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Vampire Hunter D: Bloodlust o La delgada línea entre el refrito y el homenaje

ANIMANGA CON PALILLOS

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Imagen de Drácula en la película de Francis Ford Coppola de 1992.

El mito del vampiro, ya lo sabemos, es uno de los más populares y extendidos en los últimos años, pero también parece que es de los menos comprendidos.

Si vemos cómo pinta el panorama entre nuestros amigos (y nosotros mismos, no nos hagamos) podemos identificar tres tipos de espectadores principales: 

1)  los que enloquecen con la romántica idea del vampiro hermoso y atormentado por sus traumas de ente eterno; 

2) los que detestan todo lo que tenga que ver con chupasangres por asociarlos con drama al %1000, ambigüedad sexual y kilos de brillantina; 

3) los nostálgicos conocedores del “verdadero” nosferatu, que se sienten ultrajados por muchas de estas nuevas representaciones.

  Como quiera que sea, entre estos extremos se mueven algunas obras muy interesantes, construidas de tal manera que podrían satisfacer todos los gustos e incluso un poquito más. Una de ellas es Vampire Hunter D: Bloodlust, ya un clásico del 2000 y secuela de la OVA Vampire Hunter D, de 1985.

Nosferatu

Imagen de la película Nosferatu, una sinfonía de horror (1922) de F.W. Marnau.

VAMPIRE HUNTER D: BLOODLUST

La idea original del autor, Hideyuki Kikuchi, es la de un cazador de vampiros (¡oh, sorpresa! mitad vampiro, mitad humano) llamado simplemente “D”, que pulula por un mundo posapocalíptico nuclear y en donde se combinan la magia, la tecnología y el Viejo Oeste; el ilustrador oficial de las novelas, Yoshitaka Amano, nos muestra a un jinete con un gran sombrero, de cuerpo espigado, con laaargas pestañas y rasgos delicados.

En Bloodlust, D es contratado para rescatar a una joven que ha sido raptada por uno de los vampiros más crueles y desalmados: Meier Link. A lo largo de su camino, se encuentra con los hermanos Marcus, también cazarrecompensas, y los Barbarois, una tribu de monstruos terroríficos que tienen por misión proteger a su amo. Después de varios días de búsqueda, se revela que la chica, Charlotte, se ha enamorado de Meier y éste le corresponde de corazón (todo lo cual remueve recuerdos dolorosos en la memoria del cazador). Al final, D y Leila, la única sobreviviente de la banda de los Marcus, se convierten en testigos de una trágica historia de amor.

“¡No, bueno! ¡Qué original, ¿eh?!” dirán ustedes, con toda razón. A lo que yo contestaré: “¡Espérenme, compas! Es que lo genial está en la manera de contar el cuento.” Y no les estaría mintiendo.

Es cierto, una historia de amor que incluye vampiros es “lo mismo de siempre”pero tal vez haya una razón para que se busque asociar ambos elementos, y más aún en las últimas décadas.  Tal vez sólo nos guste pensar que es posible vivir por siglos gracias a un amor que nunca termina de consumirse.

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“D” en Vampire Hunter D: Bloodlust (2000).

Como sabrán, la novela original de Bran Stoker ha sido adaptada muchas veces, en especial en el séptimo arte, de donde viene la famosísima versión de Francis Ford Coppola (1992) quien le añade el elemento romántico para convertirse en todo un ícono. Esta película, considerada de culto, plantó semillas por todos lados y una de ellas floreció en el proyecto Vampire Hunter D: Bloodlust, de Yoshiaki Kawajiri, director y responsable del screenplay y el storyboard.

En verdad, además de sus elementos propios, aquí se hace un homenaje a la visión de Coppola sin caer en el refrito. A lo largo de la cinta, vemos escenas o acciones que nos guiñan en un gesto de complicidad entre ambas narraciones: el agua que se congela y las flores que se marchitan al sentir la presencia del depredador, el vampiro que debe enterrarse para recuperar fuerzas durante el día, el amante no-muerto que lucha por controlar su sed y se niega a beber de su amada, el ensueño de la pareja abrazándose en medio de una colina negra sembrada de velas encendidas, la carroza negra que escapa frenéticamente de los cazadores… Incluso la música, compuesta por Marco D’Ambrosio, recuerda a algunos movimientos o atmósferas creadas por Wojciech Kilar, el compositor de Drácula. Elementos que resultan hermosos e inquietantes al mismo tiempo y que constituyeron, en su momento, una firma artística del director de origen ítalo-americano.

Vampire Hunter D: Bloodlust de Yoshiaki Kawajiri

Por otro lado, también tenemos la enorme calidad de trazos, colores y animación. Los detalles de luces, sombras, texturas, fondos y acabados se hicieron con mucho cuidado, combinando tradiciones clásicas y góticas de varios países con elementos fantásticos propios del anime, entre otros estilos; detalles que establecen las diferencias entre aquellos que tienen pocos recursos y los que nadan en riquezas, entre los que viven durante un pestañeo y los que han visto pasar siglos sin inmutarse. Para los que nos enamoramos primero con los ojos, es casi pornográfico.

Aunque no sepamos muchos datos sobre este universo, aun cuando no hayamos visto la primera entrega, el conjunto de elementos visuales y narrativos nos muestran una historia completa y, es preciso admitirlo, muy triste. Para D, nuestro cazador mestizo, queda claro que los vampiros no sólo están condenados a la soledad, sino a la completa extinción. “Esa es la regla de la naturaleza”. 

¿Qué podría decirle a nuestros tres tipos de amigos? A los fans enamoradizos les recuerda lo trágica que en realidad es la eternidad; ¡al diablo la superfuerza o la posible belleza de ultratumba!, vivir por siempre no es glamoroso, no es deseable y no es soportable en términos humanos. No estamos hechos para ello, justamente porque ver cómo desaparece todo lo que amas y lo que eres a un ritmo vertiginoso provoca una locura irrevocable. A los vampirofóbicos se les presentan geniales golpizas y escenas gore de alta calidad, pero también se muestra la faceta humana de los seres míticos y su íntima relación con la sensualidad y la muerte (Eros y Tánatos, recitan los que saben); al pensar nuestra propia finitud, redimensionamos nuestra percepción del tiempo y aquello que consideramos valioso. A los nostálgicos conocedores se les ofrece el regalo de una estética coherente y la recuperación de elementos legendarios que vuelven al nosferatu un símbolo que oscila entre lo majestuoso y lo bestial, entre depredador de lo material y presa de un tiempo inexistente.

¿Y a mí? Bueno, de alguna manera, me ubico en el mero centro de las tres tendencias: me parece fascinante, pero me fastidia ver por todos lados estas figuras reinventadas para saciar anhelos mercadológicos y lamento la domesticación de ciertos símbolos. No obstante, Bloodlust se presentó como una propuesta tan bella como ominosa. ¿“Cruzar océanos de tiempo” con una insaciable sed de sangre y un profundo dolor o un total desprecio por la vida? No, gracias. Para eso existen los vampiros.

Áurea Xaydé Flores

Su primer contacto con el anime fue cuando tenía unos 4 años y vio por primera vez Los caballeros del Zodiaco. Desde entonces, adora el anime/manga, la mitología griega y el doblaje. También aprendió a usar los palillos.

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