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Tolkien y un país en guerra consigo mismo

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En octubre de 2015 El Señor de los Anillos cumple 60 años de ver el mundo a sus pies.

¿Qué tienen que ver J.R.R. Tolkien y su obra cumbre, El señor de los anillos, con México, si –para recurrir a una frase hecha que, a buen seguro, ya resulta en extremo chocante– nuestro bien amado país está inmerso en problemáticas complejas, multimodales y, en muchos casos, terribles?

A lo largo de su azarosa historia, las andanzas nacionales se han armado y desarmado a sí mismas como en caleidoscopio, configurando todo tipo de “verdades históricas”, por un lado, y movimientos desmitificadores, por el otro, que desembocan (con frecuencia, sin querer) en lo que oficialmente llamamos realidad nacional.

Ante tal estado de las cosas, ¿por qué un mexicano promedio tendría que leer una obra de fantasía que, aparentemente, no ayuda a resolver ni un ápice de este desolador panorama? ¿Por qué no dedicar el tiempo que nos tomaría leer el medio millón de palabras que tiene esta obra de Tolkien a cosas productivas como la economía, la política, la defensa de los derechos humanos u otros temas vitales para la cotidianidad? Aún más, ¿por qué nadie tendría que leerlo? Después de todo, a su autor se le ha llamado –de modo enunciativo, más no limitativo– sexista, fascista, escapista, racista, chauvinista, nostálgico, atávico, infantil, conservador y fantasioso; por lo que, con tales credenciales, cualquier connacional –y, ya entrados en gastos, cualquier persona– debería, en el mejor de los casos, sonreír con desdén y pasar a otra cosa o, en el peor, clamar (preferentemente en Facebook o Twitter) que la obra de este profesor de Oxford, en particular, y la fantasía, en general, deberían de ser erradicadas del mundo de las letras a sangre y fuego. Sin embargo, esto no es así. 

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Fueron 15 meses de rodaje en Nueva Zelanda para grabar la trilogía de El Señor de los Anillos. El presupuesto de la producción fue de $285 millones de dólares.

Mexicanos, ingleses, tailandeses, belgas, sudafricanos y nativos de otra miríada de nacionalidades disfrutan por igual la narrativa de El señor de los Anillos, sin importar sus circunstancias locales ni historia personal, y lo han hecho por sesenta años, lo cual, al menos para el que esto escribe, representa como mínimo un hecho digno de mención.

Y esto no es nuevo. Aún antes de que se convirtiera en una aplanadora económica, vía blockbuster y recaudara millones de dólares en productos y parafernalia, ya era considerada una obra cumbre de la literatura del siglo XX, muy por encima de algunos autores denominados clásicos. Y se había colado de algún modo en el corazón de millones de lectores, provenientes de los más distintos entornos, generando por el camino movimientos sociales de toda índole. Lo que hace inevitable otro par de preguntas: ¿Qué hace que una obra literaria de esta índole trascienda tiempo y espacio? ¿Cuál es su receta para mantenerse vigente después de que las condiciones en las que se ideó y escribió ya son materia de los libros de historia? 

La respuesta no es sencilla, pero para muchos de los estudiosos especializados en los textos de Tolkien si es conocida: la preponderancia del mito en la memoria colectiva. Suele creerse que el mito es, por defecto, una mentira. Una colección de historias falsas pergeñadas para enseñar alguna certeza moral. Sin embargo, para Tolkien el mito era exactamente lo opuesto: una verdad trascendente muy oculta en el entramado de las historias, que el hombre conoce intuitivamente, pero no puede asir; que es inmaterial, pero no menos real que las percepciones de los sentidos y que sólo puede expresarse correctamente a través del conocimiento de las raíces del lenguaje. 

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La saga de El Señor de los Anillos comenzó en 2001 y finalizó en 2014, recaudando $5,895,819,745 dólares a nivel mundial.

Una anécdota refiere que un compañero de Tolkien, al haber ya leído una parte de El señor de los anillos, le cuestionó respecto de cómo terminaría el texto. El autor contestó llanamente: “Aún no lo sé, pero voy a descubrirlo”, dando a entender que el concebía su obra como real, no en el sentido de que lo ahí relatado hubiera ocurrido en el mundo objetivo, sino como una ventana hacía estas verdades profundas que los hechos cotidianos no alcanzan a abarcar. 

Ahora bien, ¿por qué estos elementos trascendentes tendrían que transmitirse en forma de cuentos fantásticos como los narrados por Tolkien? Una primera, y personal, respuesta sería la popular frase que dice que el hombre puede vivir sin libros pero no sin historias. Sin embargo, el reconocido filósofo de la cultura Walter Benjamin, en su ensayo “The Storyteller” va más allá:

Un gran narrador de historias siempre estará enraizado en la gente, y será consciente de que el cuento de hadas es hasta el día de hoy el primer tutor de los niños, debido a que fue el primer tutor de la humanidad y sigue viviendo secretamente en todas las historias. 

Como toda esa tutoría, y como la narrativa de Tolkien, ambas no intentan de ningún modo imponer una visión o dictar una escala de valores, sino que dejan que estos se filtren en la historia de tal manera que el lector se haga partícipe y pueda descubrir sus propias respuestas a lo largo de las páginas, reconectándose inadvertidamente con ese trasfondo mítico que nos muestra que los humanos somos más parecidos de lo que se piensa y que, al contrario de lo que se ha dicho de manera simplista sobre El señor de los anillos, hay más escalas de gris que extremos bien definidos.

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La trilogía de El Señor de los Anillos ocupa el 3er sitio de los 50 libros más leídos y vendidos del mundo con más de 103 millones de copias. 

Así pues, lo relevante de las historias de Tolkien no tiene que ver únicamente con el estilo o la información evidente que puede advertirse en ellas, sino con ése componente trascendente que nos habla de manera discreta, que prescinde de nuestras circunstancias individuales y que, si lo dejamos, nos toca profundamente sin importar más nada. En suma, esta novela y la obra en general de J.R.R. Tolkien puede gustar o no, pero su profunda miga es sólo una extensión de ese vasto bagaje que se nutre de la experiencia del hombre y del que probablemente nunca nos desharemos mientras lo sigamos siendo. 

Para culminar esta pequeña reflexión, se puede citar a Verlyn Flieger, especialista en mitologías comparadas y en la obra de J.R.R. Tolkien: 

¿Por qué cualquiera debería leer a Tolkien? Para confortarse, por entretenimiento y, aún más importante, para una comprensión más profunda de la ambigüedad del bien y del mal y de los dilemas éticos y morales de un mundo envuelto constantemente en guerras consigo mismo.

Un saco que parece cortado a la medida para México y los mexicanos.


Gerardo Cuevas

Integrante de la Sociedad Tolkiendili de México desde 1999. Gusta de la lectura y la divulgación científica.

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