skip to Main Content
Menú

FICCIÓN: “Playa Guajolotes”

sexualidadacolor

ILUSTRACIÓN DE MARÍA JOSÉ FLORES LOZADA

POR ALDO SOTELO

El autor recomienda musicalizar la lectura con esta playlist para calentar tus ánimos.

 

Conocí el amor a los 15 años, la primera vez que viajé sin mis padres. Acompañado de un par de amigos del colegio, decidimos reservar un pequeño hotel cercano a una de las entonces pocas playas nudistas del país y no en el complejo turístico que habíamos mencionado a nuestros padres. La adrenalina nos tenía locos desde antes de venir. Desde que los amigos mayores de Lalo, quien estaba repitiendo el segundo curso en nuestro grupo, le revelaron sus experiencias el año anterior, no hacíamos más que contar los días para la llegada del verano.

Después de casi doce horas de viaje en un autobús, por fin estamos en la estación de este pueblo de pescadores y surfistas, hasta aquí llega el bus, luego una camioneta colectiva nos llevará en la batea con destino al paraíso. Mala idea traer tantas cosas José, vas a la playa, no a la montaña, ya quítate la chamarra ¡Hace calor!

Hotel, registro, bungaloo, no sirve el ventilador, pero no hay otro cuarto disponible, nos moriremos de calor por la noche, olvidé el repelente de mosquitos que mi mamá compró en el supermercado y que me insistió tanto en traer; por suerte no dejé el protector solar.

El gringo de la tienda se ríe de nuestro nerviosismo al comprar la botella de ron, nos muestra la dentadura casi vacía, le faltan tantos dientes como a nosotros confianza, seguro es un veterano de Vietnam, nos cobra. Mientras salimos, nuestra primer cara de idiotas, los tres quedamos boquiabiertos ante la rubia en top y mini-short que pasa a nuestro lado. Será la hija del tendero, mejor bajar la mirada, pero no, ya en la calle, miro de reojo cómo destapa dos cervezas de lata y se sienta en la pierna que le quedó completa al gringo, veterano de guerra seguro.

Desayunar ron con cola y el interior picado de un coco acompañado con salsa y limón no parece buena idea, pero nadie nos detendrá ahora que por fin estamos aquí. A la entrada de la playa no hay nada más que un cartel “Bienvenidos a Playa Guajolotes. Se le suplica a los asistentes despojarse de sus prendas de vestir, así como de cualquier prejuicio antes de ingresar”. José fue el único que no se quita por completo la ropa, se queda en short y playera. Con toallas gigantes y nuestros desayunos ya casi terminados, nos acomodamos bajo una de las pocas palmeras cercanas a la playa. No vemos pasar a alguien antes del medio día, luego una pareja de escandinavos en la segunda mitad de sus cincuenta pasa caminando con los pies rosando la espuma del mar, se alejan no sin antes saludarnos a la distancia.

Para la hora de la comida, el restaurante a nuestras espaldas ya está abierto, ordenamos tres rondas de cervezas mientras llegan nuestros manjares marinos, dos horas de espera.

– ¡Chingada madre! ¿fueron a pescar los camarones o qué?

Lalo refunfuña mientras intenta ponerse en pie para reclamarle a la mesera que se aparecía de vez en cuando por nuestra palmera; pero no llega muy lejos, las cervezas, el ron mañanero y la falta de alimento le hacen caer apenas en su intento por dar el segundo paso.
Ahí se quedará un rato, tendido bajo el sol, perdido entre sueños de adolescente. José apenas puede esbozar una sonrisa, ahogándose en su propio sudor, agoniza una repentina cruda que envuelve con estupor el aire cercano a él, ahora no parece buena la idea de aquella imitación de mezcal que tomó anoche en el descanso de gasolinera, según él “para dormir mejor”.

Inexplicablemente, soy el único en permanecer funcional, éstas fueron las primeras cervezas que tomo en la vida, no me gustó el sabor, soy el más joven de los tres, siento mareos, pero nada parecido a mis amigos que ahora duermen. La mesera llega con nuestra orden, intento despertar a José y Lalo, pero solo Lalo fue capaz de arrastrarse hasta la comida ya invadida por moscas y hormigas.
Termino mi ración, pero aún así me siento vacío, después de tanta expectativa, estamos aquí, los tres solos, borrachos y alejados de todos lo demás, este “paraíso” no se parece en nada a la promesa de los de tercero.

– Ahorita vengo…

Lalo, ocupado con la comida en la boca se limitó a mirarme y asentir con la cabeza y un sonido que parecía un sí ahogado por cuerpos de camarón medio triturados.

Camino por la playa, unos chicos mayores jugando voleibol, alrededor, de al menos una docena de chicas tomando el sol, más allá, mujeres, hombres, ancianos, mucha gente, más de la que podíamos ver desde nuestra alejada perspectiva, todos en pelotas. Por pudor e inseguridad, antes de aventurarme decidí ponerme la licra que me habían vendido como traje de baño. Camino entre cuerpos al rojo vivo por el sol, mirando de reojo las evoluciones físicas que se presentan con el pasar de los años, a algunos la gravedad los ha tratado peor que a otros. Me parece inusual el número de personas viejas en esta playa, pero después de un sencillo análisis, entendería el origen de su nombre: “Playa Guajolotes”. Después de tardes interminables en la escuela, con el cuaderno de matemáticas lleno de dibujos, de las visitas clandestinas a los cines porno del centro, de los videojuegos llenos de pixeles morbosos, hoy por fin están al alcance de mi vista todas esas mujeres jóvenes sin ropa.

Llego a la marea, hipnotizado por las formas, los tonos y texturas de todos esos pezones, mi mente nublada trata de escapar de la inmensa maraña de pelo púbico que la inunda. No sé cuánto tiempo llevo mirando el horizonte, sintiendo por mis rodillas llegar las olas y alejarse hasta mis tobillos; tampoco sé cuántas veces trató de llamar mi atención hasta que la tuve a mi lado y roza con su brazo el mío.

El súbito contacto de su piel me hace reaccionar a medias, un susto, primera mirada, cercanía, nervios, timidez, ojos veloces, de nuevo en trance, boca flácida, cerebro vacío.

– Hola –seguida de una sonrisa sincera en un acento extranjero.
– Ho-oooo-la –mi respuesta.

“Me quiero morir”,“idiota”, “¿estoy soñando?”. Mi mente, o lo que queda de ella, no puede responderse a sí misma.

– ¿Es tu primera vez cierto? –ahora su sonrisa esconde una pequeña condena de burla, pero sigue pareciéndome la mujer más bella en la historia de la humanidad.

Apenas alcanzo a ejecutar un “sí” con la cabeza, ¿tendrá 25? Quizá llegue a los 30, el doble que yo ¡No me importa! ¿Acento venezolano, colombiano? Tampoco importa, ¿por qué no logro apagar mi cerebro incluso en estas condiciones?
Mientras juego adivinanzas mentales conmigo mismo, ella ya recibe a las olas antes que yo, se ha adentrado un par de metros más en la inmensidad marina y la espuma salada se atora entre su abundante cabellera inferior, es entonces que vuelvo un poco a mi corporalidad y por fin me doy cuenta de que mi pequeño amigo se ha transformado y le es insuficiente el espacio de la licra, no sé desde hace cuánto tiempo estoy así, quizá lo suficiente para ser el objeto de su inferida burla en la última sonrisa.

–¿Vienes?

Estuve en el agua, flotando a la deriva hasta que el sol se escondió, no podría describir todas las cosas que me hizo, no podría recordar cada detalle de sus poros abiertos, pero lo que sí sé es que no cambiaría por nada el día que conocí el amor, ese tremor eléctrico recorriendo mi cuerpo entero por un segundo para esfumarse en un breve suspiro ahogado en agua de mar.

El amor no era eso que me habían contado las monjas y profesores en aquel colegio religioso tan prestigiado, fuera de las convenciones moralistas, el amor está en los pezones, en las tetas, en el sexo, en las saladas sorpresas, en la arena entre las uñas, en un acento extranjero, en ilusiones rotas, en noches perdidas, en parejas pasajeras, el amor está en reconocer todos los cuerpos como el de uno mismo, el amor es descubrirse a sí mismo a partir de los demás.

Hoy, diez años después de mi primer visita, vuelvo a “Playa Guajolotes”, siendo consiente que ya no soy un polluelo, que cada vez estoy más cerca de ser uno más de los que le dan nombre a este edén. Después de tantas experiencias, de una sola noche, de meses o de un par de años, ahora sé que el amor no tiene género, no tiene horario ni formas preestablecidas, el amor es incontenible, como este mar de cuerpos que le dan sentido al oleaje de nuestras vidas.

This Post Has One Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *