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Moonlight: La miopía en la cámara de James Laxton

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Fotografía tomada de: thinkingcinema.com

Debo admitir que, como recién iniciado en la teoría del cine, nunca fui alguien que encontrara significado en decir que una película tuviera “una excelente fotografía”.

Desde mi perspectiva, la idea de una gran película era contar una gran historia y todo aquello que rodeaba la historia no era más que decoración. Una mala narrativa no iba a mejorar por más adornos que tuviera alrededor, como uno de esos malos restaurantes de comida rápida que cuelgan tonterías en todas las paredes. “Buena fotografía” entraba en esa categoría; sólo era la cubierta, no lo que daba sentido al producto final. Hoy me alegra decir que entiendo un poco más sobre cómo aspectos tales como la iluminación, la edición y -sí- la fotografía, no son una envoltura sino los materiales sin los cuales ninguna gran película podría ser construida.

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Fotografía tomada de thefader.com

En la labor de contar una historia a partir de las propiedades que tiene la fotografía, pocas de las películas nominadas este año lo hace de una manera tan exclusiva como Moonlight (2016) del director Barry Jenkins. En esta obra, tres historias, tres actores diferentes y de distintas edades narran la vida de Chiron. En cada etapa de su vida, Chiron debe lidiar con su sexualidad, su familia y los problemas que conlleva vivir en una comunidad afroamericana en Miami. Desde la primera escena, la cámara se hace responsable de este último tema al circular alrededor de dos personajes -ambos afroamericanos- discutiendo sobre el negocio de las drogas en su vecindario. Es caótica la manera en la que vemos a estas personas, pero también extrañamente detallada; como si el lente dijera “no te preocupes, vamos a ver este asunto desde todos los lados posibles”.

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Fotografía tomada de newyorker.com

Por supuesto, la historia por sí sola es lo suficientemente relevante, así como cautivadora; no por nada la película está adaptada de una obra de teatro del mismo director In Moonlight Black Boys Look Blue (en la luz de luna los niños negros se ven azules). Es definitivamente una historia que conversa con el espectador sobre temas de identidad cultural, racial y sexual. No obstante, es la cinematografía de James Laxton la que te acerca de manera íntima a Chiron en cada etapa de su vida; y es que esa es la palabra clave de esta película: cercanía. A través de toda la película, la cámara no nos permite alejarnos de nuestro protagonista; estamos a centímetros de él en casi todo momento. El mundo atrás de Chiron está constantemente fuera de foco salvo por aquellas relaciones -constructivas y destructivas – que caracterizan cada parte de su vida. Esta técnica se vuelve palpable en momentos como cuando su amigo y figura paterna Juan (Mahershala Ali) le enseña a nadar, o cuando Chiron adolescente (Ashton Sanders) y su amigo Kevin (Jharrel Jerome) comparten un momento en la playa. Este último ejemplo es tan íntimo y tan significativo que literalmente no podemos ver nada afuera del encuentro que está sucediendo entre ellos dos

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Fotografía tomada de: flickhunter.blogspot.com

Por supuesto, la cercanía a este personaje no sólo habla de intimidad como algo positivo. No poder ver más allá de Chiron nos informa sobre lo difícil que puede resultar tener una identidad sexual diferente en el mundo en el que Chiron le tocó vivir. Nos atrapa en una introspección que puede resultar sofocante. Claro que la cercanía también hace de las pocas relaciones en la vida del personaje más significativas; entendemos por qué Chiron desea pasar tiempo con Juan y por qué hace todo por permanecer lejos de las adicciones de su madre (Naomie Harris). La forma introvertida que tiene nos acerca, la cámara nos acerca y no es sorpresa que, cuando Chiron de niño (Alex Hibbert) decide hablar – luego de varias escenas en silencio – nos interesa tanto lo que tiene que decir.

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Fotografía tomada de thefader.com

Moonlight utiliza el poder de la fotografía para convertirnos en receptores de esta compleja historia pero, por supuesto, no es el único medio presente. Los colores tienen una intención muy específica de bañar la vida de Chiron de tonos azules, tal como la historia de Juan o la obra de teatro original sugieren. La observación va más allá de un comentario que puede parecer racista, es una afirmación de cómo el mundo trata diferente a las personas de color, o a la gente viviendo en la pobreza. Es una afirmación de cómo parecería que se espera algo diferente de ellos. La película, no obstante, contradice esta percepción al final, con casi todos los personajes combatiendo los estereotipos que los rodean: la mamá supera su adicción, Kevin encuentra una vida lejos del crimen y Chiron, contra todo pronóstico, logra estar en paz con su sexualidad.

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Fotografía tomada de: thinkingcinema.com

Pocas películas son más obvias en cómo, sin elementos como la la iluminación, la edición o la fotografía, no podríamos entender una historia de un modo significativo. Claro, entenderíamos de qué se trata una escena, pero no nos mandaría el relámpago de emociones que provoca que, por ejemplo, Chiron le pregunte a Juan por el significado de la palabra “faggot”. Si ustedes, como yo solía hacer, piensan que una “buena fotografía” no significa más que una envoltura bonita, Moonlight es definitivamente un buen comienzo. Pocas películas me han hecho ver – y muy de cerca – que la fotografía, más que ser aquello que envuelve una historia, es aquello que ayuda a que una historia nos envuelva a nosotros.

Manuel Quero

Ingeniero-ish. Locutor-ish. Lingüista-ish. Soy el Lisa Simpson de las malas comparaciones.

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