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La historia de amor en El señor de los anillos

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 J.R. R. Tolkien y su esposa Edith Bratt están enterrados en Oxford, en su lápida está grabado Beren y Lúthien respectivamente por mandato del mismo John.

La historia de Beren y Lúthien se encuentra en El Silmarillion; a su vez, es mencionada por Aragorn en El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo.

El Señor de los Anillos es considerado el texto fundacional de la Alta fantasía. Así es, Alta con “A” mayúscula porque en ella la fantasía va a un nivel sorprendente, desde la invención y desarrollo de lenguas como el quenya, sindarin, telerin, nandorin, westron, adunaico, khuzdul, éntico, lengua negra de Mordor, rohírrico, wose, entre otros; hasta las distintas razas como hobbits, elfos, orcos y enanos que pelean, conviven y forman el universo tan basto que creó John Ronal Reuel Tolkien en una Tierra Media fascinante. A Tolkien le llevó más de cincuenta años crear este universo que comenzó en 1916, una cosmología llamada “Ainulindale”, que no logró terminar antes de su muerte en 1973. “Ainulindale” no es sólo una historia, sino más bien fue el escenario para El hobbit y El Señor de los anillos. Un cosmos con sus propias reglas, defectos y virtudes donde las narrativas se cruzan entre sí alimentándose una de otras. ¿Ya me endienten por qué es Alta fantasía con “A” mayúscula?

El Señor de los Anillos fue escrito antes y durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1937 y 1945, un año después de haberse publicado El hobbit en 1936. El Señor de los Anillos se publicó hasta 1955 –otros dicen que fue en 1954– y se dividió en tres tomos por razones económicas y editoriales. Sería muy inocente no pensar que la Segunda Guerra Mundial no tuvo influencias en la obra de J.R.R. Tolkien, aquí me explico: un gran dictador llamado Hitler estaba tomando el control de Europa muy al estilo de Sauron sobre la Tierra Media en El Señor de los anillos, así como un anillo para controlarlo todo que puede tener paralelismos con una bomba atómica que pone al mundo de rodillas. Si lo pensamos detenidamente, Mordor puede parecerse mucho a la Alemania nazi de aquellos años, una nación que quiere la extinción de otras para imponer su mandato.

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Huérfanos polacos después de la Segunda Guerra Mundial, el 11 de septiembre de 1946.

El Señor de los Anillos ha sido objetos de múltiples estudios sobre lo que Tolkien nos quiso decir es sus historias, desde la influencia de la mitología nórdica, el catolicismo y la literatura medieval, hasta lo que probablemente nos perdemos al no “hacer” una lectura correcta y/o a fondo de la obra. Muchos dirán de lo mucho que nos perdemos cuando no pensamos en el poder del anillo como una implacable bomba para dominar a todos. 

No resultaba difícil hacer paralelismos entre el poder destructor del Anillo y el de la bomba atómica, que en aquellos momentos suponía un peligro real para la precaria “Guerra Fría” (Tomás Baviera Puig en “La misión de El Señor de los Anillos”).

No obstante las múltiples lecturas de guerra, problemas éticos y hasta tecnológicos que las novelas del nacido en el Estado Libre de Orange, Sudáfrica, nos quieran decir, hay una historia mucho antes de las espadas, las hachas, los enanos, la Tierra Media y la guerra en la que estuvo involucrado. En una novela, y por qué no decir que en todas las novelas de Tolkien, hay una historia de vida –no me gusta utilizar la palabra real– que está detrás de todo esto; la cual podríamos decir marcó el principio y el final de El Señor de los Anillos desde este momento. Hay una historia que marcaría a John Ronald Reuel Tolkien para siempre.

En 1909, a los 16 años de edad, el joven Tolkien se enamoró de una chica; a esa edad que nuestros tíos nos dicen que ya “merecemos” y que ya traemos la “punzada”, what ever that means. El nombre de la chica era Edith Bratt de 19 años, huérfana como él, pero con un defecto muy grande según los estándares costumbristas de la época: Edith era protestante y Tolkien católico.

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Tolkien no sólo escribía, también dibujaba, se han encontrado más de 150 bosquejos, mapas y dibujos de su autoría.

El padre Francis Morgan, el tutor de J.R.R. Tolkien del Oratorio de Birmingham, le prohibió ver a Edith hasta que él cumpliera los 21 años de edad, pues andarse tras las ramas con una chica, y más si ésta era protestante, no era un acto de un buen católico. 

John no le podía hablar a la chica durante todo ese tiempo por órdenes del sacerdote. Lo que nadie sabía es que en el fondo Tolkien tuvo “dos reuniones clandestinas al comienzo . . . y algunos encuentros involuntarios”. (Caldecott Stratford en “Una Clave Para El Señor De Los Anillos”); actos que le costaron dos que tres regaños pero valía la pena hacerlo.

No fue hasta que Tolkien cumplió los 21 años, justo el día en que cumplía la mayoría de edad el 3 de enero de 1914, que el joven buscó de nuevo a Edith. Sin embargo, habían pasado tantos años que Edith creyó que John se había olvidado de ella, por lo que ya estaba comprometida con alguien más.

Pero nadie contaba con la astucia de Edith, pues ella aún estaba enamorada de John y estaba dispuesta a romper con todo compromiso que no fuera con el todavía no-famoso-escritor de El Silmarillion y El Señor de los Anillos. Edith fue más allá de mandar al carajo a su prometido por Tolkien, por lo que en 1914, Edith se convirtió al catolicismo (y como diría mi abuelita: ¡Jesús aplaca tu ira!), todo con tal de casarse por las “buenas”. No sabemos si lo hizo a petición de Tolkien o porque la iglesia católica la obligó a convertirse para llevar a cabo la bendición nupcial; lo importante es que lo hizo.

En 1916, John y Edith se casaron en la Iglesia de María Inmaculada en Warwick. Fue un matrimonio bonito en lo que cabe de la palabra, con sus justas peleas y malos entendidos. Lo que sí es cierto es que la relación sentimental con Edith “dejó su huella en la obra de Tolkien de distintas formas.” (Caldecott Stratford) y en particular en el romance entre Aragorn y Arwen.

LÚTHIEN Y BEREN

Quien conozca El Señor de los Anillos sabrá la historia de amor entre Aragorn y Arwen: el amorío entre el matón con cabellera increíble y la hija de Steven Styler que le hace de Elfa. El romance entre Aragorn y Arwen se remonta a mucho tiempo atrás (6500 años exactamente), donde un hombre mortal y una mujer duende –la historia de Beren y Lúthien–  se encuentran en el bosque de Neldoreth, justo en la Primera Era de la Tierra Media.

Beren, un mortal y último sobreviviente de una batalla, se encontró con Lúthien, una princesa elfa que estaba cantando y bailando en los bosques de Neldoreth. Ella era la única hija del rey elfo Thingol. Beren, enamorándose a primera vista de la princesa de los elfos y sin pensarlo dos veces, pidió la mano de la princesa al rey Thingol. Pero el rey creyó que Beren no era digno de su hija, por lo que lo envió a una misión muy importante para probar su valor y el amor hacia Lúthien. 

Beren tendría que recuperar unas joyas que le fueron robadas a los elfos, pero nadie sabe por qué pasan las cosas y Beren fue asesinado tiempo después de que salió a la búsqueda de las joyas. Sin embargo, Lúthien nunca le perdió la huella a Beren, pues lo siguió a escondidas no sólo en su misión, sino hasta la muerte.

Lúthien bajó a los infiernos para rescatar el alma de Beren. Y la manera en que Lúthien salvó a Beren es increíble: le cantó al Señor de los Muertos no sólo para que Beren regresase al mundo de los vivos, sino para poder regresar juntos, aunque sea por poco tiempo. Luthien cedió su inmortalidad a cambio de la compañía de Beren en el pestañeo de la vida. 

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John y Edith estuvieron casados por 55 años.

El matrimonio entre Beren y Lúthien fue el primero de las tres uniones que tuvieron los mortales con los elfos. Uno de ellos fue la unión entre Arwen y Aragorn: justo el final de la saga de El Señor de los Anillos cuando se casan y reina la paz sobre la Tierra Media. Todo se debió al sacrificio de Arwen: ceder su inmortalidad para vivir los días que le quedan con Aragorn. La historia de Arwen y Aragorn es

un hermoso relato, muy propio de la obra de Tolkien, pero el romance que estaba describiendo era en cierto modo el suyo, una especie de exposición mitológica sobre lo que se sentía al enamorarse a primera vista, cómo el amor puede moldear de nuevo toda la vida de uno y cómo el marido y la esposa llevan a cabo la búsqueda juntos o de lo contrario nada logran (Caldecott Stratford).

Muchos pueden pensar que este sacrificio es un paralelismo en la vida de Tolkien cuando Edith tuvo que cambiarse de religión para casarse con él. Un sacrificio personal y familiar para estar con John, un sacrificio tan grande como el de renunciar a la inmortalidad. Habrá a quien no le guste lo que voy a decir, pero El Señor de los Anillos es una historia de amor en toda la extensión de la palabra. Sólo es cuestión de pensar en el final: una boda.

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Luis Mario Reyes

Soy zurdo y tengo el pie plano. A veces no puedo aprender nada, y eso me gusta. Editor en jefe de Libertimento y maestro de primaria retirado.

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