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Descuartizando a los muertos vivientes: o del porqué los zombis solían dar miedo

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Zombie Walk México 2011. Foto de Luis Montemayor.

No hay disfraz más económico que el de zombi. Solo necesitas ropa andrajosa, palidecerte la cara y salpicarte pintura roja para unirte a una horda de muertos vivientes como las que se concentran y marchan anualmente en distintas ciudades del mundo. Eso sí, no es un disfraz muy efectivo, ni original.

Hace rato que empezó lo que yo llamo el Apocalipsis Zombi Mediático. Ya invadieron la cultura popular y quieren comerse nuestros cerebros desde prácticamente todas nuestras pantallas; The Walking Dead, Plants vs. Zombies y Guerra Mundial Z son algunos ejemplos.

La histeria colectiva es tan grande que ya han surgido cientos de guías para sobrevivir el Apocalipsis zombie (algunas respaldadas por el gobierno de Estados Unidos y por Harvard), e incluso en febrero de 2016 llegará a la pantalla Orgullo, Prejuicio y Zombies (sí, hay una versión de la obra de Austen con no muertos). Pero esa misma fascinación malsana también le ha restado efectividad a este “monstruo” del cine y la televisión: hoy en día se ha convertido en el gordito de la clase sobre el que todos bromean, la botarga con la que todo el mundo quiere una foto. Su sobreexplotación le ha hecho perder el impacto que alguna vez tuvo, y ahora nadie sabe si reír o llorar con él. Pero antes de que supieran volar, correr, bailar y usar el metro, los zombis sí daban miedo. Es hora de descuartizarlos y mirarlos de cerca para entender qué los hace tan especiales y por qué se comenzaron a propagar tan infecciosamente en fechas recientes.

Curiosamente, a diferencia de los hombres lobo y los vampiros, los zombis no tienen un pasado en la literatura. De hecho, uno de los cuentos más “viejitos” en donde los podemos encontrar es La Isla Mágica, de William Seabrook, publicado en 1929 y con el cual se popularizó la palabra zombie en Estados Unidos. A partir de entonces, fue Hollywood quien comenzó a utilizarla en títulos de películas baratas de los treinta y cuarenta como King of the Zombies y White Zombie, con el célebre actor Bela Lugosi. La mayoría de estas películas ocurrían en Haití, hogar de la religión vudú y del concepto original del zombi: un muerto resucitado por un chamán para servir como esclavo.

Pero a pesar de sus raíces en el folclor haitiano y su boom cinematográfico durante estas épocas, los fans from hell del género de horror te dirán que el papá del zombi moderno es George Romero. Si no has visto La noche de los muertos vivientes (1968), probablemente pienses que es una película aburrida, a blanco y negro con efectos especiales malísimos. Y aunque es cierto que su presupuesto sí fue muy reducido, la importancia de esta cinta radica en el hecho de que ninguna otra había retratado a los zombis como los seres humanos comecarne, lentos y sanguinolentos que conocemos hoy en día. Es una película que volvió loca a la gente por los zombis, y desde entonces hay varios estudiosos tratando de descifrar qué quiere decir eso sobre nuestra cultura, sociedad y naturaleza humana. Sin embargo, La noche de los muertos vivientes es una pieza extraña, y hoy en día cuesta creer que todo el furor por los no muertos haya empezado ahí.

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Los zombis de George Romero bien pudieron pasar por los pacientes vivos de un sanatorio mental. The Night of the Living Dead, 1968.

Para empezar, las palabras zombi o muerto viviente nunca son mencionadas en la película de George Romero; la gente les llama “caníbales” y “asesinos”. Más aún, Romero se refería a ellos como demonios, y el título original de la cinta era La noche de Anubis, por la relación que tiene este dios de la mitología egipcia con el inframundo y la muerte (algo que sólo Romero sabía, desde luego, por lo que decidió cambiarlo por algo más llamativo y que sí entendiera la gente). En entrevistas posteriores, el cineasta admitió que para crear a sus monstruos se basó en las películas de zombis de los treinta y los cómics de Cuentos de la cripta. Y eran prácticamente idénticos al arquetipo religioso/haitiano del zombi clásico, solo que les añadió un apetito caníbal y un impulso a actuar impulsivamente. Sean lo que hayan sido en la cabeza de Romero, las criaturas que inventó son las mismas que hoy en día conocemos como zombis, aunque su maquillaje y caracterización no expresaban muy bien esa idea. Así que echemos un vistazo aún más de cerca.

DECONSTRUYENDO A LOS NO MUERTOS

Existe todo un campo de estudio llamado semiótica dedicado a analizar la manera en que los seres humanos y otros seres vivos interpretan estímulos para asignarles significado, codificarlos y lograr comunicarse. En ocasiones llamada “la ciencia de los signos”, la semiótica es una disciplina a la que se enfrentan estudiantes y filósofos de la comunicación, lenguaje, artes y literatura. Si bien se puede utilizar para hacer investigaciones bien densas que te pueden volar el cerebro, es mayormente aprovechada para hacer críticas literarias, análisis de películas, televisión, obras de arte, campañas publicitarias y sí, también sirve para explicar qué diablos es un zombi.

Un zombi es un símbolo cultural complejo. Es una criatura que en la mayoría de las obras de ficción no habla, por lo que solo puede valerse de su propio cuerpo para comunicarse.

James Siburt, académico de la Universidad de Alvernia, ha dedicado gran parte de su carrera a la semiótica y a indagar sobre este asunto, y una de sus investigaciones más importantes se titula nada más y nada menos que “El zombi como un signo y un símbolo”. Siburt hace un gran trabajo explicando cómo está construida nuestra idea mental de un zombi de acuerdo a sus varias representaciones en la cultura popular, pero para entender por qué es tan fascinante, nosotros debemos diseccionarlo en pedacitos y analizar las partes elementales que lo componen según la semiótica. Es una tarea un poco ardua, pero con suerte obtendremos conclusiones valiosas. Sin afán de complicarnos las cosas, déjenme (tratar de) explicarles qué es un signo y qué es un símbolo.

Un signo, de acuerdo a lo que decía el filósofo Charles Sanders Peirce, es “algo que, al conocerlo, nos hace conocer otra cosa”, o en otras palabras, es una cosa que representa a otra. Aunado a muchas otras propiedades de los signos, la que más nos importa aquí es la oposición binaria, la cual tiene que ver con cómo podemos entender un concepto en función de lo que no es. Solo piénsalo de esta forma: sabemos que el día es el día porque NO ES la noche; que arriba es arriba porque NO ES abajo, o bien, que la vida es la vida porque NO ES la muerte. Ahora, no olvides esto último porque será crucial para darnos cuenta de que el concepto de un zombi desafía toda lógica y sentido común.

Un símbolo, por otra parte, es un tipo de signo. Los signos pueden ser iconos, indicios y símbolos de acuerdo a qué tan parecidos son a la cosa que quieren representar. En este mismo orden, el signo más parecido a la cosa representada sería un icono y el menos semejante sería un símbolo. La siguiente ilustración puede ayudar a que se entienda mejor.

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Ilustración de Erick Yáñez.

Según Siburt, un zombi es un símbolo cultural complejo. Es una criatura que en la mayoría de las obras de ficción no habla, por lo que solo puede valerse de su propio cuerpo para comunicarse. Sabemos que es un cadáver putrefacto que acaba de salir de una tumba no porque nos lo diga, sino gracias a los signos que encontramos en su apariencia y comportamiento (ojeras, dientes podridos, andar estúpido, etcétera). Pero si ves a los zombis de Romero, podrías decir que parecen personas vivas, comunes y corrientes. Su caracterización es muy austera, y solo tienen indicios de muerte muy sutiles como unas gotitas de sangre por aquí y un poco de tierra por allá. Admitámoslo; tienen más de vivo que de muerto, y aquí cabría hacernos la pregunta, ¿por qué la gente empezó a llamarle zombis a estas criaturas si nunca se dice que lo son? ¿qué no más bien parecen personas vivas salidas de algún sanatorio?

Yo mismo me pregunto si hubiésemos sabido que eran muertos vivientes de no ser por el título de la película. Esos “monstruos” son solo humanos con heridas, miradas vacías y rostros pálidos; símbolos que por convención cultural relacionamos con la muerte, pero que no necesariamente indican que alguien está muerto (puede solo estar enfermo, o ser muy feo). Es decir… esas cosas caminan. Están vivas. Y si recordamos el principio de oposición binaria que mencionábamos antes, un objeto no puede encontrarse en dos estados opuestos al mismo tiempo. El término muerto viviente es una barbaridad contradictoria e irracional… ¡pero un momento! eso no significa que no podamos imaginar ese concepto. Un objeto puede ser al menos un signo, un símbolo de esta condición; una imagen de cómo sería alguien “muerto en vida”. Dicha metáfora sería una “antítesis”. Y en conclusión, un zombi no es la representación científica y real de cómo luciría un cadáver resucitado del más allá –obviamente-, sino tan solo una metáfora visual y artísticamente especulativa de lo que sería estar muerto en vida.

George Romero puso algunas pistas en su película para aclararnos que esa horda de gente desaliñada eran muertos vivientes. En las noticias escuchamos que “gente muerta está comenzando a resucitar por culpa de la radioactividad causada por la explosión de un satélite que iba a Venus” (un pretexto medio ridículo, por cierto). Y por supuesto, la primera escena de la película ocurre en un cementerio. De no haber incluido estos elementos, la audiencia probablemente no hubiera entendido que eran zombis, y bien nos pudimos quedar con otro de los títulos que se tenían pensados para la cinta: “La noche de los caníbales”.

EL VALLE INQUIETANTE

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Esta cosa sí que está muerta. The Walking Dead.

Los zombis modernos, a diferencia de los creados por George Romero, no tienen dificultades para demostrar que están muertos. Basta con mirar ese cadáver partido a la mitad de The Walking Dead para darnos cuenta que tiene más de muerto que de vivo. Los avances tecnológicos en efectos especiales han sofisticado las imágenes mentales que teníamos de los zombis para hacerlos ver aún más sanguinolentos y violentos, es decir, han adquirido indicios de muerte aún más reales y explícitos. Dejando de lado nuestro lenguaje metafórico, quizá la razón por la que se han vuelto tan populares es simplemente por nuestro miedo instintivo a la muerte. A diferencia de los vampiros sensuales de Twilight y los fantasmas ectoplásmicos de Insidious, los zombis son los únicos muertos vivientes que visualmente reflejan la muerte de la forma más cruda posible. Sus cuerpos en descomposición son un recordatorio de lo que nos espera a todos; son criaturas que alguna vez fueron humanas y que ahora han sido despojadas de su mente, su cuerpo y su vida.

Pero una de las explicaciones más fascinantes de por qué los zombis nos friquean proviene de una teoría conocida como “el valle inquietante” o bien, el uncanny valley en inglés, la cual fue formulada por el experto en robótica Masahiro Mori. La historia es más o menos así: a Mori le gustaba construir robots, y se dio cuenta de que mientras más humanos los hacía parecer, la gente se sentía menos familiarizada con ellos. Mori entonces hizo una gráfica en la que se mide qué tan humano luce un robot y cómo la gente reacciona ante el robot.

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Ilustración de Erick Yáñez.

Del lado izquierdo, encontramos brazos robóticos que no suscitan ninguna reacción. Si nos movemos a la derecha encontramos robots cada vez más humanizados y que nos agradan más; por ejemplo, Wall·e nos parece más adorable que R2D2 porque tiene manitas y ojitos con los cuales podemos empatizar. Pero de pronto, algo horrendo pasa. Justo antes de que el robot sea casi completamente humano, la gráfica cae hasta el cuadrante negativo. Si los robots comienzan a imitar demasiado bien a los humanos, se empiezan a ver… extraños y tenebrosos. De pronto estamos en el punto más bajo de la gráfica, rodeados de cadáveres y de zombies. Pero un poco más a la derecha, la línea de aceptación vuelve a subir hasta el punto en el que algo es 100% humano y nos sentimos cómodos otra vez.

El valle inquietante es el nombre de esa curva en el polo negativo de la gráfica; es ese sentimiento de repulsión que tenemos hacia las cosas que lucen casi, pero no del todo humanas. Es el punto en el que un robot, un maniquí o un títere se aproximan tanto a parecer humanos que de pronto comienzan a lucir como una simulación imperfecta que nos provoca miedo y repulsión. La explicación es muy sencilla: cuando algo claramente es no humano pero tiene sutiles características humanas, nos sentimos seguros. Pero cuando algo es casi humano, la más mínima imperfección se acentúa y hace que el robot se vea como un asesino invasor de cuerpos salido del infierno. Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con los zombis?

Puede ser que nuestros mecanismos de procesamiento normales no logran simpatizar con esos rostros, provocando ese efecto perturbador de querer entender una cara casi humana, pero se dan cuenta de que algo está mal (Stephanie Lay, Open University).

Investigadores como Stephanie Lay de la Open University han tratado de descubrir por qué los personajes de las películas de terror nos sacan tanto de onda, y una de las explicaciones más convincentes es que somos incapaces de procesar sus rostros usando mecanismos psicológicos normales. Stephanie realizó un experimento con 3,000 personas a quienes mostró imágenes de zombies, maniquís, robots y quiensabecuántas locuras más para medir qué tanto asustaban a la gente. Stephanie dice: “la gente está acostumbrada a ver y procesar rostros, pero ver una imagen misteriosa que mezcla características humanas con no humanas, como un zombie o un robot humanoide, es algo totalmente nuevo. Puede ser que nuestros mecanismos de procesamiento normales no logran simpatizar con esos rostros, provocando ese efecto perturbador de querer entender una cara casi humana, pero se dan cuenta de que algo está mal”.

Si no nos crees, ve este video

Stephanie también mostró animaciones de rostros de estatuas, muñecas y robots transformándose lentamente a rostros humanos, con tal de descubrir en qué punto lucían más tenebrosas, es decir, en qué momento caían al valle inquietante, y obtuvo resultados muy concluyentes: las caras semihumanas nos dan ñáñaras. Eso puede explicar por qué los payasos, las muñecas y los maniquís nos perturban, pero recordemos que los zombis sí son enteramente humanos… solo que son humanos muertos. Karl F. MacDorman de la Universidad de Indiana tiene otra teoría. En términos de mecanismos biológicos, evitar cadáveres es muy importante para no adquirir alguna infección que nos pueda matar. El estado más degradado de un humano real es la muerte, y los cadáveres (y zombis) se codean con los robots del valle inquietante porque estos últimos no son mas que humanoides inertes –muertos-, que lucen convincentemente vivos, pero… enfermos. Y ambos son horrendos.

Hasta aquí, logramos separar a los zombis en sus partes más elementales para lograr entenderlos como un símbolo cultural, y de paso nos dimos cuenta que somos tan evolutivamente estúpidos como para no saber qué hacer cuando vemos caras que medio parecen humanas. Pero aún nos falta responder una pregunta que, aunque tangencial a este artículo, no podemos dejar sin responder: ¿qué los ha hecho tan populares en estos días? En realidad, son los monstruos con los que mejor podemos empatizar porque no son más que la versión más degradada de nosotros mismos. Es un símbolo que puede servir para un montón de metáforas, pasando por el miedo a “ser del montón” y perder la individualidad, hasta el miedo a la guerra nuclear o las armas biológicas. Hoy en día el zombi se ha convertido en la materia prima perfecta para satirizar la condición humana, y no es de extrañarse que una gran parte de la ficción dedicada a los zombis tenga su buena dosis de humor negro, porque reírse de los zombis es reírse de nosotros mismos.

Carreras de zombis, gotcha de zombis, spin-offs, videojuegos, blogs, tips de supervivencia, convenciones, foros, fanfics y comunidades enteras se han formado alrededor de ellos porque su encanto radica en lo mucho que se parecen a nosotros. No tenemos que disfrazarnos y llenarnos de indicios de muerte para convertirnos en uno; basta con ir al trabajo cada mañana sin saber para qué y perderle el sentido a la vida para unirnos a una horda de descerebrados; basta con consumir periódicos de nota roja de la misma forma que un no muerto se regocija comiendo carne humana. Más aún, como dice Grahame-Smith, autor de Orgullo y Prejuicio y Zombies, “vivimos en una época en la que es muy fácil vivir atemorizado de todo… hay grupos de gente sin rostro que nos pueden hacer daño y con la que no podemos razonar. Los zombies son prácticamente su encarnación”. Y es verdad. todo el mundo sufre una especie de ansiedad apocalíptica, así que más vale que juguemos a que sobrevivimos mientras todavía sea divertido y nos podamos seguir burlando de los no muertos. De modo que la próxima vez que vayas a una carrera zombi, hazlo con suficiente maquillaje para que de verdad des miedo, y no pases como uno más del montón.

La noche de los muertos vivientes (1968) en todo su esplendor

PARA LEER MÁS

Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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