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Star Wars y las ventajas de ser “old fashion”

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Arte digital de Airy Nicole Contreras (@airyptica)

La incomodidad que produce en un melómano y geek de la música de cine escribir sobre John Williams es casi semejante a la frustración que siente un argentino ante su incapacidad de encontrar las palabras precisas para narrar un gol de Messi. Sin embargo, con relativa frecuencia uno cae en la tentación de jugar al fotógrafo inexperto que intenta capturar a un hombre empeñado en permanecer fuera de foco.

Más o menos a los diez años, cuando yo aún era un novato en los asuntos cinematográficos, solía tararear la melodía que inaugura la saga galáctica. Por entonces la música era para mí algo que no podía imaginar separada de las imágenes. La simple idea de que ambos elementos eran creados por personas distintas me resultaba inconcebible. Años después, ese proceso de invención paralela me pareció asombroso.

La opinión general insiste en nombrar a John Williams el heredero universal de una tradición inaugurada por Richard Wagner —sí, la tradición del leitmotiv que parece fascinarle tanto a la crítica—. Desde luego que existe una incuestionable presencia wagneriana en la música del compositor neoyorquino, pero hay una diferencia sutil: Wagner no tuvo la fortuna de vivir hasta 1890, cuando Nueva Orleans estrenó la primera forma definida del jazz.

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George Lucas y John Williams haciendo el soundtrack para Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones, en los estudios Abbey Road. Foto: REX PICTURES.

En 1977, cuando George Lucas mostraba al mundo su inesperado universo intergaláctico, el jazz se había consolidado y tapizaba en buena medida las producciones cinematográficas; Williams —hijo del baterista del Raymond Scott Quintet— ya era un experto en el género. El boom del rock and roll y la irrupción de la televisión en el panorama cultural  habían transformado la forma de hacer cine y, naturalmente, la música que se componía para él. El terreno era propicio para un éxito garantizado. Pero Lucas —un nadador a contracorriente, después de todo— no estaba dispuesto a seguir la tendencia comercial que los productores habían instaurado tiránicamente. Además, tan pronto como comenzaron a proyectarse los primeros avances de Star Wars: Episode IV- A New Hope, la consternación colmó al director y a los ejecutivos de la Fox, pues los espectadores abuchearon cada disparo láser y se pitorrearon de la que, según el tráiler, sería una “historia de rebelión y romance”.

Desde que trazó sus primeros bocetos, Lucas sabía que su historia debía sonar, al mismo tiempo, heroica y habitual; quería un estilo musical que la audiencia pudiera adoptar como suyo sin las dificultades que implica mirar al futuro. Apenas unos meses antes del estreno, Steven Spielberg, un amigo mutuo con quien Williams había probado su potencial narrativo con la música de Jaws, introdujo al compositor con George Lucas. A Williams le ofrecieron el empleo más infame que puede contraer un compositor (porque en los negocios los empleos no se obtienen, se contraen). Su labor consistía en editar y ajustar a la película algunos fragmentos de Los Planetas, una obra magistral que Gustav Holst compuso en 1916. Con orgullo de creador, John convenció al productor de que él era capaz de escribir algo original que mantuviera el mismo espíritu, e incluso mejorarlo. El resultado alcanza una condición tan rara como peligrosa cuando se habla de música: la perfección.

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Arte digital de Airy Nicole Contreras (@airyptica)

La música es el elemento, a veces inadvertido, que nos vincula con lo que hay de universal en la narración.

La música de Star Wars funciona como una máquina que intensifica los significados. Convierte una escena notable en una memorable y desliza una insinuación de maldad al terreno de lo verdaderamente siniestro: el lado oscuro. Pero el engranaje sólo funciona porque hay algo en la película que suena familiar y que, sin embargo, es completamente nuevo. Con destreza de mago, Williams reunió sus influencias tradicionales y contemporáneas. Esa combinación de lo habitual con lo desconocido es el truco maestro del compositor.

No es una coincidencia que la música nos anule en la butaca mientras esa inconfundible tipografía amarilla nos conduce a “una galaxia muy, muy lejana”, o que la impotencia de un derrotado Luke Skywalker que mira cómo dos soles se ponen en el horizonte de Tatooine nos haga sentir el fracaso como si fuera nuestro. La música es el elemento, a veces inadvertido, que nos vincula con lo que hay de universal en la narración.

Una afortunada sincronía reunió a un explorador de la tecnología con un contador de historias futuristas. Doce años antes de que George Lucas deslumbrara al mundo con la película inaugural de la serie, Ray Dolby, un ingeniero estadounidense que emigró al Reino Unido, había fundado los Laboratorios Dolby con la intención de desarrollar un sistema que redujera considerablemente el ruido que se generaba durante la filmación. Pocos meses después la compañía presentó el Dolby Sound System, que para 1976 ya se había convertido en el sistema Dolby Stereo. Incorporar esta novedad tecnológica al proceso creativo de la película fue un acierto doble: extendió las cualidades acústicas de la película y le dio a la orquesta una profundidad abismal. Los sonidos no tenían que disputar un lugar en el espectro, por lo tanto no se anulaban mutuamente. John Williams logró que su orquesta sonara tan poderosa como imponente, una ventaja que cualquier compositor de la época habría deseado. Con sus metales explosivos y sus percusiones monumentales consiguió un contacto casi físico con la audiencia.

El estreno del capítulo VII es la evocación de una nostalgia setentera, pero también una manera de reclutar nuevos admiradores. La probabilidad de conseguirlo es alta porque este renacimiento apela también a nuestra parte más inocente, la que se asombrará nuevamente cada vez que escuche a una orquesta colosal mientras observa el infinito estrellado. Contratar a Williams es, además, el homenaje a una tradición —o quizá a un imperio— que se extenderá por lo menos cuatro películas más. Aunque sospecho que el compositor pronto deberá heredar la corona, es inevitable anhelar que la música le dure lo suficiente.

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Ángel Soto

Compone música para contar historias. Es hispanoescribiente, lector infatigólogo y le apasiona el lenguaje. Desconfía de los días soleados.

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