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Michael Jackson: el niño que no podía crecer

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“Los animales y los niños tienen cierto sentido que me aporta impulso creativo, cierta fuerza que se pierde luego al volverse adulto pot los condicionamientos que tienen lugar en el mundo…”  Michael Jackson, en la revista Ebony en mayo de 1992.

En 1990, Allan Scalan había pasado la mayor parte de su vida en ferias y parques de diversiones, no porque le entusiasmaran los carritos chocones y los algodones de azúcar, sino porque le gustaba el trabajo sucio. Era empleado de una compañía especializada en el mantenimiento y seguridad de juegos mecánicos, y un día recibió una petición inesperada. Aparentemente, tenía que viajar 250 kilómetros al norte de Los Ángeles para conocer a su cliente.

El lugar al que llegó, de más de mil hectáreas, era un paraíso infantil que incluía un centro cinematográfico, dos ferrocarriles, un zoológico con jirafas, salones de juego y una docena de atracciones. El inmenso rancho, que costaba de 2 a 4 millones anuales en mantenimiento, era nada más y nada menos que el hogar soñado de Michael Jackson: Neverland Ranch.

Pero Allan no estaba impresionado. Aunque conocía su música, no era su admirador. De hecho, pensó que trabajar ahí sería aburrido, y estuvo a punto de renunciar por lo frecuentes que eran las visitas de inspección. Sin embargo, el manager del rancho, Joe Marcus, logró persuadirlo para convertirse en el Jefe de Mantenimiento.

Dos semanas después de haber sido contratado en tiempo completo, Allan ni siquiera había visto a Michael Jackson en persona. Hasta que un día, mientras trituraba hielo en un puesto de raspados, vio acercarse un carrito de golf repleto de niños que se detuvo a sus espaldas.

“Hace mucho calor, ¿no?”, le dijo una voz suave e infantil. “Así es”, respondió Allan. Y de pronto… ¡WHAM!, un globo de agua se estrelló contra su espalda. Michael Jackson, el Rey del Pop, salió corriendo como un niño de 8 años mientras gritaba “¡¡Yo no fui!!”. Y entonces, “Big Al”, como le apodó Jackson por su corpulencia, pensó que quizá no era tan mala idea trabajar en un lugar donde tu jefe te lanza globos de agua.

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Jackson transformó la propiedad de 22 edificios en un Disneylandia privado. Imagen tomada de inspirerend-wonen.be.

Hagamos un ejercicio. Quiten de la anécdota a Michael Jackson y remplácenlo con su jefe actual o alguna otra figura de autoridad en sus vidas. Personalmente, si algo parecido ocurriera en mi lugar de trabajo, me habría confundido mucho. Primero me habría confundido y luego hubiera huido de ahí. Porque, vamos, ¿qué otras cosas se podrían esperar de un hombre adulto que actúa como niño, que vive rodeado de lujosas excentricidades, que siempre va acompañado de niños y deja dormir a algunos de ellos en su cama?

El caso es que en 1993 y de nuevo en 2003, algunas personas se hicieron la misma pregunta y enjuiciaron a Jackson por abuso sexual de menores. La policía ordenó un cateo de todo Neverland Ranch, y aunque no encontraron nada particularmente interesante, el suceso marcó el fin de los 15 años en los que Michael Jackson vivió en la propiedad. La policía había “violado” su paraíso privado. Un lugar que había construido para huir de los paparazzis y de las multitudes, el único refugio en el que podía ser él mismo.

¿Pero quién era Michael Jackson en realidad? Si ustedes comparten la indiferencia inicial de “Big Al” hacia este personaje, probablemente también compartan la opinión de la mayoría: Michael Jackson era un hombre enfermo y pervertido que se cambió la cara y se convirtió en una caricatura de los efectos adversos de la fama. O quizá son el caso contrario y lo glorifican incondicionalmente. De cualquier modo, son pocos los que hemos hecho un esfuerzo consciente de entender a un hombre que tuvo que vivir una vida extraordinariamente difícil. Intentemos poner las piezas en su lugar. Y tal vez no nos alarmarán los globos de agua.

ALEGRES, INOCENTES E INSENSATOS

En el 2003 Jackson declaró “soy Peter Pan” en el desastroso documental Living with Michael Jackson. Si hubiese sabido lo mucho que se burlarían sus detractores de él, se habría ahorrado la frase. Pero admitámoslo, nos es fácil imaginarnos a Michael Jackson en mallitas verdes y un gorrito emplumado esparciendo polvo de hada como en una parodia del personaje de Disney de 1953. Y si bien Michael era fanático de Disney, e incluso pidió que la estación de trenes de Neverland luciera como la de Disneyland, también era un hombre culto y un ávido coleccionista de arte. Jackson tenía en su biblioteca varias copias de la obra de J.M. Barrie tanto en su forma teatral como en novela, de modo que cuando se atrevió a decir en televisión nacional que era Peter Pan, probablemente no se refería a que le gustaría volar usando polvo de hadas.

Living with Michael Jackson

Mirando atrás, la primera muestra del interés que tenía Jackson por la obra de Barrie surgió en 1983, cuando recién había colaborado con Steven Spielberg para el soundtrack y audiolibro de E.T. el extraterrestre. La periodista Marilyn Beck reportó que el dúo se volvería a unir para llevar a Peter Pan a la pantalla grande, pero el proyecto murió cuando Spielberg perdió los derechos (los cuales recuperaría en 1991 con Hook). Aparentemente estaba muy ocupado para protagonizarla, así que Robin Williams lo suplió en el papel.

Pero la obsesión de Jackson con el niño que no podía crecer iba más allá. A finales de la década de los ochenta, comisionó a Gloria R. Berlin, su agente inmobiliaria, la ardua tarea de encontrar El País de Nunca Jamás en la Tierra: un lugar que pudiera convertirse en su nuevo hogar lejos de las multitudes y de su propia familia. Después de mucho indagar, Gloria se topó con Syncamore Valley, propiedad del magnate del golf William Bone, quien exigía 35 millones de dólares por el terreno. Tras mucho regatear, y con la astucia de su abogado John Branca, Jackson logró comprar el lugar por 17 millones. El contrato de compraventa fue firmado el 28 de febrero de 1988 y se mudó allí en noviembre.

Es como entrar a la Tierra de Oz. Cuando atraviesas la puerta, el mundo exterior deja de existir.

Michael mantuvo todo en suma confidencialidad. No invitó a sus padres a la fiesta de inauguración, pero sí asistieron algunos de sus hermanos y celebridades. Macauley Culkin (Mi pobre angelito), Emmanuel Lewis, Marlon Brando, Elizabeth Taylor y Sky Ferreira eran siempre bienvenidos. Según Jackson, Neverland también sería refugio para niños enfermos y terminales. Docenas de autobuses con niños provenientes de hospitales de todo California llegaban frecuentemente al paraíso de Michael Jackson para permitirles vivir, al menos por un día, el sueño de cualquier niño. El sueño de una infancia sencilla, en la que tu única preocupación es cuál dulce te comerás después. Algo que, según Jackson, nunca pudo experimentar él mismo.

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“Cuando veo a los niños, veo el rostro de Dios. Por eso los amo tanto. Eso es lo que veo” Michael Jackson.

La transición a la vida adulta es dura. Yo mismo tuve un sueño a los 12 años en el que me observaba a mí mismo de 6 años dentro de un agujero en el suelo. Luego, poco a poco, empecé a cubrir de tierra a mi doble inocente, hasta que desapareció de mi vista, sintiendo una angustia increíblemente auténtica. Sí, esa era la clase de malviajes que me ponía a soñar a esa edad. Por aquel entonces eran constantes las espantosas epifanías de que había dejado de ser un niño, de que había perdido para siempre mi creatividad, espontaneidad y capacidad de asombro; y que pronto tendría que enfrentarme al mundo de los adultos y que me llenaría de pelo donde no había pelo antes. Es una transición inevitable y dolorosa en la que dejamos de ser alegres, inocentes e insensatos; y entonces, olvidamos cómo volver a El País de Nunca Jamás. Olvidamos cómo volar.

Los psicólogos clásicos como Erik Erikson les dirán que uno va enfrentándose a distintos retos a lo largo de la vida, y que en esa etapa el reto es, precisamente, definir la identidad del ego, o en otras palabras, saber “qué quieres ser de grande”. Si no logras pasar la prueba, puedes sufrir una crisis de identidad en la que no sabes cuál es tu papel en la sociedad. En los casos extremos, quienes se niegan a aceptar las desagradables responsabilidades de la vida adulta, se quedan atrapados en su adolescencia o infancia, y terminan siendo “chavorucos”, o en argot científico, se vuelven puer aeternus (latín para niño eterno).

El puer aeternus es lo que en la psicología pop se conoce como el síndrome de Peter Pan. Aunque no está reconocido por la Organización Mundial de la Salud, es muy probable que conozcas a alguien que presente sus síntomas: los puer aeternus son individuos “incapaces de sobrellevar responsabilidades, se preocupan obsesivamente por su apariencia física y tienen problemas manteniendo relaciones personales y profesionales duraderas”. Pero antes de pretender ser psicólogos y diagnosticarnos a nosotros mismos y a medio mundo, volvamos a Michael Jackson, que no sufría el síndrome de Peter Pan, sino era Peter Pan.

EL NIÑO DENTRO DE LA BURBUJA

En la novela de J.M. Barrie, Peter Pan es un niño verdaderamente desagradable. “Para decirlo con una franqueza brutal, nunca se ha visto un niño más descarado”. Es presumido y egocéntrico. Pero no es su culpa; de hecho, esas son sus cualidades más sorprendentes. Verán, para mantenerse joven, Peter Pan debe olvidar sus aventuras. No tiene memoria, y por lo tanto no sabe cómo relacionarse con los demás ni sabe que sus acciones repercuten en otras personas. No puede empatizar con nadie. Peter Pan solo se tiene a sí mismo. Está solo.

Pero Michael Jackson no era un niño desagradable. Su carita angelical era la razón por la que los Jackson 5 causaron un revuelo solo comparable a la Beatlemanía de los sesenta. Su verdadero problema, en realidad, es que nunca tuvo que transitar a la adultez porque nació siendo un adulto. Condenado a ser una superestrella desde los 8 años, el cantante no conoció otro mundo fuera de los camerinos, los estudios y los escenarios. Y al igual que Peter Pan, desconocía el mundo real a un grado impresionante. En un perfil de la revista Crowdaddy de 1978, Jackson es entrevistado en un restaurante y el autor señala lo inepto que es para comer con las manos. En otra más de 1979, le pide al entrevistador que le haga las preguntas a su hermana Janet, que está sentada al lado de él, porque no es capaz de mirarlo a los ojos. Jackson,  el niño dentro de la burbuja, tampoco tenía memoria.

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Para entrar a la habitación de Jackson en 1977, tenías que pasar debajo de un Boy Scout y una chica con sombrero de policía. Adentro había juguetes, un Sega Saturn y un Nintendo 64. Imagen tomada de harrybenson.com.

En el País de Nunca Jamás, se dice que con cada respiración una persona mayor muere. De haberlo sabido, Jackson se hubiera puesto a refunfuñar como loco hasta matar a todos los que le robaron su infancia. Después de haber sido explotado durante años por el mundo adulto y trabajar duro para su padre, hermanos, y para él mismo, se dio cuenta de lo que había perdido y se refugió en lo único que le quedaba: los niños. En entrevistas, solía decir que amaba a los niños “porque no quieren nada de ti”. Y era totalmente cierto: todas las relaciones personales que hizo a lo largo de su vida tenían, de una forma u otra, intereses comerciales. Aquí las pruebas: durante la grabación del video de Beat It, Tom Joyner le pidió que nombrara a sus amigos más personales. “Mis fans”, respondió. Y cuando se le pidió que fuese más específico, mencionó a Quincy Jones, su productor, y Diana Ross. ¿Quién podía querer a Michael Jackson? Y aún más, ¿a quién podía querer él?

La respuesta pareció surgir años después cuando contrajo matrimonio con la hija de Elvis Presley, Lisa Marie, y en 1998 con su dermatóloga Debbie Rowe. Lo cierto es que ambas relaciones no duraron nada. Lo más probable es que Jackson no fuera capaz de sobrellevarlas; que al igual que Wendy pidiéndole un beso a Peter Pan, Debbie Rowe se decepcionara cuando Jackson le contestara que no sabía qué significaba un beso. Para Michael, las mujeres no eran objeto de deseo; eran una figura materna.

Los psicólogos pop también te dirán que el síndrome de Peter Pan tiene su antítesis: el síndrome de Wendy, mujeres que actúan como madres con sus parejas. Pero Michael Jackson ni siquiera fue capaz de encontrar a su Wendy. Solo tenía a sus fans, a los niños y a su propia madre. El tren que recorría Neverland llevaba el nombre de Katherine en su honor. No existió algo como una calle, un pabellón, o lo que sea llamado Joe Jackson, como su papá. La aversión que le tenía a su padre era tan grande como su recelo al mundo adulto. Y la idea de convertirse en alguien como él le repugnaba.

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Todo Neverland está adornado con estatuas de niños y motivos Peterpanezcos. Imagen tomada de lacortedelreydelpop.com.

Peter Pan, al igual que muchas novelas y cuentos infantiles, no tiene un final feliz. Los niños Darling vuelan de vuelta a casa y Peter se queda afuera, contemplando desde la ventana “el único placer que no experimentaría jamás”. De la misma forma, Michael Jackson nunca pudo experimentar los placeres de una vida normal, y decidió llenar ese vacío construyendo un universo escapista llamado Neverland. “Es como entrar a la Tierra de Oz”, dijo alguna vez. “Cuando atraviesas la puerta, el mundo exterior deja de existir”. Y quizá así fuese, pero los problemas no desaparecieron. Al final del día, Jackson, al igual que Peter Pan, sufría terribles pesadillas, “sueños que eran más dolorosos que los de cualquier chico”. Sólo que él sí tenía memoria y sabía muy bien qué las causaba.

Paris Jackson visitó Neverland después de la muerte de su padre en 2009. El lugar estaba decrépito y abandonado. Los empleados habían sido despedidos desde el 2006 y las batallas legales por el terreno seguían su curso. Paris Jackson logró readquirirla y decorarla con estatuas de Peter Pan y un jardín zen, sólo para que en mayo de 2015 fuera puesta a la venta por 100 millones de dólares. Al parecer eso es lo que cuesta regresar al País de Nunca Jamás. Ése es el precio para recuperar el paraíso perdido de Michael Jackson, un hombre que arrojaba globos de adulto porque nunca pudo hacerlo de niño. ¿Ustedes cuánto pagarían para aprender de nuevo a volar?

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Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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