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Vacas, cerdos, changos y brujas: zoomorfismo en el cine

PS

2001: A Space Odissey, de Stanley Kubrick (1968).

Animales zoomorfos y humanos animalescos, potencialidad duplicada en mitos inmemoriales perpetuados por el cine, espejo de nuestras vergüenzas y orgullos de changuitos sin pelo, monos desnudos que han conquistado el espacio como lo mostró imponentemente Stanley Kubrick en “Odisea 2001” (1968).

Nunca olvidaré el amargo estupor que me produjo la apocalíptica escena final de El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1968), aquella donde el coronel George Taylor (Charlton Heston) descubría que el lugar donde habitaba una raza de asquerosos simios humanizados era nada menos que la Tierra, nuestro querido hogar. Él pensaba que, tras un encantador viaje intergaláctico, había errado de destino, aterrizando en un planeta cualquiera donde una raza de violentos changos parlantes escalaba apenas el ciclo evolutivo para llegar algún día a convertirse en prósperos humanos. Pero cuál sería su sorpresa al entender que la darwiniana evolución había metido reversa para volver a criar antropoides dotados de pelaje crespo, morros babeantes y narices chatas que se habían apropiado del preciado tesoro de la inteligencia, antaño exclusivamente humana. Por lo tanto el horror del momento era inenarrable: si el coronel ya se encontraba en casa, no había otro sitio a dónde huir.

En la tenebrosa cinta, el pobre Taylor era considerado por los dominantes simios una mutación de los humanos distópicos que, en ese punto de la historia, habían perdido su capacidad de hablar. La malnacida élite de primates no quería saber de otras especies verborreicas puesto que los únicos que se repartían el pastel –sabor a plátano, por supuesto– eran ellos, que lucían atractivas caras y cuerpos de chango. Así, Taylor fue perseguido y humillado, stalkeado y buleado, por este grupo de auténticos hijos de la changada. Pero al aislarse de los simios y llegar exhausto hasta un remoto paraje, descubría horrorizado a la Estatua de la Libertad destrozada y en ruinas, comprendiendo de golpe que los simios representaban insospechadamente una procaz evolución del género humano.

final de "El planeta de los simios" (1968)

Aunque El planeta de los simios ha sido objeto de nuevas versiones fílmicas y televisivas, aquella primigenia metáfora del cine de los años 60 está más vigente que nunca. Hoy, que hemos industrializado sin piedad los procesos reproductivos de vacas, cerdos y pollos, nos situamos como la tiránica especie que domina el planeta cual gorilas dorsicanos en la selva de Tanzania. Si por casualidad surgiera un espécimen irregular entre algún animal doméstico o salvaje, que alzara la voz para reclamarnos la pertinencia de nuestros procedimientos, seguramente lo aniquilaríamos como los simios antropomorfos hicieran con la tripulación de la nave de George Taylor. De hecho, en películas cómicas como Pollitos en fuga (Chicken Run, 2000) se plantea esa posibilidad, la de una rebelión en la granja –con resonancias de la inmortal novela de George Orwell– que debe ser sofocada a toda prisa. Sin embargo, nos lo tomamos a broma y hacemos de esta posibilidad improbable una comedia infantil, con personajes de animación y vocecillas chillonas que pongan en evidencia lo que nunca sucederá –porque no habremos de permitirlo– el que unas miserables gallinas se nos suban a las barbas. 

ANTOPOLOGÍA DE BOLSILLO

Los animales son, desde remotos tiempos, nuestra alteridad, el espejo en que contemplamos miserias y grandezas de la especie humana. A veces nos comparamos con los más salvajes cuando se nos salen de control los instintos: burro, gato, cerdo, insecto (“Jumil”, nos diría Federica Peluche). O bien, nos equiparamos con especies majestuosas cuando exacerbamos nuestras cualidades humanas: león, toro, águila, lince (hasta “Potrillo” como cierto cantante). A fin de cuentas todos formamos parte del reino animal y no hay una especie mejor que otra, todas son necesarias al ecosistema y representan la cúspide de su propia evolución. Ya no vivimos los dogmáticos tiempos en que nos creíamos el centro de la creación universal pero de todas formas actuamos como si lo fuésemos y nos montamos en todo tipo de caballitos de batallas según se nos va ofreciendo.

No es ésta una diatriba vegetariana, pues a continuación diremos que comer la carne de otros animales no solo es un acto de supervivencia sino también de magia: al ingerir un buen trozo de arrachera estamos asimilando la identidad del vacuno que se sacrificó por nosotros. Comer es un acto sagrado en que el hombre asimila no solo la carne sino el espíritu de vacas, cerdos y pollos (o bien de caballos, perros y ratas según la calidad del restaurante), como lo señala el disruptivo antropólogo americano Marvin Harris en su best seller Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974). 

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Hay 193 especies vivientes de simios y monos, 192 de ellas están cubiertas de pelo. La excepción es un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo Sapiens.

En este sesudo texto se nos informa que la alimentación humana está intrínsecamente relacionada con mitologías y creencias que en realidad esconden la utilización más eficiente de los ecosistemas en cada región. Las vacas eran sagradas en la India y preferían no comérselas (antes de la irrupción de McDonalds en Mumbay) por tratarse de un sistema de vida de bajo consumo energético. El puerco era un animal maldito para los hebreos por los designios divinos del Antiguo Testamento pero también por tratarse de una especie que requiere más lodazales que los disponibles en el desierto del Sinaí. Harris echa por tierra los tabúes del pensamiento mágico para esclarecer los motivos pragmáticos del amor y el odio que albergamos por ciertas especies animales, verdaderos motivos de nuestras zoofilias y zoofobias. Por desgracia, Harris no alcanzó a dar su opinión sobre nuestros actuales Perrhijos y Gathijos pero seguramente hubiese aprobado ese amor filial tan refinado.

¡ÉSE SE ESTÁ HACIENDO BUEY!

Más allá de la antropología, el cine visualiza la mixtura entre humanos y animales. Multitud de historias muestran la conversión de hombres en diversas especies, algunas malignas como los sanguinarios vampiros o los peludos hombres lobo, y otras heroicas como el hombre araña o el hombre murciélago. La anticuada mentalidad del hombre antiguo creía posible la trasmutación mágica, unas veces para degradar a la especie –como los argonautas convertidos en cerdos por la bruja Circe– o bien para enaltecer sus cualidades –como el poderoso e invencible Minotauro, mezcla de ser humano y buey. El cine se ha beneficiado de nuestra vieja convicción de que las especies pueden interconectarse, gozando de la seguridad social que otorga un bendecido tótem (animal protector de la tribu) o repeliendo la voracidad de un vulgar nahual (animal mágico de los chamanes mesoamericanos). El hombre con rasgos zoomorfos o el animal antropomorfizado son variantes de una misma criatura que es terrenal y mundana a la vez, y por momentos, celestial.

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El hombre elefante (1980) estuvo basada en la vida de Joseph Carey Merrick, un hombre que sufría de deformidades en su cuerpo. Una de las teorías populares de su enfermedad era que su madre había sido asustada por un elefante.

Numerosos ejemplos animalescos surgen de la cartelera. Tres son los que recuerdo con especial cariño: La mosca (David Cronenberg, 1986), una historia donde un científico experimenta con la teletransportación, pero un insecto irrumpe en el laboratorio y la prueba resulta en una asquerosa mosca –ciencia ficción no exenta de humor negro–; El hombre elefante (David Lynch, 1980) terrorífica historia basada en un personaje real, Joseph Merrick, cuya deformidad múltiple ocultaba una personalidad refinada y sensible; y Equus (Sydney Lumet, 1977) tremendo caso de un joven afectado por traumas psicológicos que lo indujeron a considerar a su caballo un dios y a mutilarlo para que no pudiese ver su iniciación sexual.

Animales zoomorfos y humanos animalescos, potencialidad duplicada en mitos inmemoriales perpetuados por el cine, espejo de nuestras vergüenzas y orgullos de changuitos sin pelo, monos desnudos que han conquistado el espacio como lo mostró imponentemente Stanley Kubrick en “Odisea 2001” (1968).

PARA LEER MÁS

  • Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Harris, Marvin, 1974.
  • El mono desnudo, de Morris, Desmond, 1967.
  • El mono que llevamos dentro, de De Waal, Frans, 2005.

Armín Gomez

Catedrático del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Ciudad de México. Autor de “Ancestrales hechizos de amor” (Ediciones del Ermitaño) y “El hipogrifo teatral, historiografía y teoría teatral”.

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