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Parques temáticos, amados y odiados

Se parece al mundo, pero en mejor (Sorkin)

No podemos negar que los parques temáticos encantan y enamoran a los visitantes en cuanto los visitantes se sumergen en ellos, a pesar de las verdades que Umberto Eco lanzó alguna vez sobre Disneylandia. La aterradora verdad, según el autor de El nombre de la rosa, es que el parque temático es un supermercado disfrazado de juguetería donde se compra obsesivamente, como si hacerlo fuera un valor humano.

Y en homenaje a Tomorrowland, una película titulada de la misma forma que un área futurista en Magic Kingdom y Disneyland, decidí escribir sobre los parques temáticos pues, al parecer, actualmente son la punta de lanza para la industria del entretenimiento.

Estos paraísos llenos de tiendas y montañas rusas tienen su origen en las pequeñas ferias nómadas y en los circos de fenómenos. Sin embargo, para que el parque temático naciera como lo conocemos, tuvo que sufrir varios cambios. Uno de ellos implicó encontrar un lugar fijo para que la gente fuera a ellos y no viceversa, y otro (quizá el más importante) fue que adquirió la capacidad de crear atmósferas artificiales (lo que en la industria se llama “tematización” o el theming), para hacernos creer que estamos en la luna, el mar o los escenarios del más reciente blockbuster de la compañía.

Tomorrowland se estrenó el 29 de mayo de 2015, y como ya he dicho, es una cinta inspirada en una de las secciones del parque Magic Kingdom, el primer recinto construido en Walt Disney World, el lugar en el que los sueños se hacen realidad. Otras secciones del parque incluyen Adventureland, con sus construcciones evocadoras a las islas polinesias (aunque nada tengan que ver las antorchas tiki y las máscaras de colores), Frontierland, inspirada en el lejano oeste, y Fantasyland, con sus emblemáticas atracciones como el Dumbo volador, el tren de los siete enanos y una docena de atracciones basadas en las películas clásicas del estudio.

Pero antes de hablar sobre atracciones basadas en películas, recordemos que existen casos inversos. El mejor ejemplo es la franquicia de Piratas del Caribe, que comenzó con La maldición del Perla Negra en 2003. En realidad, esta saga tan exitosa tiene su origen en una atracción homónima ubicada en Adventureland, la cual consiste en un paseo en lancha donde el visitante se encuentra en medio de una batalla naval representada por medio de animatrónicos y efectos especiales. El éxito de las cintas es tan vigente que una quinta se estrenará en julio de 2017, y aunque la atracción no sea particularmente emocionante, sigue siendo un clásico imperdible para los viajeros frecuentes a Disney World. 

Este esquema es justamente el mismo que ha dado origen a cintas como La mansión embrujada (del 2003, con Eddie Murphy) y Tomorrowland. La inspiración que pueden ofrecer las atracciones de los parques se está convirtiendo en una constante para la compañía, por lo que no es casualidad que con cierta frecuencia Disney estrene películas que contribuyan al no envejecimiento de sus parques temáticos, los cuales pueden llegar a albergar hasta cien mil personas sin colapsar, algo así como todo el Estadio Azteca de la Ciudad de México. Es sin duda, una fórmula muy atractiva, sobre todo cuando consideramos que los mayores ingresos para Disney provienen de los parques temáticos y sus canales de televisión satelital, cuando lo común sería pensar que el cine es su mejor negocio.

Este es el trailer de Tomorrowland:

La magia en los parques Disney, literalmente hablando, y de cualquier otro parque temático que busque el éxito, es la capacidad de inmersión que la atmósfera y los detalles en cada esquina del lugar aportan al visitante, una receta patentada por Walt Disney desde 1955, año en el que se inauguró Disneyland. El investigador Lukas Scott dice que la inmersión que logran los parques temáticos sobre el espectador a través de su arquitectura puede igualarse con los efectos especiales del cine, teatro y videojuegos. Y es algo con lo que fácilmente cualquiera queda fascinado.

Para explicar el proceso de inmersión, el teórico Daniel Tabau explica que en los parques temáticos famosos, al igual que en los videojuegos, el usuario se convierte en protagonista; es decir, un ente activo en la historia. Otro ejemplo claro es “The Wizarding World of Harry Potter” en Orlando, Florida, donde el usuario puede ser partícipe del Torneo de los Tres Magos o comprar su varita en Ollivanders y hasta tomar una cerveza de mantequilla en The three broomsticks: actividades que todo fan from hell desea experimentar. El efecto que logra el parque temático en el visitante es tan poderoso que un completo ignorante de las historias de J.K. Rowling podría explicar con facilidad quién es y qué hace Harry Potter a través de la historia contada en cada edificio, cada barda pintada, cada vitrina y cada actor disfrazado ofreciendo autógrafos.

Si no te alcanza para el avión, ve este tour en video:

La arquitectura de los parques temáticos está construida para contar, de manera sintetizada, el blockbuster más reciente, la narrativa de un libro o las características principales de un personaje de moda mientras el visitante espera en la fila. Al momento en que entramos a un parque temático, automáticamente nos creamos expectativas narrativas, pues seremos los protagonistas para recordar, conocer o reafirmar una historia. En otras palabras, nos volvemos parte de ella. No por nada los programas de televisión de Walt Disney, allá por la década de los 50, tenían como fondo el castillo de Magic Kingdom mientras él introducía los episodios para millones de estadounidenses que deseaban subrayar el american way of life. Las expectativas que crean los parques de diversiones son la razón por la cual el visitante regresa al parque temático, pues simplemente le gustan las historias que se le dan a conocer, recordar o reafirmar en cada atracción. Y si bien no nos puede gustar Harry Potter, ni los Piratas del Caribe, ni Shrek en Ogrovisión 4D, la historia a la que ningún ser humano puede resistirse es aquella sobre una vida divertida, inocente, impecable y perfecta.

En los parques temáticos de Disney todo siempre va a estar bien. El visitante, sin importar la edad, será tratado como un niño en las tiendas, rides y restaurantes del lugar; una narrativa que gusta a todas las edades. Todd Gitlin dice que la arquitectura de Disneylandia es hueca y tan trivialmente limpia que no impone conflictos morales o éticos al consumidor. Basta mencionar que Magic Kingdom cuenta con un sistema de túneles subterráneos para recoger la basura de todo el parque, con el fin de que los conserjes no arruinen la atmósfera de cada isla temática con sus escobas y cubos sin themeing. Y un empleado de Disney está patológicamente entrenado para sonreír en todo momento, apoyar su peso en ambos pies, mantenerse erguido, comer únicamente cuando no porta el uniforme y señalar con dos dedos (porque uno solo es considerado de mala educación en algunas culturas). No por nada en 1992 los franceses le llamaron el ”Chérnobil cultural” al recién inaugurado Eurodisney a las afueras de París. 

Y a fin de cuentas, ¿por qué Disney y su Disneylandia son un éxito, por más que critiquemos la hegemonía cultural norteamericana? la respuesta más viva que he leído la dijo el sociólogo Armand Mattellart: Disney y la cultura de masas norteamericana están hechas para llegar a lo más profundo de nuestro ser: llama al niño que todos fuimos o queremos ser. Varios críticos se escandalizarían con esta declaración. Sin necear de forma inocente en lo que han dicho Umberto Eco y demás pensadores de nuestro siglo, me atrevo a decir que los parques temáticos, más allá de una imitación artificial y vacunada de todo mal en nuestras vidas, son un entorno para ser totalmente feliz por un día a pesar de que no sea verdad.

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Luis Mario Reyes

Soy zurdo y tengo el pie plano. A veces no puedo aprender nada, y eso me gusta. Editor en jefe de Libertimento y maestro de primaria retirado.

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