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“Juego de tronos” y “El señor de los anillos”. Cuando el invierno nos cae a todos

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¿Por cuál bando se rifarían la vida?

Un brillo verde toma por completo la pantalla. La cámara sigue el torrente aparentemente infinito del jade fantasmal que va destruyendo todo a su paso. En una sola escena, contra todo pronóstico y en absoluta desventaja, los protagonistas eliminan en un solo golpe a –todos– sus enemigos.

¿The Return of the King (2003) o The Winds of Winter (2016)?  Las similitudes entre El Señor de los Anillos y Canción de hielo y fuego no terminan ahí. Ambas sagas han sido exitosamente adaptadas audiovisualmente. Ambas han penetrado en la cultura popular. Ambas fueron escritas por un doble “J” o “G” R.R. “algo”. Bien jugado, mercadólogos. Ambas pertenecen, definitivamente, al género fantástico –y, me adelanto, a la fantasía épica–. Pero, propongo, veamos más de cerca las similitudes y diferencias. 

No será la primera vez que alguien compare y contraste las obras de Tolkien y Martin. Aunque el contraste de sus respectivas adaptaciones, de Jackson por un lado y de la dupla fantástica Benioff y Weiss por el otro, sea menos común. Juntar estas cuatro obras en un solo análisis resulta interesante a la luz de dos elementos fundamentales en ambas narrativas: la fantasía o, mejor dicho, lo fantástico y el poder.

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“Winter is coming”.

Empecemos por algunas aclaraciones. En estricto sentido tanto Lord of the Rings como A song of ice and fire pertenecen a un género llamado “fantasía épica”.  El término nos sirve para distinguir este tipo de fantasía con, digamos, Harry Potter (2001) o -Thor nos libre- Crepúsculo (2008), ya que ambas historias conllevan elementos heroicos cuyos conflictos sobrepasan la totalidad de un mundo fantástico dado. Digo que es importante aclararlo porque mi primera propuesta es que estas obras son el comienzo y el final de una tradición literaria concreta. Tolkien la inicia a mediados del siglo XX, mientras que Martin la cierra –por mucho que se tarde nuestro Santa Claus maligno– en la primera mitad del siglo XXI. 

¿En qué consiste esta tradición literaria? [me alegra que lo preguntes Sam, cualquiera de los dos Sams]. Primero, son obras primordialmente anglosajonas; la materia prima de Tolkien fueron los mitos y cuentos de hadas del Reino Unido. Su misión fue crear una mitología para el Reino Unido. El resultado excedió sus proyecciones. Casi tanto como la mitología griega, romantizada en el Renacimiento, el Romanticismo y recientemente, la mitología de Tolkien superó las barreras geográficas; su genio no fue el de crear un mito global sino de abrir la puerta para la creación de muchos mitos locales.

Por otra parte, 42 años más tarde, el norteamericano George Martin tomó prestado la Guerra de las Rosas, y algunas otras cosas más, como punto de partida para la saga de Juego de tronos. La Guerra de las Rosas es uno de los eventos determinantes de la historia de Gran Bretaña, de ese conflicto salieron los Tudor –esa otra serie en la que todos salen desnudos todo el tiempo, incluyendo a Queen Margery, digo Natalie Dormer– de la que desciende la actual reina Elizabeth II de Inglaterra y Canadá.

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La reina Elizabeth II.

Los eventos son fundamentales para entender el sentido de lo fantástico en ambas sagas. Por un lado, Tolkien toma elementos fantásticos de la tradición anglosajona y les da un tratamiento erudito. Transforma la cultura popular en un compendio coherente y cohesivo: ordena los dioses y las razas, les otorga lenguajes y costumbre propias, inventa un mito que precede a la Gran Bretaña no mágica. La saga de El señor de los anillos es la historia del final de la tercera edad que daría paso a una cuarta edad donde solo los Humanos quedarían. Es decir, Tolkien creó el cuento más grande del mundo para explicarle a sus hijos –todos somos hijos del señor–, por qué ya no existen los elfos, ni la magia, ni los hobbits, ni los dragones en la tierra. 

Por otro lado, Martin toma un evento histórico, complicado por excelencia, y le dio un tratamiento popular. Es decir, dividió el conflicto en facciones perfectamente identificables, [nadie podía distinguir a un Lancaster de un York, pero no se te ocurra confundir a un Lannister con un Stark porque habrá dos o tres Godínez esperándote para apuñalarte por traidor a la hora de la comida], y aprovechó la intriga y complejidad política para armar una historia catártica. Pero Martin se topó con un problema, la Guerra de las Rosas no tuvo un final satisfactorio, no hubo clímax. Nada. Pum. Así que necesitaba darle un giro interesante. ¿Qué tal, –me imagino que se lo preguntó un día fumando pipa– que justo cuando van a ganar los York regresan los Vikingos y matan a todos? Es decir, Martin está contando el cuento más grande del mundo para hacer más interesante la historia de Inglaterra. 

CONTINÚA ABAJO…

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Son dos direcciones contrarias que conllevan, por lo mismo, implicaciones contrarias sobre el Poder y sobre lo Fantástico.

En una de las escenas más interesantes de la televisión Little Finger y Cersei Lannister entablan una discusión sobre la filosofía del poder. Uno aboga –muy millennial– que la información es poder, la otra le demuestra que el poder es –muy en el sentido clásico– tener la capacidad de obligar. Esta misma discusión, aunque mucho más velada, se presenta en el Concilio de Elrond –aja, ésa de donde han sacado millones de memes– cuando discuten qué hacer con el anillo. Para salvarse de la destrucción absoluta y de lo sobrenatural, en Tolkien deciden eliminar el poder mágico; en Martin intentan amasar todo el posible, llámense dragones o espadas de fuego.

De tal forma; por un lado, El señor de los anillos inicia con un conflicto meramente fantástico, se resuelve gracias a maniobras políticas: el Concilio de Elrond, la alianza entre las razas libres, los nuevos gobiernos de Isengard y Gondor… etc.  Por el otro, Canción de hielo y fuego comienza con una intriga política: la muerte de la mano del rey y posteriormente el asesinato del mismo Rober Baratheon; todo parece apuntar a que terminará en una batalla de poderes sobrenaturales.

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Meme de concilio de Elrond.

¿Por qué digo entonces que El señor de los anillos y Canción de hielo y fuego son el inicio y el final de la fantasía épica? Bueno, ambas historias resonaron, por muchos motivos, con el público general. La cultura popular aceptó con los brazos abiertos la adaptación de Jackson en la primera década del siglo XXI y lo mismo y tal vez con mayor dispersión demográfica, la producción de Benioff y Weiss en HBO en la segunda década. Este elemento es fundamental porque resuenan con la idea de que la épica es una historia popular. Algo que es conocido por todos, la historia del origen de un pueblo.

Y que este pueblo sea un imaginario colectivo propiciado por el Internet, formado por los que ni ven el show, fans casuales, fangirls y fanboys, y gente que incluso saltó de la serie a las novelas, es lo de menos. Este es el mismo pueblo que se retuerce de dolor por los mismos eventos, que hace referencias en su vida cotidiana, que ha aceptado como factual una historia que reconoce fantástica. 

Le tomó al mundo unos 60 años aceptar dos historias como las “grandes historias”, las “verdaderas fantásticas”. Después de Tolkien, todo lo que se generó en la épica está inspirado en El señor de los anillosdesde Dungeons and Dragons hasta World of Warcraft. Y todo lo que venga después de Martin estará inspirado por Canción de hielo y fuego, desde la nueva serie de SyFy que no pegará hasta los juegos episódicos como los de Telltale

Todo lo que se ha hecho entre este tiempo, y lo que venga, serán mutaciones mínimas de Tolkien y Martin, desviaciones sorpresivas, pero no hay ninguna otra ruta. En la línea del poder ya todo fue explorado y trabajado en su máxima expresión. O la magia desaparece y es necesaria la política para manejar el poder, o para resolver lo político es necesario lo fantástico para manejar el poder.  Los puntos intermedios –hay millones de novelas, juegos, series, etc.– no resonaron y no resonarán como lo hicieron Tolkien y Martin. 

Valar Morhulis también aplica para los géneros literarios.

Nair Núñez

Nair Núñez es maestro de Literatura y Economía. Tiene 10 años jugando D&D y lee más cómics de los que puede pagar. Ama la cultura popular, si hubiera tenido más suerte se habría casado con Umberto Eco o con Julia Kristeva.

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