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Vinieron del espacio exterior… y no dan miedo

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No nos tocaron a nosotros, pero la imagen se pinta fácilmente en nuestra cabeza. La sala a oscuras, palomitas en el suelo y la niñera dormida en el sofá; mientras el chiquillo que se supone debería estar cuidando come chatarra y disfruta una película nocturna, en blanco y negro, de alguna cosa del otro mundo, con mil ojos, de doscientos metros o del espacio exterior. Probablemente a escondidas porque sabe que esas películas no son adecuadas para su edad, y probablemente formaría parte de una dieta cultural más amplia en la que se incluyen cómics y videojuegos.

Ésta fue una postal recurrente en Estados Unidos desde 1960 hasta 1980, décadas durante las cuales diversas cadenas televisivas transmitían en su bloque nocturno una exquisitez denominada Creature Feature. Los jefes de programación de casi 15 ciudades americanas estaban de acuerdo en que, aunque las películas slasher y la ciencia ficción dura estaban en su apogeo en las salas de los cines, los monstruos clásicos de los 30, 40 y 50 en blanco y negro seguían siendo la onda en la televisión.

Este segmento de título genérico permitía abarcar de todo un poco: en él podías ver desde las clásicas cintas de los Universal Monsters hasta películas de horror británicas de los sesenta. El único requisito para ser transmitida en el Creature Feature era que la película incluyera a una criatura, ya sea del espacio exterior, una momia, un gorila gigante, un insecto mutante, cualquier ser fantástico. Pero seamos rigurosos: un vampiro no tiene por qué compartir el horario estelar con King Kong, y si bien ambos son monstruos, no podemos declarar que Drácula sea una monster movie en la tradición de otras como Alien (1998) o Cloverfield (2008). ¿O sí?

Lo cierto es que la “película de monstruos”, sea lo que sea, sigue en boga, o al menos nunca nos abandonó. Apenas en 2014, Godzilla obtuvo su rebooth a cargo del director Gareth Edwards y fue bien recibido por la crítica (menos por los japoneses, quienes dijeron que el lagarto era demasiado gordo para su gusto). Por otra parte, el largometraje coreano Gwoemul (2006), o The Host para las audiencias norteamericanas, reinventó el género al dotarlo de humor negro. Monster movies también podrían ser Jurassic World, a estrenarse este 2015, o Pacific Rim (2013), que además tiene elementos del animé mecha. En realidad, podríamos llamar monster movie a cualquier cinta que tenga a una criatura ficticia en conflicto con los humanos. El problema es que no tenemos idea de cómo definirla. Es un subgénero que no está académicamente reconocido y que está perdido entre los territorios del horror, la fantasía y la ciencia ficción.

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Jurassic Park (1993) de Steven Spielberg.

Hagamos un intento. Es útil aludir a una clasificación que el crítico Bruce Kawin hace en un libro llamado Horror and the horror film, en el cual explica que los subgéneros del horror se configuran a partir del tipo de criaturas que en ellos aparecen, ya sean monstruos, monstruos sobrenaturales o humanos. Por lo tanto, hablamos de películas de zombis, de fantasmas y de vampiros que pertenecen a la categoría de sobrenaturales. Michael Mayers, Freddy Kruegger y Jason Vorhees son humanos. Y King Kong, el monstruo de Cloverfield y las sanguijuelas gigantes, aquellos que nos ocupan, son monstruos; Simple y llanamente, son monstruos. Eso no ayuda mucho.

Pues bien, esta clasificación aparentemente estúpida o superficial es, de hecho, la clave para entender por qué las monster movies no son películas de horror, y de paso, por qué no dan miedo. En primer lugar, lo que diferencia a esta clase de antagonistas de los demás es que no tienen un origen sobrenatural, son destructivos y son mortales. Más aún, estos son los típicos insectos y animales gigantes que surgieron por primera vez durante la década de los cincuenta, época en la que se produjeron más de un centenar de películas y en la que nuestra mente se ubica cuando pensamos en ellas. Esas son las verdaderas, las más prototípicas y auténticas monster movies. Si has escuchado con atención la canción que abre The Rocky Horror Picture Show, “Science Fiction Double Feature”, sabrás que es un tributo a estas producciones ridículas, predecibles, de presupuestos reducidos y típicamente dirigidas a adolescentes.

The Rocky Horror Picture Show, “Science Fiction Double Feature”

Curiosamente, ninguna de las criaturas de estas cintas es necesariamente antropomórfica. De ejemplo está el dinosaurio que despierta tras una hibernación de cientos de años en The Beast From 20,000 Fathoms; las hormigas mutantes de Them!, el pulpo colosal producto de una explosión nuclear de It Came From Beneath the Sea, y The Blob, aquella… masa viscosa devora-humanos. Según la crítica Vivian Sobchack, los monstruos de ciencia ficción difieren de los de las películas de horror porque estos últimos exploran la animalidad del hombre y sus conflictos morales, lo cual se puede externar y simbolizar en una forma física humana o semihumana. En cambio, la criatura de la monster movie es menos personalizada y carece de una psique; en realidad nuestro interés radica en sus acciones, no en lo que siente o piensa, de modo que nunca es tan horrible como el monstruo del género del horror.

Nos interesa el rechazo social que atormenta al monstruo de Frankenstein (1931) o el amor imposible de consumar del Fantasma de la ópera (1943), y por lo tanto, todo lo que les ocurre se amplifica porque podemos empatizar con ellos. Mientras tanto, las criaturas de las monster movies surgen en la Tierra por accidente, y frecuentemente son resultado de algún experimento; la trama la mueven sus acciones y los esfuerzos de la sociedad para detenerlo. Los héroes suelen ser científicos, militares, policías o políticos, y nos importan las explosiones, el fuego y la sangre que se derrama en esa lucha a gran escala. Este es el principal diferenciador entre ambos géneros: el horror explora el rompimiento del orden moral y natural, y la ciencia ficción se concentra en el caos social.

¿Pero qué nos dice esto sobre el miedo? Las películas de horror son más tenebrosas porque sus criaturas no solo son desagradables, sino que además nos dicen algo sobre la condición humana y reflejan el rompimiento del equilibrio que tenemos con nuestra animalidad (si no, pregúntenle a El hombre lobo de 1956 o al Dr. Jekyll de 1931). No solo nos espantan porque tienen miles de ojos, sino porque esos miles de ojos son el resultado de alguna degradación natural o moral que es, en el fondo, algo latente y terrorífico. Lo que tenemos en Godzilla, en King Kong y en Tarantula, es mero show. Las películas de ciencia ficción no tienen más horror que el impacto que tenemos al presenciar a la criatura por primera vez o al ver una escena repulsiva, como la transformación que sufren los protagonistas de La cosa del otro mundo (1951), la película que después sería retomada por John Carpenter en los ochenta y que después tuvo su rebooth en el 2011. Susan Sontag, de hecho, llama a la ciencia ficción “una de las más puras formas de espectáculo. Rara vez nos encontramos con los sentimientos de alguien. En las figuras del monstruo del espacio exterior, el fenómeno, el feo y el depredador se provee una fantasía para el disfrute estético del sufrimiento y el desastre”.

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Erick Yáñez

Comunicólogo y todólogo que todavía se esconde bajo las sábanas, fanático de toda ficción que mind-fuckee. Productor de Psicofonías y editor de Libertimento.

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