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Los originales: vampiros antes de que fueran mainstream

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El Conde Contar tuvo su primera actuación en 1971 dentro del show Sesame Street. Ahora gusta de golpear a Edward Cullen de Twilight.

Los vampiros originales sienten como nosotros porque son nosotros. La razón por la que no nacieron bebiendo sangre es porque necesitan ser primero humanos y luego ambiguos, como nuestro sentido del bien y del mal. El vampiro no sigue una moda, se satisface a sí mismo, es el gran rebelde que se aferra a la vida, aún en la muerte.

Una y otra vez se asegura que Bram Stoker es el responsable de la creación de la figura y las formas que hoy conocemos del vampiro. A la mente vienen condes con largas capas mientras se repiten a sí mismos que es como debe verse un vampiro realmente terrorífico; desde apariciones en cajas de cereal, ediciones especiales de frituras sabor a queso, hasta clases de aritmética como las del Count von Count –Conde Contar– y por supuesto, el épico Count Duckula –Conde Pátula– (vegetariano antes de que fuera mainstream), son “evidentemente” la “viva” imagen de la decadencia, el peligro, el deseo y la muerte. No.

Lo cierto es, lo que según muchos sigue siendo una fórmula infalible para el miedo, que el vampiro rápidamente se convirtió en una representación desgastada. ¿Pueden imaginar cuántos condados se requerirían para todos estos revinientes? El mundo entero no alcanza para tantos títulos nobiliarios.  Tratar de establecer el origen de lo que hoy consideramos vampiro siempre va a provocar intensas discusiones, en especial porque básicamente todas las culturas tienen algún chupasangre, pero la hematofagia sólo es una de las características. No hay que olvidar el asunto del cadáver no-muerto andante.

Más allá de la etimología en el que se analizan varias derivaciones eslavas, según Katharina Wilson, el término más cercano a vampiro aparece hasta 1786 en un artículo del Nyelvtudomanyi Ertekletek, es el primer caso del que hasta hoy tenemos noticia y se trata del Vampirok húngaro. Punto para los húngaros.

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Castillo de Bran, localizado en Rumania y famoso por su relación con la novela Drácula (1897) de Bram Stoker.

Precisamente en el siglo XVIII comienzan a registrarse un sinnúmero de apariciones de revinientes, junto con sequías, muerte de ganado y pestes en varios puntos de Europa. Y sí, por registro no es sólo una referencia mitológica, sino que existen y de hecho era obligación levantar actas judiciales cuando se sospechaba la existencia de algún reviniente. Los vampiros eran tomados muy en serio.

Aquí dos aclaraciones: la primera, es que se creía que los portentos tenían el poder de controlar el clima, y un vampiro técnicamente es un humano que se convirtió en monstruo (entendido como un ser que excede a la naturaleza pero no deja ser parte de ella), por lo que generalmente eran culpados por inundaciones y/o sequías; así como de todas las muertes misteriosas o enfermedades que consumieran visiblemente el cuerpo. ¿Ahora entienden por qué Stoker hizo que todo mundo bulleara a Drácula, sin darle chance a hablar una sola vez?

La segunda aclaración tiene que ver con todas las actas judiciales levantadas a propósito  de los vampiros, básicamente eran un respaldo para después obtener el permiso necesario para abrir las tumbas y estacar, decapitar o realizar cualquier ritual que terminara con el que resultara sospechoso de vampirismo. Porque no, no crean que iban matando a cualquiera como si fueran brujas, mataban cadáveres-no-muertos-reanimados-chupa-sangre.

Eso sí, los casos de vampirismo se multiplicaban a tal velocidad que la histeria se esparció por el continente al grado que se volvió materia del cristianismo, teniendo que aclarar una y otra vez las razones por las que no era posible la existencia de sujetos que se levantaban de sus tumbas y andaban. Ni que fueran Lázaro.

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Drácula de Bram Stoker (1992), dirigida por Francis Coppola.

Así apareció en París durante el mismo siglo, uno de los grandes tratados sobre vampiros (y otros revinientes, y fantasmas, y demonios), obra del R.P. Dom Agustin Calmet: Dissertation sur les apparitions des anges, des démons et des esprits et sur les revenants, et vampires de Hongrie, de Bohème, de Moravie et de Silésie, en el que intenta aclarar varios casos mediante la lógica (y otros no tanto), sólo que hubo algunos casos que se le escaparon y fue suficiente para que las personas tuvieran dudas. 

Por cierto que a Benito Jerónimo Fijóo (otro benedictino contemporáneo, pero español), le indignó la obra de Calmet porque tan sólo considerar al vampirismo un tema que debía analizarse le resultaba incomprensible y por el contrario, promotor de la superstición. Al aguafiestas de Feijóo le molestaba la mitología que no estuviera relacionada con la suya.

Lo interesante es que Calmet trae a cuenta historias orales y documentación acerca del vampirismo, que perfilan algunas ideas o atribuciones que hacemos aún hoy en día (a veces conscientes y otras que fingimos no ver), como la del vampiro obsesivo, el malvado o el amante. Sí, lo siento, pero son historias que se dice ocurrieron en la antigua Grecia, luego se retomaron y permanecieron en el mito. Pero no se decepcionen, noten que a éste último lo clasifiqué como “amante” y no como romántico o enamorado. Y es que muchas y muy buenas noches de sexo casual son en realidad la constante (y bueno, ya saben que no faltan quienes se confunden y de inmediato empiezan a planear la boda), pero por lo general sólo fueron sujetos que murieron jóvenes y casi se quedan con las ganas.

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Nosferatu, vampiro de la noche (1979), dirigida por Verner Herzog.

El asunto es que el vampiro desde su origen representa el deseo en todos sus sentidos. Es quien se rebela frente a la naturaleza, básicamente hace lo que quiere, a tal grado que cuando ha abandonado su cuerpo, desafía la muerte volviéndolo a ocupar. No le interesa nada más que satisfacer sus deseos físicos básicos: alimento y sexo. ¿Y a quién no?

Luego de Calmet hay un par de tratados interesantes hasta el siglo XIX: el de George Rochford Stetson, un estudio antropológico donde se analiza el surgimiento del vampiro anímico, y el de Jacques Auguste Simon Collin de Plancy con Histoire des vampires et des spectres malfaisans, donde si bien retoma mucho a Calmet, agrega un par de historias en donde ya se les atribuye la capacidad de transformarse en lobo. 

Lo anterior viene a cuenta porque en el siglo XX llega uno de los estudios etnográficos más relevantes para la vampirología, el de Agnes Murgoci, quien en 1926 publica el artículo The Vampire in Roumania, un trabajo alrededor del folklore balcánico, donde señala algunas de las características que determinarían la presencia de un vampiro (además de los werewolves: hombres lobo) y entre las que están la muerte rápida y consecutiva de familiares. El muerto regresa por las noches a platicar con la familia, comer y hasta ayudar con los quehaceres (un Dobby vampiro no suena mal), al abrir el ataúd se encontrará que no hay descomposición, el rostro rojo o con sangre en la boca (no hay mención a los colmillos, lo que tiene sentido porque serían entonces fáciles de descubrir); y si a éste no se les caza, seguirá así por años, destruirá a su familia y los animales y hasta podría mudarse de la villa y tener hijos (sospechoso, pero no es lo mismo que ir por cigarros y fingir su muerte), vástagos que al morir se convertirían automáticamente en sus vampiros mini-me.

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Christopher Lee, fallecido en junio de 2015, conocido por sus participaciones en El Señor de los Anillos, Star Wars y El Conde Drácula.

En general y como pueden ver, originalmente los vampiros podían ser cualquiera y peor aún, lucir como una persona común. Más tenebroso que un anciano transilvano (que además te lleva la cena), lo es un familiar que regresa para matarte lentamente.

Pero tampoco hay que olvidar a aquéllos que revienen para conversar una vez más, para compartir la mesa e incluso para cuidar a sus hijos huérfanos, dan otra perspectiva, especialmente a quienes creen que los vampiros decimonónicos aumentaron el mito (Varney, Ruthven, Carmilla, Drácula, etc.), cuando en realidad fueron relegados a la monstruosidad, aberraciones con pasiones como las de los hombres, cuando mucho. La razón por la que no enriquecieron el folklore con sus creaciones, es porque, al igual que los cuentos infantiles pierden sentido cuando son edulcorados, los vampiros lo hacen cuando se les quita humanidad.

Los vampiros originales sienten como nosotros porque son nosotros, la razón por la que no nacieron bebiendo sangre es porque necesitan ser primero humanos y luego ambiguos, como nuestro sentido del bien y del mal. El vampiro no sigue una moda, se satisface a sí mismo, es el gran rebelde que se aferra a la vida, aún en la muerte.

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A.M. Salemcort

Historiadora del arte, entusiasta de las antigüedades, los monstruos, el té y los puntos suspensivos…

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