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La región más profunda del deseo

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Arte digital por Airy Nicole (@airyptica)

El olor a madera y la humedad de los follajes han surgido en inagotables historias. Los bosques, esos sitios enigmáticos que resguardan los secretos milenarios del mundo, son el refugio de nuestra memoria fantástica.

Sobre las tierras de los bosques permanecen las huellas de aventureros, niños perdidos, criaturas mágicas, brujas, princesas y príncipes encantadores. En cada historia que nos contaron en la infancia hay un rumor de ese sitio misterioso.

La identidad del bosque se ha creado a través de tinta y rollos de celuloide. Por eso nadie puede arrebatarle la insignia de ser el espacio más recurrente en las historias fantásticas. Centenares de relatos recogidos del folclore antiguo transcurren entre las tierras arboladas, y otros tantos le hacen alusión repetidamente. El cine se ha calzado las historias más célebres y las ha transformado en manera tal, que las generaciones que han crecido con el cine animado sólo recuerdan los cuentos de hadas proyectados en la pantalla.

Cazadores de lo insólito, los hermanos Grimm son contribuyentes vitalicios al género fantástico y, por supuesto, a la consagración del bosque como sitio narrable. El exhaustivo trabajo que realizaron, casi medible en acres, los postula como los  autores de una de las literaturas más copiosas y leídas en el mundo.

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Quizá por eso, desde 1989 hasta 2001, fueron portadores de la máxima denominación monetaria en Alemania: el billete de 1000 marcos. 

Los Grimm fueron hombres entregados a la lengua. En buena medida, los teutones les deben a ellos los cimientos de la filología germana y la creación del primer diccionario alemán. Promovieron como nadie una narrativa autónoma que desafiaba los límites de la imaginación y la moralidad, mientras explotaban —literariamente— los recursos forestales. 

Wilhelm y Jacob comprendían con exactitud que las palabras aparecen donde se ausenta la realidad. Al escribir, se volvían dueños de ese universo ilusorio que viajaba sólo de boca en boca y de una comunidad a otra. Aquellos relatos volátiles sólo encontraron perpetuidad a través de sus plumas obstinadas. Un breve repaso a su catálogo de cuentos arroja un dato por demás conocido: entre sus letras, el bosque ocupa un lugar privilegiado. El énfasis que hicieron en él, en sus mitos y leyendas, incitó lúcidas lecturas de las que surgieron conexiones simbólicas con la memoria y formas ancestrales de la sabiduría popular.

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Wilhelm y Jacob Grimm por Airy Nicole (@airyptica)

En un sinfín de relatos los bosques funcionan como mundos apartados de la realidad; espacios autónomos que abren posibilidades infinitas a toda clase de ejercicios de la imaginación. La oscuridad y la barbarie tratadas en la literatura y el cine adquieren dimensiones exageradas cuando las circunda un territorio forestal, el lugar en que todo hombre es extranjero, donde los protagonistas se pierden, conocen inusuales criaturas, se someten a hechizos y transformaciones, y se enfrentan a sus destinos. 

Ninguna palabra define mejor la esencia de los bosques que la portuguesa fantasía. A los hispanohablantes, el vocablo nos remite a un grado superior de la inventiva, dotado de representaciones insólitas y signos vacilantes. Para los hablantes del portugués, en cambio, fantasía significa también ‘disfraz’. En efecto, el bosque es una máscara que disimula la sensación de pérdida que caracteriza a todo protagonista y le ofrece una esperanza: la doncella prófuga conoce al sapo convertido en príncipe, el huérfano errante encuentra al fin refugio, el maleficio se disfraza de deseo. 

Imposible enumerar todos los significados que circulan alrededor el bosque. Para el hombre occidental, los símbolos son omnipresentes, son todo al mismo tiempo. Un árbol puede simbolizar el vínculo divino con el cielo y el inframundo o la conexión con la madre tierra. Irónicamente contraria es la idea agónica del árbol como una sombra que incomunica a los hombres con la sabiduría. Los estoicos que han sobrevivido a la quietud aberrante del bosque aseguran que no hay sensación más alentadora que abandonarlo. La extenuante labor de enfrentarse a un enigma geográfico es recompensada con la certeza de que atrás han quedado las tinieblas y se ha encontrado, por fin, la luz del conocimiento.  

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¿Quién no se ha perdido en el bosque de Caperucita?, ¿Quién no ha tenido miedo cuando se adentra en sus sombras? Arte digital por Airy Nicole (@airyptica)

Leídos con esta noción, los cuentos fantásticos testifican la condición replicante de sus geografías. Rapunzel, la joven de cabellera kilométrica que es encerrada en una elevadísima torre a la que sólo se puede acceder a través de una ventana ubicada en la cúspide, encarna la versión clásica de la doncella en apuros. Allí, en medio de  la oscura fatalidad forestal, sólo las paredes de concreto —rastro de la custodia materna— pueden mantenerla a salvo. Con este antecedente parece inevitable pensar el bosque de Caperucita Roja como un sitio de riesgo latente incluso antes de habernos hundido en la narración. 

El bosque moderno carece de los gestos rituales que abarrotan los relatos de antaño; sin embargo, conservan todavía una esencia incomprensible. La película The Village (2004) registra un momento de intensa fragilidad en el que la quietud de un pueblo agoniza por la amenaza de enigmáticas criaturas que habitan los bosques adyacentes. En un tono opuesto, las historias mitológicas de J.R.R. Tolkien —recientemente adaptadas al cine— enfatizan también el aspecto sobrenatural del bosque con sus arañas gigantes y árboles antropomorfos.

Siglos de existencia parecen mermar la recurrencia del bosque en la ficción. La naturaleza, sin embargo, encuentra formas excepcionales para transgredir el tiempo; su táctica más eficiente han sido las palabras. El bosque —peón coronado de la naturaleza— se ha diseminado en el ADN de la literatura universal; por eso está sentenciado a persistir. 

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Ángel Soto

Compone música para contar historias. Es hispanoescribiente, lector infatigólogo y le apasiona el lenguaje. Desconfía de los días soleados.

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