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Todos mis amigos son animales: el caso de los ‘Disney sidekicks’

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Arquímedes, Sebastián, Abú, Zazú, Meeko, Filoctetes, Mushu y Terk en versión “minimalista” por JorisLaquittant

¿Qué sería de Aladdin sin Abú, de Anna y Elsa sin Sven, de Pocahontas sin Meeko, de Hércules sin Pegaso, de Ariel sin Flaunder y Sebastián, etcétera, etcétera, etcétera?

Cuando Disney le mostró al mundo el teaser de Zootopia, su más reciente cinta animada, experimenté dos grandes epifanías. La primera: aunque ha sido un concepto que la compañía ha usado por años, era la primera vez que anunciaban explícita y textualmente que estaban haciendo una película sobre animales antropomorfos. Y la segunda: fueron tan cínicos que la promocionaron como algo nunca antes visto (never seen be-fur). Y sí, la idea de una ciudad habitada exclusivamente por animales de acuerdo a su especie –y su subtexto sobre racismo y reclusión– es muy novedosa. Pero Disney ha antropomorfizado animales prácticamente desde que se les ocurrió que Mickey Mouse era un ratón.

Obviamente no fueron los primeros, pero sí han sido los mejores en crear personajes peludos y parlantes. El reino animal siempre ha poblado de una manera u otra los universos de Disney, a grado tal que es difícil encontrar excepciones, más aún si ignoramos las películas de Pixar (¿tal vez Atlantis (2001), Ralph el demoledor (2012), La familia del futuro (2007) o Grandes Héroes (2014)?); de hecho, los animales son parte de la fórmula mágica con la que, según montones de críticos, están confeccionadas sus narrativas. Junto a la figura paternal ausente y la música infecciosa, siempre estarán ahí acompañando al protagonista animado o siendo el protagonista.

Y fue en este tren de ideas que tuve una tercera epifanía: cuando el héroe no es un animal en las películas de Disney, su aliado lo es. Existe una necesidad aparentemente inexplicable de que el compinche, el segundo-al-mando, el sidekick del protagonista, sea un animal. En ocasiones pueden hablar, en otras no, y pueden ser aves, mamíferos e insectos, pero es un elemento esencial para que toda película de Disney se sienta completa, al menos durante el periodo del Disney renaissance que comprende de 1989 a 1999. Es un elemento esencial que puede viajar al hombro del protagonista, o en su caso, ser su medio de transporte. ¿Qué sería de Aladdin sin Abú, de Anna y Elsa sin Sven, de Pocahontas sin Meeko, de Hércules sin Pegaso, de Ariel sin Flaunder y Sebastián, etcétera, etcétera, etcétera? ¿De dónde salió este patrón tan inquebrantable? ¿Quién los puso ahí? ¡¿Qué?!

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La gran biodiversidad de los Disney sidekicks está también implicada en el hecho de que hasta algunos sidekicks tienen sus propios sidekickcs. Véase Cleo y Fígaro en Pinocho (1940), por ejemplo.

La verdad es que mientras intento responder esas preguntas, me siento como si buscara un juguete dentro de una caja de cereal. Pero qué diablos. Debo admitir que mi fanboyez por Disney no se ha diluido ni un poco desde que era niño, y en parte se debe a que, según el mismo Walt Disney, sus historias están hechas para gustar a cualquier persona, de cualquier edad, raza, género, cultura y época. No obstante, cada vez que los animales entran a escena, algo en ellos me remite inmediatamente a la niñez y hacen que me caiga el veinte de que estoy viendo una película para chavitos. Hay un vínculo inquebrantable entre los animales y la infancia. Si no lo hubiera, no habría galletitas con sus formas.

Parte de ello tiene que ver con la literatura infantil y juvenil, en la cual, desde sus orígenes, los animales han servido como el medio didáctico para mostrarle a los niños lecciones de vida que de otra forma serían muy difíciles de explicar. Sus características juguetonas e inocentes ayudan a que los infantes se sientan identificados con ellos y puedan asimilar más fácilmente cualquier historia. Al poner a los animales a actuar, también se crea una distancia emocional e intelectual que permite explorar problemáticas controversiales desde un lugar seguro, tal y como ocurre en las fábulas de Esopo y la artimaña ésa de la flor y la abejita. De muestra, imagínense cómo se vería el corto nazi del Pato Donald con humanos en live action.

Pongan esto en live action y van a ver cómo todos pierden la cabeza. Un momento, eso ya pasó.

Entonces, no es de extrañarse que Disney esté poblado de animales. La compañía le habla especialmente a los niños, y por lo tanto, usa estos mismos trucos. Clásicos como El zorro y el sabueso (1981), La dama y el vagabundo (1955) y Robin Hood (1973) son básicamente eso: fábulas con temáticas socialmente provocadoras pero disfrazadas con rabos y orejitas; segregación, discriminación y clasismo son algunas de ellas, de hecho, Zootopia es el ejemplo llevado al extremo. Pero el fenómeno de nuestro interés surge cuando Disney decide que los protagonistas son humanos, y los animales quedan relegados a ser sus aliados o sidekicks.

A grandes rasgos, según Carl Jung, los aliados o sidekicks son personajes que le ayudan al héroe a enfrentarse a un mundo desconocido. Aunque son importantes en cualquier historia, usualmente tienen apariciones breves e instrumentales; Robin, Sancho Panza y John Watson son algunos de los más célebres. Pero curiosamente, los aliados también le pueden ayudar al espectador a enfrentarse a ese mundo desconocido. Y cuando uno es niño, todo el mundo es desconocido.

Neil Gaiman, comiquero autor de Coraline, también apoya la idea de que los aliados jóvenes ayudan a que la audiencia infantil se identifique mejor con los problemas de los protagonistas adultos. Y en realidad, los animales son como niños peludos, pues ambas son criaturas que viven fuera del contexto social y político de los mayores. De ahí a que Disney siempre se vea obligado a incluir alguno aun cuando la historia parezca no requerirlo. Los aliados animales facilitan esta interacción; le hablan al héroe y a los niños al mismo tiempo. Perfecto. El problema es que no todos los animales hablan.

LA BIODIVERSIDAD

Los animadores se esfuerzan por hacer un personaje de cada uno de ellos, y buscan dotarles la misma personalidad sin importar su tamaño o especie.

El caso de Mulán (1998) es el colmo. No hay un solo aliado, sino tres. Por un lado tenemos a Cri-kee, el grillito de la suerte que es más bien el sidekick de los otros dos; por otro a Khan, su fiel corcel, y finalmente a Mushu, el dragón que es más bien la voz de la conciencia de Mulán –en voz de Eugenio Derbez, por cierto–. Los dos primeros son casi irrelevantes por ser mudos, y su antropomorfismo solo les alcanza para hacer caritas graciosas. Mushu, por el contrario, se preocupa por la seguridad de la protagonista y hasta se pone a discutir con ella.

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Deshonra a tu familia y a tu vaca. Mulán (1998).

Aprovechemos este exceso de animales alrededor de Mulán para analizar las diferentes funciones de los aliados. Por una parte, sirven para ser el comic relief, o en otras palabras, ser cagados. Los sidekicks suelen ser ridículos para aliviar la tensión de las escenas excesivamente dramáticas, tal cual hace Kri-kee prendiéndose fuego, o Pascal vistiéndose de mujer en Enredados (2010).

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Los animadores decidieron que los ojos de Pascal fueran fijos y no independientes, como en los camaleones reales, para que no se viera tan tenebroso.

Los sidekicks también sirven para que el héroe tenga alguien a quien contarle sus penas y que por extensión todos en el cine entendamos de qué va la historia (lo que en guionismo se llama exposición). Es especialmente divertido cuando el animal en cuestión no habla, lo que hace aparentar que el héroe está en un soliloquio. Véase Mulán quejándose con Khan, Jasmín desahogándose con Rajá, o Esmeralda relatándole sus desventuras a la cabra esa que la acompaña (que por cierto se llama Djali).

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¿Quién diablos se acordaba de la cabra esa llamada Djali?

En un sentido más amplio, los sidekicks animales también sirven como una interesante trampa para los personajes principales. Debido a que estos tienen que ser autosuficientes, la ayuda que se les ofrezca tiene que provenir de alguien no muy fuerte. Los animales son una buena manera en que los protagonistas pueden recibir ayuda sin que se vean muy débiles. ¿Qué tal los ratoncitos confeccionándole un vestido a Cenicienta? ¿O Abú demostrando que logró robar la lámpara mágica de las manos de Jafar cuando queda atrapado en la cueva con su amo?

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Los sidekicks también se meten en problemas para que los protagonistas no tengan que hacerlo. Aladdin (1992).

Una última característica es también un poco perturbadora. El hecho de que el sidekick sea un animal permite que el personaje principal no se sienta atraído sexualmente a él. Pero tiene sentido, ¿cuánta gente creía que Robin era gay por su incuestionable lealtad a Batman? El aliado debe ser alguien sumamente allegado a su compinche, pero no al grado de que parezca que quiere con ella o él. Según el autor Neil Shyminsky de la Universidad de York en Toronto, es por eso que una gran cantidad de sidekicks son más bien asexuales. Después de todo, al final de la película no nos debemos sentir mal porque el aliado no consiguió pareja, especialmente si es un animal. Estamos tan ocupados celebrando el éxito del héroe que no nos damos cuenta de que el mono ese de Tarzán sorprendentemente era hembra.

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Terk es la changa andrógina que iba a ser hombre hasta que Rosie O’Donnell audicionó para su voz en inglés y se quedó con el papel.

Es así que estos personajuchos conforman una indispensable caja de herramientas para hacer una historia más ágil e interesante. Sin embargo, estamos dejando en entredicho otra paradoja importante, una a la que por cierto Disney no le pone mucha atención. ¿Por qué diablos Cleo y Fígaro no pueden soltar sermones sobre la vida al igual que Pepe Grillo? ¿Por qué Tiana no le entiende a su príncipe convertido en rana? ¿Por qué Dumbo JAMÁS habla si es el protagonista? Disney le otorga el derecho de la palabra a sus personajes animales como se le venga en gana y de acuerdo a su conveniencia. El mismo Búho erudito amigo del mago Merlín, apenas y puede bailar en La bella durmiente. ¿Su mutismo los hace menos importantes?

En realidad, no. Los animadores se esfuerzan por hacer un personaje de cada uno de ellos, y buscan dotarles la misma personalidad sin importar su tamaño o especie. Es decir… Una maldita cucaracha es la compañera de Wall-e. Los artistas de Disney observan y estudian detenidamente los comportamientos y movimientos de animales reales para luego añadirles sus buenas dosis de antropomorfismo, que pueden ir desde simples expresiones faciales hasta la completa elocuencia. El equipo de Zootopia, por ejemplo, se fue a trabajar (según ellos) a Disney’s Animal Kingdom y Kenya para estudiar los ciclos de caminado de los mamíferos de la cinta. Pero el nivel de caracterización humana irá de la mano con la función que tendrá el animal en la historia. Después de todo, no creo que los pajaritos que le ponen el vestido a la Cenicienta tengan mucho que decir.

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La dosis de antropomorfismo Disney depende de la finalidad que tenga el personaje. Comparación entre Enredados (2010) y Zootopia (2016)

Quisiera aventurar una última hipótesis. Disney ama a los sidekicks animales porque todo mundo ama a los perros. En serio. Hay quien diría que el amor fraternal más puro es el que se da entre el amo y su mascota, y qué mejor lugar para colocar a un animal que en el arquetipo del aliado. Eso sin mencionar que un montón de personajes, incluyendo a Stitch, Meeko, Pegaso, Aquiles, Maximus y Sven, son más perros que otra cosa. Más aún, si miramos ejemplos fuera de Disney, los aliados animales son, en realidad, meras mascotas. Pensemos en Hedwig, la lechuza de Harry Potter; Toto, el pequeño terrier de Dorothy en el Mago de Oz; o Milú, el perro de Tintin. Supongo que Chewbacca es la excepción.

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Hedwig cuando todavía no se moría en Las reliquias de la muerte.

Tras esta detallada revisión bajo el capó, creo que he llegado a mi cuarta epifanía. Los humanos somos tremendamente dramáticos por naturaleza, y necesitamos la perpetua compañía de un bufón. Llámenlo mascota, mejor amigo, hermano menor o niño interior, lo que les funcione. Por mi parte, creo que por eso no he dejado de ser un fanboy. Disney es la gran fábrica de fábulas de nuestro tiempo, y por más que nos afanemos en criticar sus fórmulas de siempre, para muchos de nosotros es el aliado animal que nos recuerda que alguna vez fuimos niños.

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Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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