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Netflix & Fat: Por qué comemos para sentirnos felices

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Life of Pi (2012), Ang Lee.

¿Por qué comemos helado en pleno heartbreak mientras vemos Titanic?

Por ahí de 2001, al autor español-canadiense Yann Martel se le ocurrió publicar una novela que, entre otras cosas, explora como uno de sus motivos principales la batalla por sobrevivir de un joven y la lucha contra su hambre. Entre las líneas de Life of Pi, se encuentra una verdad que todos sabemos pero no todos nos atrevemos a admitir:

El hambre puede cambiar todo lo que alguna vez creíste saber de ti mismo.

Siendo realistas, el hambre lo puede todo o casi todo. Lamentable o afortunadamente, no es sólo el hambre el que nos muestra partes de nosotros que no conocíamos, sino también la comida. Nos guste o no, la frase “eres lo que comes” es mucho más sensata que comernos toda la caja de Ferrero Rocher sin que nadie nos vea y pensar que así las calorías no cuentan.

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Como a Pi, el hambre nos define. Lo que comemos, cuánto comemos y nuestros antojos hablan mucho de nosotros y de nuestro humor. Sobre todo en estos maravillosos tiempos de Netflix, cuando pocas cosas nos parecen más cómodas –admítanlo- que sentarnos frente a la televisión a comer helado, ver Grey’s Anatomy y llorar.

Por supuesto que el hecho de que comer helado nos haga sentir mejor cuando llega la hora sad se debe a complejas reacciones químicas en nuestro cerebro, pero en resumen: dime qué comes y te diré qué tan de malas andas.

De acuerdo con la investigadora y nutrióloga Carol Ottley, la relación entre el humor y la comida era un tema poco explorado hasta los últimos años. Sin embargo, existen ya elaborados estudios que comprueban que ciertos alimentos y bebidas afectan directamente nuestra forma de actuar, sentir y nuestro estado de ánimo. En su artículo “Food and Mood”, Ottley se centra en descubrir si existe un elemento psicológico entre el consumo de un alimento y un estado emocional como resultado. He ahí el dilema. ¿Se trata sólo de la comida o existe un contexto psicológico que nos hace cambiar de humor o de conducta a partir de lo que comemos?

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Veamos… como buenos seres humanos, nuestros instintos jamás nos bastan. En este caso, se llama gula, o comer por comer, o como la doctora Ottley elegantemente lo llama: apego emocional a la comida.

No, no eres el único que voluntariamente se acaba las galletitas de la abuela para no hacerla sentir mal, y sin duda no eres el único que se sirve romeritos de más en la cena de Navidad porque “no se vayan a acabar”. Esto nos sucede debido a nuestra fijación emocional y psicológica sobre la comida. El llamado emotional eating –que además no tiene traducción al español, aún- se define como el acto de comer de más como herramienta para aliviar emociones negativas. Es decir, nuestra lógica atinadísima de pensar: me como las galletas porque quiero evitar sentirme mal por haber hecho que mi abuela esté triste de que sus galletas no se acabaron.

Así que he aquí una cosa más que comprueba que toda acción humana es egoísta. En realidad no te comes las galletas para hacer feliz a la abuela, sino para no sentirte como un pésimo ser humano –pero vamos, eso ya lo sabías-.

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Algo similar ocurre con la gula. Los seres humanos comemos por dos razones: la homeostática, es decir, como respuesta a la necesidad de nuestros cuerpos de mantenerse balanceados; y la hedónica, o sea, por mero placer. La mayoría de nuestras comidas son una mezcla de ambas razones.

Nuestro cerebro trabaja en conjunto con nuestro estómago y una serie de hormonas que miden cuándo el alimento ingerido es suficiente. No obstante, nuestra consciencia e inconsciencia tienen el poder de inhibir las señales de nuestro cuerpo que desesperadamente gritan: “¡Detente por favor!” Para sustituirlas con un: “No, sigue comiendo”.

CONTINÚA ABAJO…

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En el documental Food on the brain de la BBC, se demuestra mediante un experimento de monitoreo neuronal que frente a un plato de comida que nos parece grata y uno de comida no tan grata, las funciones tanto psicológicas como neurológicas mandan señales de satisfacción del hambre mucho más pronto con la comida no grata que con la comida grata, de la cual poseemos una motivación psicológica para continuar comiendo.

Dígase:

En el cine seguimos comiendo palomitas aunque casi nos las terminemos durante los cortos comerciales. Y seguimos y seguimos porque el contexto en el que las comemos motiva que sigamos comiendo.

O bien:

En la cena de fin de año comemos y comemos y comemos porque…bueno, la comida simplemente está ahí y se ve deliciosa. (Y probablemente también comemos y comemos para evitar el estrés de las cenas familiares)

Ahora bien, empezamos o terminamos de comer de acuerdo a nuestro entorno, pero, ¿y nuestro humor? ¿Qué hay de comer helado en pleno heartbreak mientras vemos Titanic?

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Los cambios de humor producidos por la comida se deben principalmente gracias a un aminoácido no esencial –sí, ya vamos a empezar con términos científicos- llamado triptófano. Este amigo está en los carbohidratos y en un tweet esto lo que hace:

El triptófano es un regulador natural del cerebro que estimula la síntesis de serotonina: enzima que nos hace felices. #BiologíaDeSecundaria

Esto significa que entre más serotonina tengamos danzando en nuestro cerebro, menos triptófanos requerimos y menos respondemos a estímulos tristes. Además, un estudio de la Universidad de Wurzburg en Alemania comprobó que al estar tristes disminuye nuestra habilidad para detectar la grasa en la comida. Yumi. Pero bueno, en esos momentos tenemos cosas más importantes de las cuales preocuparnos.

De hecho, el trastorno afectivo estacional, SAD por sus siglas en inglés (Stational Affective Disorder) –sip, literalmente e irónicamente “sad”,­ ya que se trata de un padecimiento hermano de la depresión- que se presenta precisamente en invierno, acompañado por la lejana melodía de los villancicos y los brindis, presenta un alto índice de antojo por dulces y alimentos grasosos. ¿Coincidencia? Nop. Ciencia.

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En fin, cuando estamos tristones, se nos antojan dulces y chatarra, pero esto último nos puede meter en un círculo vicioso no muy atractivo que tiene que ver con una parte fundamental de nuestro cerebro: el hipocampo. Aquí otro tweet para explicarlo:

El hipocampo reduce su tamaño con el consumo de comida chatarra; su reducción es médicamente relacionada con la depresión. #SorryNotSorry

Démonos un segundo para superar esto y después regocijémonos porque afortunadamente, muy a pesar de nuestros instintos alimenticios, somos capaces de educarnos nutricionalmente y poner a la serotonina y al hipocampo de nuestro lado –incluso cuando de vez en vez nos demos el gusto culposo de echarnos nuestros taquitos o una hamburguesa de Sixties-.

Culturalmente, estamos semi-programados para tratar de evitar emociones y sentimientos negativos, lo cual afecta directamente nuestra alimentación. Sin embargo, no se trata de dejar atrás las tardes de Netflix y helado, sólo de salir a correr cual Forrest Gump de vez en cuando y de escuchar a nuestro cuerpo cuando nos suplica silenciosamente que dejemos de comer pastel de chocolate. Por favor.

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Fernanda Estrada Argumedo

Lunática. Cinéfila. Workaholic, dicen. Adicta a la poesía, las series y la música ochentera, entusiasta navideña. Estudio Comunicación y Medios Digitales.

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