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Y dame el secreto, cachorro, dime; para ser como tú

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The Jungle Book (El Libro de la Selva) dirigida por Jon Favreau. 

Los orangutanes organizan una peda, Mowgli lleva su zippo favorito -es de Mickey Mouse-. El rey Louie descubre que puede ser como tú –o dubi du du-. Todos los monos se abrazan y lloran. Es hermoso.
¿No va así la historia? ¿No, seguro? ¿Tampoco la nueva? Ok, déjenme empezar de nuevo.

Mowgi se pierde en el templo de Lingaraja. Canta un poco de swing. Al nuevo rey Louie no le gusta nada el swing –o dubi du du du–, lo persigue. ¿Ya mencioné que el nuevo rey Louie es gigante? Todos nos abrazamos en el cine, los niños lloran. Es espantoso. 

Con la nueva entrega de Disney, en su racha de volver todos sus clásicos musicales en épicas historias de acción con muchos efectos especiales, la película dirigida por Favreau –ajá, el mismo de Iron Man– tendremos otra oportunidad –acuérdense del bodrio de 1994– para ver las mil y un formas en que la cultura occidental se ha dedicado a mitificar, descontextualizar y re-politizar las culturas del oriente. 

Vámonos por partes. El Libro de la Selva de 1894 (The Jungle Book) es una antología de relatos publicada originalmente en el siglo XIX por Rudyard Kipling. El nombre no engaña. Aunque Kipling nació en Bombay creció, se educó y finalmente fortaleció la cultura británica y, por extensión, la occidental. No es extraño, sin embargo, que prácticamente toda su obra artística la haya basado en escenarios de la India. 

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 El Libro de la Jungla (Zorro Rojo, 2014): la palabra “jungle” del inglés proviene del hindi y maratí “jangal”, que derivó en “jungle”: jungla; por lo tanto en la india la selva se llama precisamente jungla.

En sus cuentos –aquí hablaré solo de los que conciernen a Mowgli– los personajes no humanos son, por mucho, más importantes que los humanos. Este juego narrativo, casi fabulario, funciona en la ficción de finales del siglo XIX para presentar una cultura ajena a la del lector londinense. En la misma tradición de Esopo, Kipling pretende educarnos a partir de las enseñanzas de los animales –que sean animales de la selva india es meramente un plus–. Todos los que vimos la película estamos familiarizados con la mayoría de los personajes de Kipling: Mamá y Papá lobo, Bagheera la pantera, Baloo el oso, Shere Khan el Tigre y la inolvidable gender fluid Kaa la pitón.

No, no se me olvidó mencionar a nuestro orangután favorito –dubi dubi do ba–. Es que este personajazo es invento directo del equipo de Reitherman, el director de la versión de 1967. Y es su prevalencia en las subsecuentes presentaciones de Disney lo que nos permitirá encontrar las diferencias sustanciales en cómo son tratados los animales y su simbolismo desde su origen cultural hindú hasta la próxima adaptación de Favreau.

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Rey Louie en El Libro de la Selva de 1967 fue dirigida por Wolfgang Reitherman, quien participara como animador en Pinocho (1940), Dumbo (1941), etc.

OH, THE JUNGLE VIP

Los animales en gran parte de la India –actual y pre colonial–representan una serie de valores y son venerados/respetados gracias al predominio del hinduismo. El ejemplo más común hoy en día –al menos es el que nos sabemos todos– es que las vacas son sagradas. Es curioso notar que desde este momento ya encontramos discrepancias con El Libro de la Selva, ya que en sus 14 cuentos las vacas no son mencionadas ni una sola vez. Esto puede responder, sin demasiada imaginación, a que vacas hay en todos lados y por eso no son un animal atractivo para hablar sobre las curiosidades de la India. 

Pero las vacas no son el único animal importante para la cultura hindú. Las ratas, los cuervos, y los monos también son fundamentales. ¿Ya notaron el patrón? También son animalillos muy comunes, no dignos de aparecerse en cuentos sobre el lejano oriente.  Si buscamos por ejemplo al tigre, al fin y al cabo Shere Khan –¡Khaaaaan!– es el más malo de todos los animales, uno esperaría encontrar algo distintivo en la cultura hindú que lo respaldara. Por un lado, en el Ramayana, uno de los textos sánscritos más importantes, esta visión del tigre temible es preponderante y, por el otro, en el Mahabharata, el segundo de los textos sánscritos fundamentales, hay descripciones de hombres sabios rodeados por tigres mansos.  

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En la película de Jon Favreau la voz de Shere Khan será interpretada por Idris Elba, quien también dobló la voz del jefe Bogo en Zootopia (2016) y de Fluke en Buscando a Dory (2016).

¿De dónde sacó Kipling esta idea del tigre como enemigo del hombre? Y, para tal caso, de dónde sacó también la idea de que una manada de lobos podía criar a un niño, y que el oso fuera el maestro de la ley de la selva y que la pantera fuera un excelente guía moral. La respuesta no está en lo que uno esperaría –torpe esperanza–, sino en que las descripciones que usa Kipling de estos animales poco tienen que ver con el folklore de la india y mucho tienen que ver con un panfleto publicado en 1884 por el también británico Robert Armitage Sterndale, titulado Natural History of the Mammalia of India and Ceylon, donde Sterndale recopila historias sobre el folklore general de la India mientras que Kipling, escribiendo desde Vermont, EUA, toma lo que le parece más fantástico y copia solo aquéllo que le parece más misterioso. 

Por ejemplo, mientras que en los recuentos de Sterndale los niños criados por lobos terminan siendo salvajes malnutridos, Mowgli es entrenado por lobos en cacería, así como por Bagheera en el arte de pasar desapercibido y por Baloo en La Ley de la Selva, educación privada y de calidad. Cuando Papá y Mamá lobo están decidiendo si han de criar al cachorro humano, papá Lobo dice “I have heard now and again of such a thing, but never in our Pack or in my time”, “He oído una y otra vez de tal cosa, pero nunca en nuestra manada o en mi tiempo”. Evocación casi directa a Rómulo y Remo siendo criados por Luperca para después fundar Roma, uno de los mitos fundacionales de la cultura Occidental. 

Kipling hace estas elecciones intencionalmente. Su trabajo de mistificar la India y al mismo tiempo civilizarla está plasmada en la misma doble naturaleza de Mowgli. Mucho se ha discutido ya sobre el autor y sus predisposiciones racistas, su espíritu imperialista y su apoyo al sistema de colonias. No es este el lugar para volver a discutirlo, pero sí para recordarlo. Y es que es momento de regresar a nuestro personaje Disneysco, el Rey Louie, para hablar de la descontextualización. 

GIVE ME THE POWER

Hacia el segundo tercio de la película animada de Disney (1967), Mowgli se escapa de los cuidados de Baloo y Bagheera que intentan regresarlo a una aldea humana. En su deambular, Mowgli termina en las ruinas de un templo hindú y es acorralado por los Monkey-people –Kipling solo usa esta denotación para los monos, no hay Wolf-people por ejemplo– y aparece en escena por vez primera, rojo y radiante, el orangután con más estilo de todo Disney. Intenta engatusar al joven Mowgli para que, parafraseo: le de luego luego, del hombre el fuego, para ser como tú o dubi du.

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En la película de 1967 el Rey Louie llama a Mowgli “primo”, una referencia a que los humanos y los orangutanes son primates y está relacionados entre sí.

Ya habíamos dicho que el personaje es un invento del gigante de la imaginación. Lo que no habíamos hecho notar es que, a diferencia del resto de los animales presentados hasta ahora, los orangutanes no habitan en la India. La decisión de Reitherman de introducir al primate malayo tal vez tenga que ver con su etimología. Orangután en malayo proviene de los vocablos orang –persona– hutan –bosque–, literal: persona del bosque. Ya tenemos la primera descontextualización, la segunda es tal vez más apremiante. Los orangutanes en malasia eran denominados por los aborígenes como mawas y fueron los británicos quienes le llamaron Orangutanes, no a las tribus malayas que vivían en los bosques, sino a estos primates pelirrojos. 

Aquí hay otro elemento de mistificación. Para el norteamericano promedio de los años 60 los monos en general no representaban una rareza. El orangután en cambio, pelirrojo, inteligente, gigante y de aún más al oriente del mundo sí que presentaba una nueva imagen. Rey entre los primates, el Rey Louie es el único de su especie en la escena de los monos en el templo. Su reubicación geográfica, su nombre y su afición por el swing hacen poco por ocultar la referencia a Louis Armstrong, afroamericano trompetista, cantante y mundialmente reconocido Rey del Jazz. En el año de publicación de la película animada, el equipo de relaciones públicas de Disney intuyó que no era buen momento para equiparar a los afroamericanos con los orangutanes, así que en vez de pedirle al aún activo jazzista que doblara la voz, convocaron al italiano Loui Prima. 

Louis Armstrong, “What Wonderful World”.

Este esquivo intento de saltarse la implicación racista ha sido ya también discutido muchas veces, pero era necesario traerlo al tema solo para mostrar cómo, una vez más, la cultura occidental –no hay quien niegue que Disney es uno de sus mayores exponentes– constantemente absorbe elementos culturales que le son ajenos y los “saca de casa” y hace lo posible por no respetar ni su origen ni su significancia; lo que hoy solemos llamar apropiación cultural.

TALK LIKE YOU, WALK LIKE YOU

El elemento re-politizador de los animales en El Libro de la Selva de 1894 tal vez sea el menos evidente, pero no por eso es menos visible y menos permanente. La dualidad del respeto a todos los animales, pero el reconocimiento del humano como superior es una interpretación bastante aceptada en la religión hindú. Al mismo tiempo toda vida es sagrada, pero solo aquéllos que han logrado un nivel superior de existencia reencarnarán como humanos y no como animales. Una vez más la dualidad, concepto difícil para el occidente aristotélico –que cree que una cosa no puede ser dos cosas contrarias al mismo tiempo– es evadida en la versión de Kipling. El autor británico se contenta en presentar la dualidad en Mowgli que es más humano que animal pero demasiado animal para los humanos. Los animales, sin embargo, son bastante planos. 

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En la versión de 2016 Mowgli será interpretado por Neel Sethi, un niño indian-american.

En la versión de Disney (1967), los animales ya no solo son planos sino que pierden incluso sus propias historias. Nunca nos enteramos que Bagheera nació en cautiverio y por eso confía en que los humanos podrán cuidar del cachorro humano, o que Baloo es el único animal con permiso para educar a todos los animales. Así, el Baloo de 1967 es incluso más haragán que profesor y Bagheera más miedoso que prudente. Así también los elefantes se presentan como militares pacíficos y asustadizos, mientras que en la versión de Kipling son verdaderos asesinos. Literal el elefante Tha es el Señor de la Selva y en más de una ocasión ha matado humanos en venganza. 

Shere Khan es un enemigo político de Mowgli y en su última confrontación el cachorro del hombre lo vence, lo desuella y luego porta su piel ante el concilio de animales para probar que tiene derecho a vivir en la selva. En la versión americana el tigre huye una vez que le prenden fuego en la cola mientras los buitres –esos buitres ingleses que recuerdan tanto a los Beatles y que en el español latino se confunden con hippies argentinos cualquiera– lo persiguen. Mogwli, en vez de recuperar su posición en la selva, termina en una aldea capturado por un par de ojotes negros. Después de la salvaje aventura, el niño, ahora hombre enamorado, regresa a casa.

NOW DO NOT TRY TO KID ME, MAN-CUB

La nueva adaptación de Disney tiene la opción de recuperar un poco de lo verdaderamente hindú de la historia. El cast de las voces es ciertamente diverso y eso tal vez dé un poco de esperanza a que se devuelva un poco de significado al abundante universo de animales que veremos mover demónicamente sus hocicos en las pantallas. Desgraciadamente puede que el retrato que subyace en toda la historia sea una reinterpretación occidental de lo que la India tiene que ofrecer como entretenimiento. El misticismo de Kipling y la descontextualización de Disney estarán, me temo, siempre presentes en todas las subsecuentes, seguro que habrá más, iteraciones del Libro de la Selva.

El primo Louie, con todo su ritmo sabrosón

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Nair Núñez

Nair Núñez es maestro de Literatura y Economía. Tiene 10 años jugando D&D y lee más cómics de los que puede pagar. Ama la cultura popular, si hubiera tenido más suerte se habría casado con Umberto Eco o con Julia Kristeva.

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