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Comer para ser felices

tacos

¿Hay algo mejor que los tacos?

Comer es una delicia y quien diga que no es porque nunca ha comido unos buenos tacos de canasta o un pastel de chocolate como el de Bruce, o mejor aún, unas albondigas caseras con su arrocito rojo esponjado o ya de perdis una pizza con un chingo de queso, o tal vez es porque nunca se ha parado por Coyoacán a comer una quesadilla frita de papa con queso o a lo mejor nunca en su vida ha despertado con el excitante olor a hot cake y tocino. O quizás nunca se ha sentado en una cantina a tomarse unas cubas con una torta de cochinita. Quizás nunca ha viajado y preguntado antes que nada cuál es el platillo típico y dónde es el mejor lugar para comerlo.

Ni siquiera los veganos tienen pretextos, porque si no creen que comer sea una delicia entonces es porque no han probado un buen arroz con frijoles o una ensalada con mango, arándanos y nueces. O uno de esos panques vegetarianos-gluten-freelight-cero-conservadores. El punto es que si no han disfrutado de una comida tanto que les dan ganas de quedarse en ese momento atrapados entre el olor y el sabor, entonces algo anda mal con ustedes. Comer es de los grandes placeres que pueda existir y mejor todavía cuando se comparte.

El amor es tan importante como la comida, pero no alimenta. (García Márquez)

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(¡Si esto no les excita es porque no tienen alma!)

Hace poco salió un documental en Netflix que probablemente muchos ya vieron: Cooked, cuatro capítulos para gordos todo terreno. Así sin más, en el primer episodio lanzan una teoría: El hecho de haber aprendido a cocinar hizo que el ser humano evolucionara. Y ustedes dirán: “Juay de rito?” Pues resulta que cuando al primer neandertal se le ocurrió usar fuego para cocinar la carne y suavizarla, lo que estaba haciendo en verdad era ayudar a que evolucionáramos pues entre más blanda la carne, menos dientes gigantes necesitábamos, lo que dio pie a que el cerebro tuviera más espacio para crecer dentro del craneo.

No sabemos qué tan aceptada sea esa teoría dentro de la biología pero lo que sí creemos es que la comida ha ayudado a que seamos seres sociales. En la cueva de Qesem, cerca de Tel Aviv, se encontró evidencia de alimentos antiguos preparados en un fogón de hace 300 mil años en donde los comensales se reunían para comer juntos. La comida nos une a los otros más allá de la muerte y para muestra, las ofrendas donde cada año colocamos la comida favorita de nuestros muertitos solo para que sepan que los seguimos recordando y extrañando. En México las comidas se convierten en cenas, las fiestas de quince años en banquetes (con todo y calle cerrada), las primeras citas suelen ser cenas íntimas. No cabe duda que los códigos sociales – al menos en nuestra sociedad– se construyen a través de la comida. Cada una de nuestras comidas tiene su propio significado, desde los taquitos de canasta hasta la Navidad.

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¡Echar el chisme con una comida rica es de lo mejor en la vida!

Y en la literatura es lo mismo: dulces mágicos, duraznos y frijoles que hacen crecer casas, casas hechas de dulces como la de Hansel y Gretel, banquetes opulentos en la Edad Media, cerveza de mantequilla para magos que dejan de ser niños pero que aún no pueden tomar alcohol. Cada comida nos dice algo sobre las historias, sobre los personajes y sobre nosotros mismos. La comida entabla amistades, rompe corazones o cimienta una comunidad entera.

Que este alimento mantenga mi cuerpo, que mi cuerpo sostenga mi alma, y que mi alma, con palabra y obra, dé gracias por todo al Señor. (Isak Dinesen, El festín de Babette)

En este número nos dejamos ir como gordas en tobogan para platicar sobre las mejores comidas en la literatura, los alimentos que salieron de la ficción para volverse realidad, los miles de programas de comida que invaden nuestra tele solo para hacernos saber que somos unos inútiles en la cocina, los honguitos de Mario Bros. y cómo se alimenta de ellos, y por qué no, de alguno que otro cuento sobre los responsables de que la cecina y las galletas de las suerte lleguen hasta nosotros. Los invitamos a leer este número bajo su propio riesgo pues les aseguramos que se les va a antojar una que otra cosa.

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Lorena Salcedo

Estudió una maestría en comunicación y terminó amando la literatura infantil, y no cualquiera, sino la que está llena de ilustraciones. Es glotona y siempre quiere pizza.

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