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Kafka experience

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Dickens World. ¡Donde puedes pasear y oler el Londres victoriano!

Cometí el error de leer “El gran Gatsby” después de haber visto el tráiler de la película de Baz Luhrmann que protagoniza Leonardo DiCaprio. Fallo de principiante: el resto del libro imaginé que el señor Gatsby subía a un barco trasatlántico y encontraba al efímero amor de su vida.

El fenómeno mediante el cual lo visual se apodera de nuestras capacidades imaginativas no es en absoluto nuevo. Hace no mucho, el escritor mexicano Ignacio Padilla, presentando un libro sobre monstruos, confesó que leía lo suficiente sobre biología para hacer a sus criaturas verosímiles, pero ni una página más de aquéllas que le permitieran imaginar posibilidades creativas y diferentes para los bichos. En otras palabras: el conocimiento limita la imaginación.

Lo mismo aplica en las experiencias fuera del libro que hoy en día nos ofrece el parque de atracciones de Harry Potter en Florida o el planeado universo materializado de Los Juegos del Hambre. Ya nadie puede imaginar el sabor de una cerveza de mantequilla porque la receta dejó de ser literaria y ahora es química. La ilusión de esperar la carta que lo convocara a uno al andén 9 ¾ desaparece porque ahora, por el precio de un boleto al parque, todos pueden atravesarlo. La magia deja de serlo cuando es demasiado real.

Ollivander's Wand Shop at Universal's Wizarding World of Harry Potter.

¡Como lo vio en TV! . Vía orlandoinformer.com.

¿Pierden o ganan los lectores cuando otros construyen por ellos?

El proceso mismo de lectura supone un intercambio intelectual entre la palabra y quien desliza sus ojos sobre ella. Leer es, entre otras cosas, entender, traducir, conectar e imaginar. Si se elimina este último pilar de la lectura, el lector se vuelve un actor pasivo dentro del mundo del libro: alguien a quien no se le pide elaborar nada. Ni inventarle un rostro a los personajes, ni imaginar el sabor de una gragea de vómito. Construir un parque temático o vender las varitas de cola de fénix es suponer que todos los lectores imaginan del mismo modo. Es, en cierta medida, limitar la inherente pluralidad que acompaña a cada libro: por su formato, el libro es un encuentro personal y como todos los encuentros personales, irrepetible y auténtico. Unificar los procesos imaginativos es también impedir encontrar soluciones distintas.

¿Qué pasaría, entonces, si alguien se atreviera a hacer un parque de diversiones de Franz Kafka? El gran mérito de La metamorfosis es que jamás se explica exactamente en qué tipo de criatura se ha convertido Gregorio Samsa. Cada traducción del libro es una tortura inclemente: Kafka es deliberadamente ambiguo en este tema. Si se creara, pues, una Kafka experience (cosa que, por cierto, ya existe en la realidad) los diseñadores nos recetarían un modelo único de cucaracha que sería al mismo tiempo decepcionante, ligeramente cómico y completamente colonizador: cuando abriéramos el libro por siguiente vez (para ese libro siempre hay una siguiente vez) encontraríamos a la cucaracha de peluche con la que nos tomamos la foto en vacaciones. No habría de otra.

¿O sí?

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