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Estudiar el anime, ¿para qué?

RED IBEROAMERICANA DE INVESTIGADORES DE ANIME Y MANGA

Rolando José Rodríguez De León (Panamá, 1967). Doctor en Comunicación Audiovisual y Publicidad por la Universidad Complutense de Madrid y Magister en Síntesis de Imágenes y Animación por Ordenador de la Universitat de les Illes Balears. Profesor investigador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá.

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Mazinger Z (1972 -1974), mango que marcaría las reglas para el género mecha en la ciencia ficción: robots tripulados por personas.

¿Cuándo inicia el anime? Esta pregunta, que parece sencilla esconde dentro de sí otras interrogantes. Desde un punto de vista egocéntrico, se podría pensar que el anime comienza para cada uno de sus espectadores, en el momento que lo ve por vez primera y a partir de ahí se convierte en seguidor incondicional de esta forma de arte en movimiento. Pueden ser sus diversas narrativas, los diseños de personajes y lugares o la identificación a nivel personal con el protagonista o antagonista, lo que capta su fidelidad. El anime podría haber comenzado con One punch, Candy Candy (1976), Mazinger Z (1972) y para algunos pocos con Astro Boy (1963).

astroboy

Pero, ¿qué se considera anime? ¿Son las series de televisión o se incluyen también las películas? Si se decide que el anime surge a partir de las series de televisión se podría aceptar el año de 1963, cuando Osamu Tezuka dio el salto cualitativo del manga a la televisión con la serie Tetsuwan atom –Astro Boy, 1963–, aunque algunos académicos y estudiosos dirán que fue a raíz de la primera serialización Otogi manga calendar –Historia instantánea, en 1962. Sus episodios no solo incluían animación, sino también pietaje real y tenían una duración de tres minutos.

No obstante, aceptar la validez de esta proposición implica negar a grandes creadores antes de dicha fecha, nombres como Noburo Ofuji, Hekoten Shimokawa, Seitaro Kitayama, Mitsuyo Seo o Kenso Masaoka, entre otros. Aunque son desconocidos para muchos, estos pioneros autodidactas realizaron las primeras animaciones japonesas, imaginando y creando con la poca diversidad de materiales existentes. En talleres propios o con productoras de cine desarrollaron la animación cuya influencia llega hasta nuestros días; tan es así que recientemente se ha restaurado el primer largometraje del cine japonés de animación, Momotaro umi-no-shimpeiMomotaro y el divino ejército del océano–, 1944.

"Momotaro y el divino ejército del océano" (1944)

Las creaciones de estos precursores se alejan mucho de la animación contemporánea, en su mayoría son historias de leyendas nacionales o internacionales, filmadas en blanco y negro, mudas o narradas por un benshi (narrador de películas mudas en Japón), quien explicaba las acciones o ponía voz a los personajes principales, dependiendo de la época. Aunque hubo pérdidas, las animaciones que llegaron hasta hoy sirvieron de inspiración para que se hicieran historias en cine y después para la televisión.

La historia de la animación es similar a nivel internacional, personas que son fascinadas por los movimientos de un objeto o animales antropomorfizados, que llegan a dedicar la vida entera a este arte. Es el caso de Tezuka, quien veía decenas de veces las películas animadas nacionales y extranjeras, y se quedaba dentro de las salas de cine dibujando los personajes que pasaban por la pantalla. La abundante producción tiene que ver también con la relación Sempai-kohai, que podríamos simplificar como tutor-aprendiz, es decir, que permitía que los conocimientos adquiridos con sudor y lágrimas pasaran al relevo de forma menos traumática a otros.

tezuka

Osuma Tezuka (1928 – 1989), se le conoce como “el dios del manga”.

Las creaciones japonesas de la preguerra son poco conocidas entre los fanáticos. Evidentemente el color, las animaciones digitales 2D y 3D, las fábulas y la gran cantidad de opciones en comparación con los trabajos de la primera mitad del siglo XX, generan que estas no sean atractivas para los televidentes. El estudio de dichas producciones descansa en académicos e investigadores. Las técnicas utilizadas, las influencias personales, estatales, las formas de trabajo y la acogida de las animaciones en el momento que se presentaron, son parte del estudio formal de estos precursores. Esa formalidad ha comenzado a infiltrarse en Latinoamérica, a pesar de estar en desventaja temporal con en países como EE.UU, Italia, Francia o España donde la bibliografía y los cursos universitarios se han convertido en algo común en nuestros días llegando incluso a publicar revistas académicas especializadas en anime y manga como Mechademia.

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Latinoamérica enfrenta los problemas que ya han superado en cierta forma otros países: la desidia de financiar investigación en cultura, el poco interés en el producto audiovisual y diferencias absurdas sobre los temas a tratar, hasta llegar al colmo de pensar que quién en su sano juicio estudia los “dibujitos chinos” que aparecen en televisión. Sin embargo, cada vez más personas de diferentes profesiones se adentran en el mundo animado para dar luces sobre sus significados sociológicos, psicológicos o culturales, entre otros. El estudio del audiovisual permite adentrarse en la sociedad y pensamiento de los japoneses, como forma de comprensión de un pueblo cuya cultura es considerada diametralmente diferente a la occidental; pero todavía son pocos los centros de estudios superiores que aprovechan el filón que representa esta rama de la cultura popular japonesa en Latinoamérica. En España, por ejemplo, la Universidad Pompeu Fabra tuvo un posgrado en Cines Asiáticos; la Universitat Oberta de Catalunya tenía un curso de verano llamado Japan pop: La cultura japonesa de masas. Manga, anime y más; y la Universidad de Granada, Animación Japonesa: Historia, estética y proceso de producción, todos llevados a cabo por fanáticos que elevaron su hobby a niveles académicos.

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Y luego estudiar hasta que bailes así.

Los amantes latinoamericanos de este arte que deseamos que su estudio ingrese a nuestras universidades debemos recordar que el cine lo hizo gracias al estudio concienzudo de su génesis y de los mejores exponentes de la pantalla de plata. Además, utilizar libros como Reading a Japanese Film, Cinema in context de Keiko McDonald, A new History of Japanese cinema, A century of narrative film de Isolde Standish, por mencionar dos, para desarrollar textos académicos que sirvan a profesores para impartir los estudios sobre anime y manga. Es preciso imaginar otros medios para dotarlo de formalidad, ya que una vez que comience a enseñarse, la fascinación no será solo por las nuevas creaciones, sino por todos los que se dispusieron a trabajar en lo que les gustaba, a pesar de las dificultades.

PARA LEER MÁS

  • (En inglés). The Anime Encyclopedia, 3rd Revised Edition: A Century of Japanese Animation, de  Jonathan Clements y Helen McCarthy. 
  • El cine de animación en Japón (1917 – 1967) de Rolando José Rodríguez De León, 2006.

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