreno, con cargos por obscenidad y sospecha de que algunos actores habían sido asesinados. La realidad es que, en un ardid publicitario, Deodato había pedido a todos sus actores firmar un acuerdo para no hacer apariciones públicas por 3 meses, para reforzar la ilusión de que habían sido canibalizados. Por supuesto, todo eran efectos especiales (excepto aquel coatí y aquella tortuga de la que prefiero no hablar) y, sorpresivamente, la cinta sí tenía algo que decir, así que pronto adquirió el estatus de película de culto.

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Cannibal Holocaust fue filmada en locación en la selva amazónica, con tribus indígenas interactuando con actores gringos e italianos. A veces, el rodaje se ponía tan estresante que los actores se rehusaban a filmar.

Interesantemente, Cannibal Holocaust reflexiona sobre la barbarie y cuál de las dos civilizaciones –nosotros y los otros– es la más salvaje. Eso sí, Deodato no es nada sutil: nos arroja la pregunta textualmente a cada rato durante sus 98 minutos de duración. Esto parece virar el rumbo un poco; quizá las películas de gore sí pueden tener algún significado más allá del shock gratuito. Otra de la época, Saló o las 120 jornadas de Sodoma (1975), adaptación del provocador libro escrito por el Marqués de Sade y dirigida por el poeta e intelectual Pier Paolo Pasolini, es un profundo ejercicio filosófico que discute la corrupción política y el abuso del poder. Está ambientada en Italia, posterior a la caída de Mussolini, y en el camino se citan autores como Nietzsche, Marcel Proust y Ezra Pound. Sin mencionar que hay desnudos completos, violaciones, gente comiendo vidrio y excremento, tortura y mutilaciones.

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Poco después del estreno de Salò, o le 120 giornate di Sodoma en su idioma original, Pier Paolo Pasolini fue asesinado, probablemente por sus vínculos con el partido comunista.

Este par de ejemplos, y muchos más que no caben aquí ni en tu cabeza, demuestran que en medio de las tripas aún hay espacio para la innovación y experimentación de discursos y narrativas. George A. Romero puede bien callarse la boca cuando decía “no entiendo las películas de torture porn… les falta metáfora”. Incluso existen largometrajes tan cuidadosamente confeccionados para que no solo disfrutemos la violencia, sino que roguemos por ella impacientemente. ¿Quién no se deleita con la escena del teatro en llamas en Inglorious Basterds (2009)? Y ese es solo el inicio; el subgénero de las películas de venganza es experto en hacernos desear lo peor para los antagonistas. Intelectualmente, la audiencia sabe que torturar a alguien es malo, pero emocionalmente podemos desear que algún hijo de puta sea castigado, y feo.

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Monica Bellucci dice que después de grabar la infame escena de violación en Irréversible, se fue a tomar un café y a pensar en otras cosas. El plano secuencia ininterrumpido requirió 6 tomas a lo largo de dos días.

Este sentimiento se llama Schadenfreude, y es alemán para “disfrutar con el sufrimiento del otro”. Tomen de ejemplo Irréversible (2002), de Gaspar Noé, quien nos obliga a presenciar cómo violan a Monica Belluci por los 11 minutos más largos de su (y nuestra) vida, con tal de que nos regodeemos cuando al culpable le muelen la cabeza con un extintor – en vivo y a todo color. Las surcoreanas I Saw the Devil (2010) y Oldboy (2003) también nos convierten en psicópatas y disfrutamos cuando el villano debe masticar sus propios testículos, porque nos han hecho empatizar con aquel que fue agredido. En resumen, las películas de venganza sacan lo peor de nosotros (¡dale con la silla!). ¿Pero eso es malo?

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I Saw the Devil, o Agmareul boatda, es una “revenge movie” por excelencia, y te hace desear lo peor para el antagonista.

En realidad, no. El propósito mismo de la ficción es, según Aristóteles, la catarsis, o la purificación de nuestras emociones negativas. En otras palabras, ver escenas violentas no necesariamente nos hace más agresivos, sino al contrario: nos puede liberar de nuestra propia agresión al encontrar paralelos entre la ficción y nuestras propias vidas. El cine gore nos enfrenta indirectamente con nuestros deseos más oscuros, con tal de que los expiemos. Y en el caso de las víctimas, nos ayuda a experimentar el sufrimiento de alguien más. ¿Qué pasaría si ese fuera yo? ¿Qué se sentiría que te cosieran la boca al ano de otra persona como en The Human Centipede? ¿Qué haría yo para escapar si me cercenaran los tendones como en Hostel? El cine es también un gran campo de entrenamiento imaginario; un lienzo en el cual ensayar.

INTENTA NO VER

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Tres estudios para una crucifixión
(1962), del artista británico Francis Bacon

Así es. Intenta no ver ninguna de las películas que cito aquí y que suelen aparecer en las listuchas de “Las películas más impactantes de la historia”, pero créeme, vas a querer voltear, y vas a tener los ojos muy abiertos. Tal vez pienses que tú no tienes ese deseo oculto de ver tripas, o que verlas te va a traumar de por vida, y aunque no es mi intención empujarte a hacerlo, sí creo que es muy sano echar un vistazo, al menos de vez en cuando.

Por supuesto, ver gente real muriendo y entrar a los abismos del internet es muy impactante, pero escapar de esas imágenes es, por sí mismo, increíblemente difícil, sobre todo al vivir bombardeados con noticias sobre ISIS, el narcotráfico y toda clase de basura amarillista. Pero insisto: el punto más aventajado de observación es la ficción. Igual pondremos cara de espanto, pero es el sitio en el que podemos satisfacer nuestra curiosidad por lo mórbido de una forma segura, con películas que pueden decir mucho o no decir nada. Eso no importa; ambos polos son válidos. Ambos nos ayudan a entender –¡entender!– por qué diablos somos tan violentos, por qué no hay límites en nuestra perversión, qué haría yo en esa situación, cómo nos vemos por dentro. Nos permiten experimentar algo que, afortunadamente, suele estar fuera de nuestra experiencia individual, con el único propósito de seguir dándole sentido al mundo.

Stephen King dijo alguna vez que inventamos horrores propios para ayudarnos a lidiar con los horrores reales. El gore permite darle orden a este caos que es la vida, y a ese misterio que es la muerte. Nos muestra la brutalidad que los medios y los crematorios nos ocultan, y tal vez, nos ayuda a enfrentarla. A final de cuentas, siempre es preferible una certeza desagradable a la incertidumbre. Y la incertidumbre es, creo, algo mucho, mucho peor.

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Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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