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De Esopo a Curious George: fábulas para educar, controlar y entretener

Vintage animal illustration

Los animales siempre han estado presentes en la literatura. ¿Por qué? 

fábula
Del lat. fabŭla.
f. Breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados.

Si tuviera mi cuaderno de secundaria podría asegurar que a mí me habían dicho que las fábulas SIEMPRE tenían animales. Pero según la RAE no, aunque nuestra amada Wikipedia dice que sí: “La fábula es una composición literaria breve, generalmente en prosa o en verso, en la que los personajes principales son animales o cosas inanimadas que presentan características humanas.”. La verdad es que no, las fábulas pueden no tener animales. De hecho hay varias fábulas de Esopo que no incluyen animales, pero para este texto –y honrando a mi maestra de español de primero de secundaria– vamos a hacer como que sí, como que las fábulas siempre han tenido animales. Además de que las fábulas que se siguen escribiendo y continuamos leyendo tienen como personajes principales a animales animados. Pero, ¿para qué siguen escribiendo fábulas los autores y por qué (casi) siempre hay animales en ellas?

Las fábulas son probablemente uno de lo géneros literarios más viejos que existen. Su origen se remonta a Mesopotamia, dos mil años antes de nuestra era. “Unas tablas de arcilla que provienen de bibliotecas escolares de la época cuentan brevemente historias de zorros astutos, perros desgraciados y elefantes presuntuosos” (Seth Lerer). Pero fue Esopo en la Antigua Grecia quien popularizó el género a pesar de que era un esclavo, y es justamente por eso que sus historias están llenas de relaciones unilaterales: sirvientes que molestan a sus amos y niños que no obedecen a sus padres. Sus fábulas, como muchas otras, son historias de poder y control. La moraleja de las fábulas de esta época recaen invariablemente en el estatus y la clase: no aspires a más, sé feliz con lo que te tocó y respeta a quienes están por encima de ti (hasta parece speech de político mexicano).

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Una antología de 1967 de Las fábulas de Esopo con ilustraciones de Alice y Martin Provensen.

Aún cuando los jodidos no pudieran dejar de serlo, la educación estaba a cargo de los esclavos quienes solían ser profesores y tutores. Sin embargo, sin importar que el mensaje en sus fábulas era que no se podía crecer, Esopo fue el griego que rompió esos paradigmas de acuerdo a Seth Lerer, autor de A Reader´s History: From Aesop to Harry Potter (2008):

Los atenienses construyeron una estatua en su honor, y al hacerlo, pusieron a un esclavo en un pedestal, modificando la creencia de que la gloria depende de lo que naces siendo: ahora podía depender de tus méritos.

A pesar de que Esopo pudo romper los paradigmas en su propia vida, las fábulas se utilizaron como parte de la educación básica de los niños desde Grecia hasta la Edad Media. No solo eran textos con moraleja sino herramientas de control, convirtiéndose en uno de los géneros característicos de la literatura occidental; lo anterior dio como resultado la Aesopica, que consiste en la apropiación de los elementos que tenían los relatos de Esopo: los mismos personajes y situaciones adaptándose a los valores de cada sociedad y momento histórico.

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En la Edad Media, los libros también estaban llenos de animales.

Pero no todo es malo. Antes de que terminemos odiando a las fábulas, hay que decir que además de tener ese componente educativo, las fábulas enseñaban (y enseñan) a los niños sobre la autoría de un texto, así como nociones narrativas e ideas de la acción verbal; en pocas palabras, ¡LITERATURA!, incluso a pesar de que el lenguaje sea sencillo debido a su origen: el lenguaje de los esclavos, de las niñeras y de los sirvientes; no hay que olvidar que las fábulas surgen como relatos orales.

La palabra fábula viene del latín fari: “contar”. Las fábulas son cosas contadas.

A lo largo del tiempo, las fábulas crearon un sistema literario propio, un mundo en el que los niños han podido reimaginar instituciones, individuos y la vida cotidiana a través de un lenguaje específico basado en un figuras retóricas (metáforas, metonimias, sinécdoques, etc.).

Pero, ¿por qué la literatura infantil se apropió de las fábulas? No es simplemente que Esopo haya creado historias con bestias parlantes o que las moralejas sean apropiadas para los niños. Las fábulas hablan sobre niños y esa característica las hace atractiva para ellos. Jean Piaget (1926), psicólogo suizo, creía que el pensamiento mágico, propio de la etapa infantil, con sus características de animismo y antropomorfismo, permiten la identificación de los niños con los animales, que resultan potencialmente atractivos y a la vez benéficos para la comprensión propia del menor.

DE DARWIN A MOWGLI

Los animales llegaron para quedarse en la literatura infantil, específicamente en aquellas historias con fines educativos. Desde los hermanos Grimm con un lobo parlanchín y tragón, pasando por Hans Christian Andersen con un patito gacho, hasta algunos relatos escritos por el filósofo inglés John Locke que tenían por protagonistas a animales que modificaban su comportamiento a lo largo de la historia. Pero fue a mediados del siglo XIX cuando los animales se volvieron aún más populares gracias a Darwin, quién marcaría el inicio de la época de oro de la literatura infantil. Bebés que llegan a través del río, niños que crecen en la jungla y hombres-mono llenaron el imaginario desde la publicación de El origen de la especies (1859) hasta la fundación de los Boy Scouts (1907): todo ello, con personajes muy “darwinianos” que enaltecían la relación entre hombres y animales. ¿Pero qué tiene que ver Darwin con la literatura infantil y las fábulas? Pues aunque no lo crean, la infancia y la fantasía es una constante en el trabajo de Darwin. Desde su autobiografía hasta sus anotaciones, el mismo Darwin admitió ser un gran contador de historias de ficción:

En esos días era un gran narrador. Aveces cuando regresaba a casa contaba una mentira sobre cómo había visto un faisán u otra ave extraña y si nadie detectaba la mentira me emocionaba. Esas historias siguen muy vivas y las guardo sin pena pues me dan placer como cualquier ficción.

¿A poco de niños no nos gustaba decir esas “mentirillas” y nos sentíamos muy bien cuando no nos cachaban? Los textos de Darwin aún cuando son científicos, están llenos de fantasía e imaginación en su manera de narrar, por lo que influenció a los escritores de la época, entre ellos a Rudyard Kipling. En El Libro de la Jungla, Kipling reúne una colección de narraciones (no, no es una novela ni es una sola historia) donde –a excepción de la historia de Mowgli– los animales son los protagonistas de esos relatos: una foca blanca, la mangosta Rikki-Tikki-Tavi, un elefante y varios camellos. La historia de Mowgli es una fábula hecha y derecha: animales animados que hablan con el hombre, uso de un lenguaje figurativo y una moraleja disfrazada de ley de la jungla.

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Lo lamento Mowgli, eres minoría entre los animales.

La diferencia con las historias que se escribían en el pasado, es el lenguaje. Durante esta época, finales del siglo XIX y principios del XX, la literatura infantil crece volviéndose más compleja y perdiendo su carácter didáctico opresivo, según nos cuenta Peter Hunt en An Introduction to Children’s Literature. De pronto, nos encontramos ante una forma de fábula distinta a la que se utilizó hasta la Edad Media. Las fábulas (contrario a lo que las maestras a veces piensan) no necesitan terminar con “la moraleja es…”. Si bien siguen conservando ese factor moral, éste ya no se escribe de manera directa y la simpleza del texto cambia en esta etapa, pasando de ser un lenguaje oral a una composición con mayor complejidad.

Y DE AHÍ, PA’L REAL

Peter Rabbit (1902), Winnie Pooh (1924) y La telaraña de Charlotte (1952) llegaron en el siglo XX como una nueva forma de hacer fábulas con animales completamente antropomorfos. De pronto los conejos, los osos y ¿las arañas? no solo actúan y tienen características físicas parecidas a un humano, sino que tienen sentimientos y son auto-conscientes de sus acciones y su existencia. Todos estos protagonistas son capaces de transmitirnos empatía.

A diferencia de las tortugas y las gallinas de Esopo, los animales del siglo XX tienen personalidades muy desarrolladas. Los personajes ya no son solo los encargados de llevar a cabo una acción, por el contrario, la acción depende de su personalidad. O qué, ¿me van a decir que han leído los cuentos de Winnie Pooh? Ya de perdis que se acuerden de un capítulo de la caricatura. Probablemente si vieron a Pooh, Puerquito, Burro y Tigger dentro de la tele, pueden describirlos.

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El Winnie Pooh de A.A. Milne no tenía una playerita roja.

Estas historias retoman algunas de las preguntas que John Locke se hizo por ahí del 1693 con respecto al conocimiento y la educación: ¿Cuál es la condición moral y racional de los niños? ¿Qué pasa cuando los animales tienen una vida propia? ¿Cómo desafían nuestra percepción de la naturaleza única del humano? Y lo mejor, ¿cómo afecta la percepción del niño que llevamos todos? Y son estas preguntas las que autores como Beatrix Potter, Kipling, Milne, etc. comienzan a responder. Pero tal vez la verdadera pregunta es ¿por qué nos gustan tanto los animales en las historias?

Muchos psicólogos dedicados a la evaluación de la personalidad infantil han propuesto realizar pruebas con dibujos de animales, al suponer que ello facilita la proyección de los deseos de los niños. Algo así ocurrió en el famosísimo caso de Juanito (si no lo conocen aquí se los dejamos) descrito por Freud, donde el niño depositaba en la figura del caballo sus impulsos (sexuales). Probablemente es por eso que hasta en las pruebas psicológicas se utilizan dibujos y figuras de animales para evaluar a los niños.

ANIMALES, ANIMALES Y ANIMALES

Y ustedes, ¿qué animales recuerdan haber encontrado en sus libros? Si bien en el siglo XX se hicieron varias adaptaciones de las fábulas más clásicas y todos nos acordamos de la liebre y el conejo que compiten o del león y el ratón que acaban siendo amiguísimos del alma, surgieron nuevos animales con el simple objetivo de hacer leer a los niños. En los años cuarenta Curious George de Margret Rey y H. A. Rey, hizo su primera aparición, contando la historia de un mono que llega de África a la ciudad. La historia funciona muy bien para mostrar a los lectores algunas reglas que deben seguir en la ciudad pero también para enseñar algunas costumbres que se tienen, pues aunque George se mete en problemas siempre logra solucionarlo de una manera “civilizada”. La historia de los Rey sin duda cumple todos los aspectos de una fábula, desde sus personajes y el factor educativo. Pero más importantemente, muestran el control y el poder de occidente sobre África, pues George debe adaptarse a la forma de vida de los ingleses y dejar de ser “salvaje”.

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“El hombre del sombrero amarillo” es quien trajo a George a vivir a la ciudad.

Otro de los animales que llegó a las librerías a finales del siglo XX fue Willy, el tímido chimpancé del autor inglés Anthony Browne. Willy se enfrenta la vida como un niño. Pero este primate no es el único en la obra de Browne. Al contrario, sus libros están llenos de simios, gorilas y chimpancés. Anthony Brown nos dice por qué utiliza primates en sus historias:

Lo que más me gusta de los simios como personajes es su universalidad. Los simios sobre los que escribo son seres humanos en todo menos su apariencia; se comportan como personas, hablan como personas. Sin embargo, si los miras, son claramente animales disfrazados de gente. Las barreras entre animales y humanos no son tan definidas como nos gusta creer y la humanización de los simios en mis libros es en parte un intento de hacer más borrosa la distinción. Pero borra también otros límites. La universalidad de los simios asegura que todos los niños puedan identificarse con ellos, no sólo los de cierta edad, época o raza. Willy es un chimpancé y, por lo tanto, no se parece a ningún niño, pero en otros sentidos es como cualquier niño.

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El primer libro de Browne en el que apareció un gorila se llama Gorila.

Sin duda, los animales nos enseñan, nos transmiten y nos divierten. Como Anthony Browne lo dice: no somos tan diferentes a los animales. A los niños (y también a los adultos) nos funciona que las historias estén protagonizadas por animales, ya sea porque podemos depositar en ellos todos nuestros deseos, porque nos entendemos más de ese modo o porque es fácil identificarnos con ellos gracias a su universalidad. Esopo se dio cuenta de eso muy pronto, haciendo relatos universales de las fábulas que las nanas de la Edad Media, John Locke, Kipling y Browne han sabido retomar en su forma más simple: animales que nos enseñan. Algunos todavía como armas de control y poder, otros como una herramienta educativa. Y en este nuevo siglo, los animales parecen ser más libres en las historias sin tener que llegar a una moraleja o un aprendizaje, aunque casi siempre el mensaje ahí está de manera intrínseca. ¿Su gran ventaja? Al parecer, todos creemos que los animales pueden hablar y actuar como personas.

Una de las mejores cartas que he recibido fue de un niño que quería saber algo sobre Willy. Decía:

Querido Anthony Browne:

¿Willy es una persona real o lo inventaste tú?

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PARA LEER MÁS

Lorena Salcedo

Estudió una maestría en comunicación y terminó amando la literatura infantil, y no cualquiera, sino la que está llena de ilustraciones. Es glotona y siempre quiere pizza.

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