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Frankenstein: el monstruo que somos

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Frankenstein (1931). En 2004 The New York Times incluyó el filme en las 1000 mejores películas de la historia.

“Desde sus primeras manifestaciones míticas, la creación de autómatas y simulacros de lo humano tiene profundas raíces en la búsqueda de los hombres para allanar el camino hacia la autoconciencia mediante una rebelión contra la omnipotencia y la crueldad asesina de la divinidad: en buena medida el androide es, además de espejo cóncavo, juguete del niño moderno que remedia en su ficción de vida automática su angustia de separación del padre.” (El legado de los monstruos. Tratado sobre el miedo y lo terrible, Ignacio Padilla).

Nunca había escuchado una metáfora de Frankenstein con un espejo cóncavo, me fascinó. Los espejos cóncavos son esos espejos que usan los dentistas para verte las caries antes de que escuches el maldito ruido de la fresa penetrar en tus dientes hasta tu cerebro, que más que quitarte las caries te quita dos que tres neuronas con las cuales ya contabas para después. Nacho Padilla tiene razón cuando dice que los autómatas son una forma de hacernos más fácil nuestra exploración de la autoconciencia, o como me gusta pensarlo: el alma.

Los autómatas nos “facilitan” el cómo conocernos a nosotros mismos, pues en cada invento robótico, androide, clonación o “monstruo” como la creación del Dr. Victor Frankenstein, estamos proyectándonos en todo el sentido de la palabra; no sólo como creadores, sino también como seres que fueron creados y que necesitan verse a sí mismos, tal y como funciona un espejo. De ahí la relación con el espejo cóncavo, ya que los objetos en él se amplifican, aunque algunas veces, mejor dicho muchas, el reflejo de la amplificación es borroso, deforme, incierto y hasta terrible.

Así pasa cuando el hombre, con todo y sus creaciones muy tecnológicas tratando de conocerse a sí mismo, no observa mas que un reflejo amorfo de lo que es sin poder distinguir absolutamente nada. O como me gusta pensarlo a mí, el reflejo borroso, deforme, incierto y hasta terrible es lo que realmente eres sin importar que creas que la imagen que viene del espejo cóncavo es una mentira. ¿Que pasaría si en realidad el espejo cóncavo, más que reflejar el cuerpo, reflejara el alma? ¿Qué tal si en el fondo en verdad somos tan horribles como nuestras creaciones porque nos proyectan lo terrible que somos? ¿Quién será el verdadero monstruo, Frankenstein o su creador?

Es así como llegamos a otra película inspirada en Frankenstein (1818) de Mary Shelley: Victor Frankenstein (Paul McGuigan, 2015) que basa la historia en un Igor –spoiler alert: inexistente en la novela– interpretado por el mago más famoso de nuestra era, Daniel Radcliffe, y con James McAvoy como Victor Von Frankenstein. Les platicaré lo poco que sé de Victor Frankenstein:

Tráiler "Victor Frankenstein" (2015)

La película cae en los lugares comunes como una creación violenta, pendeja y vengativa de un científico loco. Para hacerme entender mejor: son como las películas de Sherlock Holmes del famoso ironman en vida, dejan para nunca lo más importante de las obras literarias, como el suspenso, las discusiones entre personajes y sobre todo la sensibilidad de los mismos, lo profundos que son; y en el caso de Frankenstein de Mary Shelley, denosta una de las creaciones más importantes y famosas en el mundo de la literatura, también considerada la primera obra de ciencia ficción. El “monstruo” repugnante de Shelley tiene una sensibilidad que horroriza gracias a las verdades que encarna, y su “fealdad” y “horror” provienen paradójicamente de la belleza del personaje, así es, de la belleza y la brutalidad de su autoconciencia, ¿no me creen? 

Es posible que todo hombre”, dijo, “encuentre una compañera para su alma, y que toda bestia tenga su pareja, y que en cambio yo esté solo. Tuve sentimientos de cariño, que sólo recibieron odio y asco a cambio. ¡Hombre, tú puedes odiarme, pero ten cuidado! Pasarás tus días sumido en el medio y la desgracia, y pronto caerá el rayo que te arrebatará la felicidad para siempre. ¿Pretendes ser feliz mientras yo me arrastro en una profunda desdicha? . . . Puede que muera, pero antes tú, mi tirano y mi tormento, maldecirás el sol sobre tu miserable existencia (Frankenstein 186).

La creación del Dr. Victor Frankenstein, sin nombre propio que le diese personalidad y habitante de un cuerpo fragmentado el cual no pasó por la infancia, adolescencia y juventud es una triste, extraña y miserable criatura que simplemente nació de la noche a la mañana como una víctima de un experimento, pues él nunca pidió ser creado. La criatura que Mary Shelley dibuja en la obra de 1818 es un recordatorio de cómo nos hace sentir el haber sido tirados y creados en este mundo sin haberlo pedido; ya sea por Dios o por quienes ustedes quieran y crean, pues vivir será increíble pero no cabe duda que tiene sus malos momentos. Y con esto no quiero ser fatalista y decir que la vida no vale nada y que comienza siempre llorando y que llorando siempre se acaba, no, para nada.

Mi punto es que la creación del Dr. Frankenstein encarna el alma del ser humano, el cuerpo del experimento literalmente está a flor de piel, es un alma que puede hablar con la boca infestada de verdad. Por eso, el “monstruo” de Shelley es una explicación sobre nosotros mismos para decirnos de dónde venimos, cómo somos y qué sentimos al estar en el mundo, pero como todo experimento, para adentrarnos en nuestra autoconciencia, que en el caso de la obra de Shelley es una prueba muy exitosa. El “monstruo” nos hace darnos cuenta de lo monstruosos que somos, pues en este caso, si pensáramos en el “monstruo” del Dr. Frankenstein como un reflejo de nosotros en un espejo cóncavo, deforme y espantoso, podemos decir que la refracción en sí es una imagen fiel de nosotros, no de nuestro cuerpo claro, sino de nuestra alma. Y eso nos duele hasta causarnos pánico.

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Después de Frankenstein (1931) se realizó una secuela titulada La novia de Frankenstein (1935). En 2008 la revista Empire catalogó a  La novia de Frankenstein en el puesto 204 dentro de las mejores 500 películas de todos los tiempos.

Es así como lo verdaderamente terrorífico en Frankenstein es que el “monstruo” traspasa las barreras de lo humano, ya que no necesitó tres ojos, dientes gigantes, vestirse de payaso asesino o vomitar en nombre de los dioses para causarnos miedo y asco. Lo único de lo que se valió fue el ser más humano que su propio creador, valga la re(bus)nancia de lo que diré: más humano que los humanos encarnado un alma en vida. Y eso sí que es terrorífico hasta la muerte. El alma sin duda es espantosa. 

Cuando una de nuestras creaciones nos escupe en la cara, y es más humano que el propio humano, nos hace sentir nostálgicos como en el caso del famoso Terminator o simplemente devastados como la creación del Dr. Frankenstein. No somos capaces de soportar que alguien es mejor y menos si es una creación que vino de nosotros, es algo que nos causa repulsión hacia nuestro Ser, casi queremos tragarnos las tripas de la panza cuando lo escuchamos. Lo terrorífico en la novela de Shelley no es más que la presencia de un alma errante, sufrida y desesperada por el mundo que lo rodea, que más que causarnos miedo nos hace sentir dolor, un dolor que hemos tenido desde que nacimos.

No hay peor dolor que el indagar en nuestra autoconciencia para explorarla y saber que lo único que hay en el fondo es un humano terrible ahí en lo oscuro, llámase alma o como ustedes quieran, donde nadie, ni tú, ni yo, ni mente alguna han puesto pie. ¿Te atreverías a reflejarte en un espejo cóncavo y saber cómo eres en realidad?

PARA LEER MÁS

  • (En inglés). Entertainment Weekly, p42-42, de Anthony Breznican, 7/10/2015.
  • (En inglés). “Gothic Fiction and Folk-Narrative Structure: The Case of Mary Shelley’s Frankenstein”, de Aguirre, M, 2013.
  • (En inglés). “Why Did Mary Shelley Write Frankenstein?” Journal Of Religion & Health 45.3 (2006): 419-439, de Badalamenti, Anthony F.
  • El legado de los monstruos. Tratado sobre el miedo y lo terrible, Ignacio Padilla, 2013.

Luis Mario Reyes

Soy zurdo y tengo el pie plano. A veces no puedo aprender nada, y eso me gusta. Editor en jefe de Libertimento y maestro de primaria retirado.

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