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El ciclo del héroe, sustrato mítico de Star Wars

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De acuerdo al American Film Institute, Star Wars (1977) está en el lugar 13º de las mejores películas de la historia.

Las vibrantes historias que conforman los primeros seis episodios de Star Wars fueron concebidas por George Lucas no sólo como narraciones cinematográficas que privilegian la acción y los efectos visuales, sino como tramas que reproducen la estructura del mito o “sueño colectivo” de la civilización humana. Además, sus variopintos personajes son representaciones de arquetipos antropológicos presentes en todas las culturas del mundo.

Tal perspectiva del legendario creador de Star Wars se debe, según sus propias palabras, a la influencia del antropólogo norteamericano Joseph Campbell (1904-1987) quien dedicó sus esfuerzos a estudiar las similitudes entre leyendas y creencias populares de distintas culturas, religiones y épocas. Campbell concluyó –como otros antropólogos estructuralistas– que existe una estructura subyacente idéntica entre las narraciones alrededor del mundo y que este andamiaje narrativo no es una invención artificiosa sino un “producto espontáneo de la psique”, lo cual describió en su obra inmortal El héroe de las mil caras (1949).

Mientras más parecido tenga una historia de ficción con aquellos elementos que conforman la estructura mítica de sueños y leyendas, mayor será la posibilidad de cautivar a un espectador de cualquier edad o nacionalidad, puesto que éste intuitivamente reconocerá los elementos presentes en dicha narración como parte sustancial de su memoria y su identidad. Los mitos construyen la personalidad humana. Nos narramos historias para explicarnos el origen de la especie, el sentido de la vida y el misterio del cosmos. Nuestro cerebro reconoce los patrones implícitos en una narración simbólica y legendaria. Pero ¿cuáles son esos elementos que contienen todos los mitos y leyendas?

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Una saga que ha recaudado más de 5.510 millones de dólares en todo el mundo no puede ser una historia improvisada. En Star Wars la narrativa literalmente está medida con regla.

Por una parte está la estructura dramática conformada por las tres etapas del ciclo del héroe: (1) la separación de su entorno o universo de origen, (2) la iniciación o camino de las pruebas que debe afrontar para aprender a sobrevivir, y (3) el retorno al hogar, donde enseñará aquello que aprendió. El otro aspecto es justamente la caracterización del personaje principal: el héroe, a quien Campbell define como “el hombre o la mujer capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales”. Es decir que, para la antropología cultural, cualquier persona puede ser heroica en tanto rompa con su entorno cotidiano, cruce el umbral que lo lleva a lugares desconocidos y regrese a su hogar en calidad de iniciado o profeta. Alrededor de estas dos constantes se agrupa un conjunto de arquetipos universales como la Magna Mater –la madre nutricia y protectora–, el Mensajero –quien comunica una misión a cumplir–, el Ayudante sobrenatural –quien da la clave para resolver un problema– o el Padre todopoderoso –quien engendra al héroe pero luego lo abandona a su suerte y con quien habrá de reconciliarse o de luchar. Estos elementos repetidos en todas las leyendas del mundo proceden de las imágenes inefables y caóticas de los sueños, es decir, del subconsciente; y constituyen una memoria común de los seres humanos o, en palabras de Campbell, un “sueño colectivo”.

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George Lucas se inspiró en el archienemigo de los Cuatro Fantásticos, Doctor Doom, para crear a Darth Vader.

El concepto de “fuerza” ocupa un lugar importantísimo en la saga de Star Wars que para Campbell deriva del llamado Ombligo del Mundo, sitio sagrado universal, fuente de toda la existencia y entidad generadora del bien y el mal. En el ombligo del mundo, lugar del nacimiento o del sepulcro del héroe, se producen por igual la fealdad y la belleza, el pecado y la virtud, el placer y el dolor:

Se percibe entonces la fuerza trascendente que vive en todos, que en todos es maravillosa y que merece nuestra profunda obediencia en forma absoluta. Campbell en El héroe de las mil caras.

Para Campbell, la fuerza  proporciona equilibrio al universo y le da la posibilidad de regeneración puesto que experimenta ciclos de vida y felicidad, luego de dolor y muerte; y nuevamente, de vida que renace. Así, la fuerza tiene un aspecto luminoso y otro oscuro, de forma natural e inevitable.

LAS DOS CARAS DEL HÉROE 

George Lucas dedicó una trilogía cinematográfica a cada uno de los aspectos de la fuerza. El primer conjunto de tres historias, el más antiguo y que nos embelesó a las generaciones de otros tiempos (Episodios IV, V y VI), está dedicado al héroe más tradicional, aquél que va de menos a más, de la ignorancia a la sabiduría detentando el lado positivo de la fuerza: Luke Skywalker recibe el “llamado a la aventura” por parte de Obi-Wan Kenobi y primero se niega a participar en el rescate de la princesa Leia, líder rebelde al Imperio Galáctico. Pero luego, cruza el umbral de lo desconocido cuando asesinan a sus tíos y recibe la ayuda sobrenatural de su mentor, el caballero Jedi, al aprender a controlar la fuerza que lo habita. Tras enfrentar innumerables pruebas, Luke ayuda a regenerar el orden cosmogónico, alterado por la amenaza del maléfico Imperio, reconstruyendo la idea de civilización y democracia en aquella galaxia muy, muy lejana.

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Obi-Wan y Luke Skywalker en Star Wars: Episodio VI – El Retorno del Jedi.

Sin embargo, la segunda trilogía (Episodios I, II y III), creada con el apoyo de la tecnología digital y dirigida a las nuevas generaciones, narra el ciclo del héroe que adopta el lado oscuro de la fuerza. Anakin Skywalker, a quien primero conocemos como un niño simpático, audaz y valeroso, capaz de albergar en su alma las emociones más sublimes –como el amor por su madre y la pasión por Padmé Amidala–, recorre un camino inverso, de la sabiduría inculcada por sus mentores Qui-Ghon Jinn y el joven Obi-Wan Kenobi hacia la ignorancia de la virtud y el desprecio de la ética Jedi. Anakin igualmente recibió un llamado a la aventura, fue partícipe de la ayuda sobrenatural, cruzó el umbral de lo desconocido y se enfrentó a innumerables pruebas. Tras su iniciación como caballero Jedi y luego de haber superado la mayoría de los obstáculos para restaurar el orden perdido en la República Intergaláctica, decidió cancelar su retorno al hogar. Ante la supuesta traición de su amada Padmé Amidala, quien ya llevaba en su vientre la semilla de la vida, Anakin decide cambiar el sentido de su pasión y trastocar la polaridad de la fuerza. Seducido por el lado oscuro y destrozado físicamente por sus antiguos aliados, Anakin se reconstruye artificialmente y renace, sólo que ahora como un antihéroe. Igualmente se trata de un “hombre que ha triunfado sobre sus limitaciones” cuya voluntad lo lleva a experimentar una perspectiva distinta pero igualmente poderosa de la fuerza. Transformado en Darth Vader, este antihéroe buscará otorgar equilibrio a la galaxia… Muy a su manera.

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Parte del terror que infunde Darth Vader es que no podemos ver su ” verdadero” rostro; es más máquina que hombre.

Ambos aspectos de la fuerza son parte del orden universal. El bien y el mal permiten la alternancia de las energías cósmicas y son necesarios para establecer el ciclo de la vida. El héroe no sólo es el paladín de la justicia, también es heroico –desde el punto de vista metafísico– quien acepta ejecutar el dictamen de la maldad, haciendo frente a las consecuencias de su acción. En este caso se convierte en un héroe trágico, pero héroe al fin como el rey Edipo o la hechicera Medea. En las culturas mesoamericanas esta oposición axiológica estaba encarnada en el enfrentamiento cíclico de Tezcaltipoca y Quetzalcóatl, deidades de la oscuridad y de la luz respectivamente, cuya existencia aislada no tenía sentido; se trataba de una diada complementaria, de dos aspectos de una misma divinidad que recibían por igual culto y admiración. En el contexto judeocristiano, la trasgresión cosmogónica de Luzbel, el ángel caído que seduce a la humanidad, origina la necesidad de un redentor que luego aparece en la figura de Jesucristo; sin la maldad demoniaca no se justificaría el sacrificio del Cordero pascual. El mito da cabida a los opuestos, su naturaleza es terrorífica y apacible a la vez.  

Lucas visualizó en la epopeya fílmica de Star Wars el conflicto inmemorial que da origen a la vida. Sus personajes, que visualizan arquetipos universales, se introducen en lo profundo del cerebro humano y hacen contacto con el océano del subconsciente. Así, se articula una nueva versión del mito y se actualizan los terrores y placeres, las alegrías y los dolores de la humanidad. Más allá de la mercadotecnia y las estrategias de publicidad, se puede explicar el poder de convocatoria de Star Wars y el fanatismo que desató el estreno de su séptimo episodio. Los argumentos que parten de una estructura mítica y onírica aderezada con los adelantos de la tecnología cinematográfica siempre cosecharán la atención del gran público.

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Armín Gomez

Catedrático del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Ciudad de México. Autor de “Ancestrales hechizos de amor” (Ediciones del Ermitaño) y “El hipogrifo teatral, historiografía y teoría teatral”.

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