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El diablo como personaje; psicología de su atractivo. Parte 2

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Los bailes de “El Rey” fueron catalogados como “satánicos” gracias a sus movimientos de pelvis, una alusión al sexo según los cristianos persignados.

"El diablo" no sólo es un personaje mítico y literario, siempre ha permeado la burla, la habilidad del genio, la música y la sexualidad.

Es importante aclarar que no todos los actos perversos son criminales, la característica es hacer de su voluntad la ley y por ello creer que son los objetos de goce de los demás. En caso contrario el sujeto neurótico, es decir, el sujeto común que sí pasa por proceso del “complejo de castración”, es el individuo parlante que socializa y se inscribe en la cultura, este sujeto tiene deseos perversos que son reprimidos, sin embargo esos deseos se ven parcialmente resueltos al sublimarse, es decir al vivirse fantásticamente a través de personajes que ocupan este lugar. 

Bajo estos conceptos podemos pensar en dos formas, la fascinación por el mal y los antihéroes que son objeto de identificaciones y proyecciones por un público que reprime esos deseos. Y la personalidad del mal, del perverso diablo, es la de un sujeto que no conoce del amor maternal, por lo que no sabe amar y que envidia a Dios, al amo, y que con ello pretende ser un dios en oposición, y que realiza parodias de los mandatos de la autoridad divina.

“El diablo” es un sujeto que no tiene madre, pero que habita ua hogar al que fue arrojado, ese hogar es el infierno. Si observamos el infierno mitológico, en especial el Dantesco, es un útero de displacer, de sufrimiento, una inversión del útero materno que brinda placer, seguridad y confort. Este lugar enclavado en las profundidades de la “madre tierra” es totalmente opuesto, un eterno castigo para quienes lo habitan, una labor paródica del disfrute teológico de la gloria y una justicia para los que hacen mal. Se concibe como la casa de las perversiones dónde el máximo placer es el sufrimiento en el cual “El diablo” es el encargado de brindar penitencia eterna.  

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Para la mitología judeo-cristiana fuimos arrojados del paraíso por la “travesura” diabólica, el móvil fue la envidia, pero también la desobediencia, el pecado: el conocimiento del bien y del mal. Desde este aspecto el conocimiento y la rebeldía han sido un motivo de sospecha diabólica para los grupos conservadores: grandes habilidades, bellezas o capacidades han sido consideradas como diabólicas.

Desde el ocultismo de la alquimia, y por ende su clandestinidad la ciencia ha tenido su elemento diabólico.

En las artes, en especial la seductora música, esa que hipnotiza y nos transforma en el goce contemplativo ha vivido la sospecha. Artistas como Nicolo Pagannini fueron objeto de acusaciones de pactos diabólicos; envidiosamente se pensaba que por esa causa tienen esas facultades extraordinarias. 

Por otra parte, las religiones africanas, sus ritos y el prejuicio a la “negritud” no son la excepción, un ejemplo es el origen del blues como esa música emergente de esclavos negros con elementos occidentales que se le ha considerado pecaminoso, al menos. Robert Johnson, la leyenda de la guitarra del blues, aprovechó esta circunstancia para sugerir en su canción “Crossroads” que en un cruce de camino encontró al diablo y que cambió su alma por el poder de la música.

Robert Johnson

Es un sinónimo de rebeldía cualquiera manifestación del rock en los tiempos contemporáneos, tal pareciera que este es el significante del rock que se remanifiesta en diversos contextos y con distintas formas de sublevación. Esta rebeldía ha tenido un origen en los malditos, desde sus tiempos originarios.

EL DIABLO EN EL ROCK

Así pues, dentro de los derivados del blues (rock, sic.) la figura del diablo siempre ha sido una sombra que se presenta al margen de los contenidos. La presencia de la música y su relación con el sujeto está vinculada con “el mito” : “lo crudo y lo cocido” de las mitologías siguen una estructura de temporalidad circular tal como una estructura musical. En nuestro mundo, siendo creyente o no, la moral cristiana funge como un amo que dicta una “Ley Universal” y que ha encontrado escabroso el tema de la música por su ambivalencia a natura: dice sin decir.

Mientras una canción eclesiástica alentaba a la sumisión al señor y sus mandamientos, al mismo tiempo sus cadencias y formas podían sembrar la duda; desde esta postura en el folclore popular el maligno y la musa danzan tomados de la mano: ebriedad, lujuria y placer en contraposición de alegría, sensualidad y música. El proceso sincrético siempre ha acompañado a la música, así la música sacra tiene sus orígenes en las artes paganas de la Europa antigua; de la misma forma el rock tiene un contenido en su evolución cargado de sensualidad y sexualidad. Estos elementos eróticos provenien de los pulsantes ritos africanos en donde la separación de cuerpo y alma (véase por lo tanto sexualidad) son parte de un todo místico. En ambos casos es congruente, ante los ojos cristianos los restos antiguos cargados de necromancia, sensualidad, magia y superstición se encuentran  en la historia antigua y se conjugan de forma natural en el rebelde ritmo del rock, el juguete favorito de “El diablo”.

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Así desde la primera razón del siglo veinte el jazz se convierte en la cámara de Satanás en donde transcurren las posibilidades trasgresoras de la prehistoria, “pues desata pasiones pecaminosas” sobre la gente blanca.

Así el temor del negro que puede ser deseado por la mujer blanca como origen de un racismo celoso encuentra lugar en los contextos del jazz. Este fue entonces la razón real para que los llamados existencialistas (beatniks) expandieran sus ideologías al abanderamiento del jazz.

El volumen  es un agregado de la tecnología que el rock trasciende en el jazz, volumen que es considerado demoniaco por su característica antinatura. Pero más que el jazz o el soul, la característica de rebelión radica en el blues, canciones como  “me and the devil” , o “route 66” plagadas de metáforas sobre libertad sexual se adoptan a la metáfora del diablo. Vender el alma a cambio de fama es parte de la mitología de rock como herencia maldita.

En ciertas naturalezas el sonido y sin significado tiene un excitante efecto casi intoxicante, como colores y perfumes fuertes, la visión de la carne o el sádico placer de la sangre. Para tales naturalezas la música de jazz es una delicia…(Stanley Both).

El rock tiene una deuda con los Beatles o Elvis Presley y sus empresarios en cuanto a su expansión y popularidad, sin embargo, es su satanización quien la hace sólida, pues es en sí una amenaza al poder establecido y es metaforizado como rebeldia juvenil y fractura generacional. Elvis en cuanto a la negritud sexuada encarnada en la satánica posesión de un cuerpo joven y anglosajón (en apariencia) y los Beatles, por su popularidad creadora y en su ultima etapa por sus relaciones simbólicas con la cultura del acido.

Aún así los Beatles eran unos rebeldes encausados en comparación de los Rolling Stones, que representan lo callejero y pecaminoso de lo urbano, sus satánicas majestades cuya sensualidad cruda y vulgar se convertían entonces en un vehículo luciferino. Esta consagración se realiza en 1969 en el concierto de Altamont, mientras un “Black Panter” es asesinado por los “Hells Angels” quienes fueron contratados como seguridad (los significantes en los motes de las pandillas no son casualidad). Mientras se tocaba la canción “Sympathy for the devil” el crimen se cometía, quedó claro que el sueño de paz y amor que había regido como ideal supremo de la generación de los 60 acababa de irse al carajo.

Almont 1969

Se les metió “El diablo” a los “Hells Angels” en un concierto durante la primavera hippie.

Parece que ha partir de este momento lo oculto, lo prohibido, lo renuente a la moral es lo atractivo del rock, en el canta el diablo del goce. En su rebeldia y en nuestro freno moral se encuentra su atractivo como personaje.

PARA LEER MÁS

  • Teoría del infierno y otros ensayos, de Salvador Elizondo, 1992.
  •  Lo demoniaco. Psicología de sus manifestaciones, Hernando Flóres Arzayús, 2000.
  •  “Totem y tabú”. Obras Completas. Tomo XIII, de Sigmund Freud, 1984. 

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