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La bonita tradición de sufrir: la balada latinoamericana

juan gabriel

Juanga, “El divo de Juárez”, sufriendo desde 1950.

Mi novia es fan del Cruz Azul de toda la vida. Podría cerrar el caso, solamente con ese enunciado de que al latinoamericano le gusta sufrir, dado que el equipo no ha ganado un título en dieciocho años. Sin embargo, prefiero expresar la necesidad latina de sufrir en otro ámbito de nuestra cultura: la música que escogemos. Mejor dicho: el cantar que escogemos.

Tal vez tu mamá escuchaba Stereo Joya de regreso hacia la casa después de pasar por ti a la escuela, afectada y echándose un coro de Raphael. O igual y la señora del aseo, fanática de Alejandro Fernández, coreaba mientras trabajaba. Y tu tío renuente de que nada ni nadie le ha llegado a las letras de Camilo Sesto en tono y sentimiento. Todos, a todo pulmón, echándose las de Juanga o José José a las cinco de la mañana con aliento etílico. Cantando “La media vuelta” —ahora que andamos celebrando a José Alfredo Jiménez— agarrado del hombro de tu mejor amigo, haciéndose el “muy mexicano”. La nueva rola de Camila que puso tu novia en el carro hasta el Auditorio Nacional, en los palenques, en tus fiestas, en tu carro, en tu casa, en toda esquinita sonora del país, ranchera, popera, regional, trovera, cumbiera, salsera, y hasta rockera —si cuentas que no ha muerto “Aún te amo” de Coda—, la balada es el estilo musical que afana a los latinoamericanos. Nos encanta sufrir. Corrijo, pues necesitamos un adjetivo mucho más fuerte: nos afana sufrir. Uno de los placeres latinos es cantar y sufrir, pues es una experiencia conjunta, unificadora y demostrativa de nuestra cultura.

¡Qué telenovelas ni que nada! Dramón el de este video de Luismi.

Pregúntale al siguiente amigo o amiga que tenga la idea tonta de regresar con su ex, qué es lo que estaba haciendo poco antes de que se le ocurriera esa idea. Tal vez confiese que escuchó “por casualidad” la rola que cantaba con ella de Timbiriche, o Reik, o Los Claxons. A veces hasta a mi propia madre tengo que detener de que escuche “Amiga” o “Linda”, interpretadas por Miguel Bosé, para que no llore solo por el gusto de llorar. Es algo bello, si lo meditan. La catarsis que experimentamos como latinos es un evento purificador de lo que no nos atrevemos a confesar de manera hablada. Es palpable la cultura machista y patriarcal que nos brindó nuestra educación emocional. ¿El axioma número uno de esta cultura? Trágate toditas tus emociones.

Es más común criticar esta educación emocional en relación a la manera en que los hombres manejan sus sentimientos, pero no hay forma de escapar sus efectos adversos incluso como mujer. El infierno del latino es el “estar ardido”; en otras palabras, el encontrarse en una posición de desventaja emocional a raíz de cualquier eventualidad, es la ofensa pública más humillante. De este averno sentimental, donde no podemos expresar libremente lo que extrañamos por miedo a vernos débiles, se nos tiende una mano salvadora: el momento donde estalla el estéreo con “Usted no sabe” y después, por solo poner un ejemplo, el amigo o amiga junto a ti confiesa una emoción profunda, elocuentemente tejida en un lloroso “sí lx extraño”. Sin importar que respondas a esto con “qué estúpidx”, o “yo también (a otrx)”, un buen amigo procede a corear, y corear, y corear.

Ale-Guzmán-camila

La Ale Guzman a dueto con el Mario Domm. 

Sufrir, irónicamente, también puede ser una celebración. Mi primo, quien jugó fútbol americano por muchos años e hizo amigos entrañables en el proceso, se casó e invitó a todo el equipo. Durante la fiesta, a manera de rito de iniciación masculina, cantaron, agarrados de los hombros y a todo pulmón, “Palabra de honor” de Luis Miguel. ¿Neta? ¿”Palabra de honor”? No puedo pensar en otra canción más alejada de una victoria deportiva. No obstante la decepción del tema, “Palabra de honor” había sido algo así como su himno desde mediados de los ochenta, cuando la canción rechinaba de limpia por ser nueva.

La industria musical alimenta el monstruo devora-baladas. Julio Iglesias, Luis Miguel y Roberto Carlos dejaron una lista interminable de canciones vendidas dentro de este género, pero está muy lejos de ser algo del pasado. Camila, no hace mucho, tuvo un concierto en el Auditorio Nacional, esta banda ha sostenido su éxito sobre los hombros de la balada. A Sin Bandera, en su legendaria y recursiva reunión, llenar el Auditorio Nacional o la Arena Monterrey probablemente le sea tan fácil como invitar amigos a su casa.

Para los que agitan el dedo al pop como si les hubieran dicho que los van a contagiar de sarna de perro, se les puede apreciar cantando “Eres” de Café Tacuba, o “Paula” de Zoé y similares, porque es la manera “alternativa” de cantar baladas sin ser popero. Hasta los metaleros tienen “Nothing Else Matters” de Metallica aunque ya nos estemos saliendo del idioma y la cultura, pero es una canción popular en Latinoamérica.

¿A poco no es bien bonito el primer amor? 

La balada definitivamente no es un género que afecte solamente a Latinoamérica. Artistas como Frank Sinatra o Michael Bublé solidificaron parte de su carrera con el género, sin embargo, prevaleció en Latinoamérica mucho tiempo después de que el gran Frank muriera, y Bublé parece atender a un nicho dentro del pop estadounidense. En los países de habla hispana hay varios factores que consolidan a la balada como el idioma universal musical: su carencia de una procedencia regional. Nuestra cultura es mixta a un nivel genético —mestiza—, lo cual nos hace reconocer fácilmente lo que tenemos en común con gente de Tierra del Fuego hasta Tijuana. Aún así, también tenemos marcadas diferencias en la manera de hablar y en la música regional de cada país, entre otras cosas. Eso no detuvo a los puertorriqueños Ricky Martin, Luis Fonsi y Chayanne de arrasar con el continente entre “Vuelve”, “Llegaste tú”, y “Dejaría todo”. Tampoco frenó a Carlos Gardel de vendernos el tango de manera accesible a toda cultura, repito: independiente de la región. El formato de balada desconoce geografías, y al mismo tiempo, es capaz de disfrazarse de la música regional de cualquier zona. Hay baladas mariachi, baladas tango, baladas salseras y baladas poperas y rockeras. Según Daniel Party, en su ensayo “Transnacionalización y la balada latinoamericana“:

[…] a diferencia de la salsa, la cumbia, el tango o el blues, géneros que aún llevan la marca de su país o región de origen, la balada pareciera no tener un locus originario. Excepto por el acento, no es posible distinguir una balada argentina de una chilena o venezolana. Es un estilo musical del cual todos los latinoamericanos sienten como propio.

Party procede a ejemplificar cómo Alejandro Fernández alcanzó éxito fuera del mercado mexicano al salir hacia Miami para grabar con Emilio Estefan Jr. y cambiar de rancheras a baladas. El resultado de esta decisión fueron cuatro canciones posicionadas en el ranking de Billboard y 2.2 millones de discos vendidos a nivel mundial.

¿Qué es más cursi que un baladista? ¡Dos juntos!, Alejandro Sanz con Alejandro Fernandez.

Recientemente Consulta Mitofsky publicó el resultado de una encuesta en la que encontró que la balada romántica es el segundo género más vendido en México después de la música ranchera. Estoy casi seguro que si hicieran una encuesta similar, a través de otros países de habla hispana en el continente, también encontrarían a la balada romántica segundeando al género regional del país. Mitofsky halló que es más popular entre mujeres de nivel socioeconómico alto que radican en el Noreste del país y que tienen entre 30 y 49 años. Por más que el nivel de muestra sea mínimo en comparación a la población total —mil personas—, no sorprende. Se puede argumentar o llamar evidente, mediante videos de conciertos de Camila y Sin Bandera en el Auditorio Nacional totalmente llenos, esto se debe a que en México la balada tiende a orientarse hacia las mujeres.

Como se mencionó antes, esto no quiere decir que los hombres estemos excluidos de la bonita tradición de sufrir cantando, no; pero, se tiene la opción de cambiar de envoltura. Igual y se nos hace más “macho” o “cool” sufrir con baladas mariachi, de los tacubos o de León Larregui.

Sea como sea y sin pena, reciban a brazos abiertos una hermosa costumbre que rompe géneros musicales, tradiciones regionales y acentos. Nos podemos sentir unificados en nuestra chillona y ardida manera de expresar nuestras emociones, abrazados de hombro y a todo pulmón.

>>Quisiera extender un agradecimiento titánico a Alina Gutiérrez por este artículo. Sin las conversaciones del día-a-día con ella y su conocimiento invencible de la industria musical, ni siquiera se me habría ocurrido la idea, mucho menos los argumentos para el mismo.

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Nicolás Mariñelarena

Nicolás Mariñelarena no soporta ignorar qué hace un botón en cualquier aparato. Si no está encima de una consola de audio, está buscando los botones para picar tu interés. También es profesor universitario y lo puedes seguir en niknoise.com

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