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ENTREVISTA: Literatura infantil para adultos o literatura “grande” para niños

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Los clásicos de la literatura infantil son clásicos de la literatura universal. FIN.

Nadie podrá negar que "El libro de la selva", "Alicia en el país de las maravillas" y "El principito" entre muchas otras, son obras universales, es decir, a nadie les sorprende ver a un “adulto” leyendo alguno de estos libros. ¿Entonces para qué hablar de una “literatura infantil” y no simplemente de una literatura para todos?

Platicamos con Rodrigo Morlesín, domador-de libros-periodista-de-literatura-infantil-y-soon-to-be-escritor, y para él, lo único que divide a la literatura infantil de cualquier otra “literatura” es la manera en la que se aborda un tema.

“Tomo el clásico “Caperucita Roja”, es un cuento infantil muy conocido. Trata sobre la aventura de una pequeña dirigiéndose a casa de la abuela… pero existe otra lectura del mismo cuento centrada en el desarrollo de una joven y la pérdida de su virginidad. En este sentido, el cuento infantil también es un libro para adultos o adolescentes dependiendo del enfoque y la interpretación. La literatura es de entendimiento universal, según la edad y el conocimiento del lector; el entendimiento puede variar e incluso ser diametralmente opuesto”.

Otro de los grandes ejemplos para Rodrigo es la película de Shrek –no nos referimos al magnífico libro de William Steig y que no se parece en nada a lo que hicieron con el filme– ya que es una película con bastantes juegos en los diálogos; los dobles sentidos se presentan en todo momento. Pero, ¿qué sucede cuando la ve un niño? Pues se reirá de lo que para su edad y conocimiento le cause gracia. Los adultos se ríen de una cosa y los niños de otras. Los niños no comprenden aún las frases subidas de tono y lo mismo sucede con los adultos que no entienden de qué se ríe el niño; le parecen bobadas.

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Shrek maneja dobles sentidos en sus diálogos y ¡nos encanta!

Para Morlesín, en muchos casos la literatura se adecua al lector en turno y no es el único que lo piensa. De hecho, Umberto Eco habla de un “lector modelo”. Para Eco, un texto siempre está incompleto esperando a que el lector modelo lo actualice con su lectura. Pero, ¿quién es el lector modelo? Este receptor “perfecto” se construye en casi todos los casos desde la propia producción del texto y de su contexto, haciendo presuposiciones entre el habla, el idioma, el léxico, la geografía, los personajes, el tema; todo, pues. En el caso de Alicia en el país de las maravillas, aún cuando exista una lectura simbólica del texto, el lector modelo sí son los niños o al menos así lo pensó Lewis Carroll.

Rodrigo Morlesín nos dice: “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es un cuento para niños, para ser más específico: es un cuento para niñas y para ser aún más específico: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es un cuento para Alice Liddell”.

UNITED KINGDOM - SEPTEMBER 30:  Alice, Ina, Harry and Edith Liddell, probably May or June 1860. By, Dodgson, Charles Lutwidge, aka Lewis Carroll (1932-1898).  (Photo by National Media Museum/Royal Photographic Society/SSPL/Getty Images)

Alice Liddel (izquierda) y sus hermanos. 

Lo anterior no significa que solo Alice Liddell pueda comprender el texto. Si bien Carroll lo escribió para ella, el libro tiene un sinfín de niveles de lectura al igual que todos los grandes libros de la literatura infantil. Hablamos de niveles de lectura o movimientos interpretativos debido a que todo texto se construye como una estructura, como un tejido orgánico que nos va revelando diversos estratos. Se suelen identificar tres macroniveles de lectura que varios autores han reconocido aunque cada uno los ha bautizado como se les pega la gana:

1. Nivel de lectura descriptiva o literal.– En este primer nivel, el lector solo entiende qué es lo que dice el texto. Es el nivel más sencillo y el que los lectores más novatos –lo que no significa que sean niños, puede ser un adulto que no está acostumbrado a leer– tienen. Este nivel se divide en dos: a) Subnivel literal primario, cuando entendemos lo que dice el texto de manera directa y podemos reproducir la información que recibimos de manera explícita. b) Subnivel literal secundario. En este punto podemos reconstruir el texto con otras palabras, o sea que podemos hacer un resumen o paráfrasis.

2. Nivel de lectura interpretativa.– Exige mayor cooperación y participación por parte del lector, quien debe inferir o concluir lo que no está explicado en el texto. Esto significa que se reconoce lo explícito (lo dicho) y lo implícito (lo no dicho) en una lectura. Comenzamos a preguntarnos por qué el texto dice lo que dice, qué es lo que no se dice y cuáles son sus presupuestos e intenciones.

Hago un paréntesis aquí porque quizás muchos creen que este nivel es demasiado avanzado para un niño, pero no. Por el contrario: muchos niños, sobre todo aquéllos acostumbrados a la lectura, pueden llegar a este nivel. El autor Geoffrey Williams (2002) cita el ejemplo de un niño leyendo Donde viven los monstruos. Al final, el protagonista Max regresa a su casa, lo que no se ve ni se dice es si su mamá ya lo perdonó. Para este pequeño lector está muy claro que sí, pues en la esquina de la última ilustración del libro podemos ver un vaso de leche con un pedazo de pastel: “Claro que lo perdonó, ninguna mamá enojada le dejaría pastel con leche en su mesa de noche si no lo hubiera perdonado.” El niño infiere  pedazos de la historia que no están dichos pero si implícitos a partir de la ilustración.

3. Nivel de lectura crítica.– Este nivel es el más complejo de todos y requiere de una alta participación del lector. Además, incluye los dos niveles anteriores. En este nivel se hacen valoraciones y juicios, elaborados tanto a partir del texto leído como de su relación con otros textos, lo que casi siempre conduce a la escritura de uno nuevo (como éste).

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¿Ustedes cuántas veces han leído El principito y encontrado nuevos significados?

Así pues, El Principito puede tener un sinfín de lecturas. En su nivel literal, es la historia de un pequeño principito y un aviador que se vuelven amigos. Ya en el nivel interpretativo, podemos ver que cada uno de los planetas que visita ejemplifica uno de los grandes problemas de la humanidad. Y por último, el nivel de lectura crítica implicaría un ensayo detallado sobre sus aspectos literarios o simbólicos. Probablemente ahí reside la riqueza de la literatura infantil, al hacer disfrutable cada uno de estos niveles para cada lector y lo que es aún mejor, cada persona puede regresar varias veces al mismo texto y encontrar distintas cosas.

Rodrigo Morlesín nos dice: “Todas estas historias clásicas tienen esa virtud, sus múltiples capas simbólicas y si un niño lo lee por primera vez no será el mismo libro cuando lo lea en su adolescencia o ya de adulto. Por eso es tan cierta la frase de que los libros son espejos“.

Entonces, ¿dónde está el límite en la literatura infantil? ¿Se vale hablar de todo? Para Rodrigo “obviamente hay temas y conceptos que un niño no comprende; por ejemplo, si a un niño le cae en las manos Cincuenta sombras de Grey por la razón que sea (revisando los cajones de la tía por ejemplo), puede que lea un par de páginas y no lo entienda o le aburra. Lo que ahí sucede cobra relevancia dependiendo del lector. Nunca he visto un libro para niños que hable de sadomasoquismo, drogas o violencia y sangre, o del colisionador de hadrones.” Y aunque los adultos pueden pensar que los niños no deben leer de eso –como si no lo vivieran en la sociedad o lo vieran en la tele todos los días, o porque no lo entienden–, les prometo que un niño lector ha leído más que varios políticos. La realidad es que ese tipo de libros no le interesa a ningún niño, ni le entretiene.

Lo que atrae a los niños a la literatura es lo mismo que a Alice Liddell le gustó del libro de Carrol. En palabras de Morlesín hay dos cosas que la cautivaron: “(1) Ella era la protagonista y (2) la disparatada aventura, la imaginación en estado puro”. En estos libros los protagonistas son niños y las historias reflejan sus deseos, sueños y miedos. Y si estos libros están dotados de simbolismo y profundidad –dice Rodrigo Morlesín– es porque la vida misma está llena de ellos. Lo que debemos preguntarnos es ¿Por qué los adultos creen que los niños no comprenden?

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El libro triste de Michael Rosen está basado en su propia historia.

En la actualidad, parece que la tendencia por hacer cada vez más libros que son tanto para niños y adultos es una norma entre diversas editoriales. Tal es el caso del álbum ilustrado, que de la mano de editoriales como El Zorro Rojo, Barbara Fiore o Edelvives, han comenzado a producirse para adultos. Si bien algunos libros como la colección de cuentos de Kafka sí son destinados completamente a adultos por su temática, hay otros que aún cuando su contenido es oscuro, sin duda son para niños.

Morlesín nos pone un ejemplo: “Libros como El libro triste de Michael Rosen o El pato y la muerte de Wolf Erlbruch tratan temas fuertes y desgarradores, y existen muchísimos con temas de muerte, pérdida y abandono. Nuevamente creo que los adultos subestiman a los niños. Ellos ven estos temas con menos prejuicios que los adultos que suelen ser sobreprotectores”.

Cualquiera que sea la temática, el álbum ilustrado es un género que ha ganado mucho terreno entre niños y adultos. Morlesín nos dice: “En realidad, los libros ilustrados apelan al lenguaje visual y este mismo lenguaje tiene sus raíces en los inicios en la prehistoria. Las pinturas rupestres no son otra cosa que libros sin palabras, como los que ahora son para la primera infancia”. 

Por eso es tan efectivo en los niños y también en los adultos, aunque ellos reserven este tipo de lecturas bajo el la lógica irracional del “soy adulto y no debo leer eso”. La realidad es que los límites entre la literatura infantil y la literatura “para grandes” parece ser más una etiqueta que las librerías y editoriales otorgan para poder vender. Los libros infantiles de calidad son literatura, sin ninguna etiqueta ni prefijo ni sufijo. Nada, simple literatura.

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Lorena Salcedo

Estudió una maestría en comunicación y terminó amando la literatura infantil, y no cualquiera, sino la que está llena de ilustraciones. Es glotona y siempre quiere pizza.

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